¿A qué se van a enfrentar aquellos egresados de las licenciaturas en gestión cultural en México cuando salgan a una realidad incierta? (Foto: Brett Sayles en Pexels).

Cambiar el paradigma de la gestión cultural en México

¿A qué se van a enfrentar aquellos egresados de las licenciaturas en gestión cultural en México cuando salgan a una realidad incierta? (Foto: Brett Sayles en Pexels).
En los últimos diez años, la gestión de la cultura ha sido un tema que ha generado discusión entre los especialistas para definir cuál es el rumbo a tomar en este oficio en el cual muchos en México se han desenvuelto de forma empírica, forjando su propia metodología de trabajo al sistematizar las experiencias vividas y que sin embargo no forzosamente eran las ideales para llegar a un resultado.Los campos tan diversos dentro de la cultura hacen que la gestión se diversifique según las dimensiones que quiera albergar. Recordemos que la cultura tiene cuatro dimensiones: la cognitiva, la colectiva, la social y la específica.

Más que definir perfiles, sectores o campos de desarrollo para los gestores, se debe contextualizar el entorno para este oficio. Y no basta con definir la esencia del gestor, cuando su entorno desconoce quién es, qué hace y hasta dónde puede llegar:  este es el dilema necesario para abordar.

Con el fin de presentar un marco de realidad de la gestión cultural resulta necesario enmarcar el concepto de formación y profesionalidad en el referente más amplio de los procesos de configuración de las nuevas profesiones. Estas no se desarrollan y configuran a partir de un método planificado en el que las instituciones formativas se dedican a preparar a las nuevas figuras profesionales que la sociedad necesitará en el futuro. Al contrario, emergen en el mercado laboral de forma rápida y generando a su alrededor un campo de necesidades y demandas que provocan la existencia de otros procesos de profesionalización y una oferta de empleo.

Esta profesionalización se produce sin referentes conceptuales previos y sin la concreción del perfil profesional deseado. En resumen, se necesita una mano de obra que desarrolle estos nuevos objetivos, misma que se podrá buscar en los marcos sociales más próximos tanto a nivel político como conceptual (educación, asociacionismo, trabajo social y actividad creativa, entre otros factores).

Estas incorporaciones se realizan sin la definición de perfiles claros ni las exigencias de formación específica. La urgencia de la intervención reclama, de alguna manera, una mano de obra “activista” que sea capaz de realizar rápidamente tanto acciones como institucionalizaciones que permitan visualizar los cambios que se están produciendo en la sociedad.

Sin embargo, esta profesionalización urgente se encuentra de forma muy rápida con los límites propios de su realidad contextual y con problemáticas que por su complejidad creciente y dificultades técnicas no se dominan por falta de formación y experiencia (Alfons Martinell Sempere, 2001).

Siempre he coincidido con Luis Ben, especialista en la gestión de la cultura, en que la gestión es un “conjunto de herramientas y metodologías empleadas en el diseño, producción, administración y evaluación de proyectos, equipamientos, programas o cualquier tipo de intervención que dentro del ámbito de la cultura creativa se realiza en un territorio determinado con la finalidad de crear públicos, generar riqueza cultural o potenciar su desarrollo cultural en general”.

La gestión cultural se sustenta en el ejercicio participativo de un equipo en el que la opinión de todos es importante; donde todos inciden en las decisiones y son implicados en todas las fases de la planeación que se caracteriza por ser sistemática y siempre actualizada; se legitima permanentemente a través de sus resultados y actitudes de respeto y apertura que la guían; se actualiza y diversifica en su relación entre teoría y práctica; expone sus políticas y resultados públicamente para obtener consensos, corregir errores y legitimar su proyecto.

La profesionalización de los gestores culturales debe pulirse conforme se forjen las generaciones y se afinen los programas académicos. ¿Cómo implementar un marco teórico en un contexto desarrollado por la improvisación y lo empírico? (Foto: Pixabay)

La gestión cultural no tiene límites entre lo público, lo privado y lo social, ya que se mueve en todos los terrenos sin compromisos ideológicos ni partidistas; hace uso de reglas que, si es necesario, cambia (en principio todo se negocia, menos los principios); cuestiona y modifica los procesos impulsados que generalmente son más importantes que los resultados; aprende de los errores porque posee las herramientas para detectarlos; los miembros que participan de ella gozan de mayor autonomía que la existente en estructuras burocráticas pues asumen una responsabilidad privada y compartida frente a las acciones programadas, acordadas bajo criterios de eficiencia colectiva y con resultados previsibles; juega con la globalidad logrando calidad de excelencia en lo local para posicionarlo en el exterior, e incorpora elementos, expresiones, productos, experiencias y conocimientos externos para el fortalecimiento interno.

Los campos del gestor cultural pueden ser más variados y competitivos porque puede apoyar o asumir la conducción de importantes procesos vinculados al patrimonio cultural, las artes, las culturas populares, las industrias culturales, el turismo, la educación, la ecología y las culturas étnicas, desde las gestión pública, privada o comunitaria.

La realidad en México muestra que las instituciones educativas observaron la necesidad de profesionalizar a los agentes culturales y a causa de ello ya existe la gestión cultural dentro de la oferta educativa. Este gran paso debe pulirse conforme se forjen las generaciones y cada institución educativa estará obligada a monitorear el comportamiento de sus egresados en el campo laboral para afinar   los programas académicos.

La gran pregunta que ningún especialista ha respondido es: ¿A qué se van a enfrentar aquellos egresados de las licenciaturas cuando salgan a una realidad incierta? ¿Cómo implementar un marco teórico en un contexto desarrollado por la improvisación y lo empírico? Lidiar con los agentes culturales en cualquier campo cultural no es fácil. ¿Cómo cambiar la mentalidad de un artista ensimismado que busca en su interior el trazo revelador que nos comunicará con su arte? Para Toni Puig en su libro Se acabó la diversión. Ideas y gestión para la cultura que crea y sostiene ciudadanía, el artista crea para llegar a un resultado, no para satisfacer narcisismos; los artistas son el medio, no el fin.

¿Qué pasa con las instituciones públicas, esas dependencias culturales que promueven la cultura pero ponen piedras en el camino del engranaje, consiguiendo que este se articule de forma defectuosa o que no funcione cuando no están a su cargo los profesionales de la gestión, aquellos que buscan beneficios rápidos y están acostumbrados a brindar espectáculo que genera gasto sin beneficio en lugar de advertir que, en cultura, los beneficios son a largo plazo y detonan en ciudadanos encantados con su infraestructura cultural,  que la visitan como a un amigo porque les habla, les aporta, los seduce y estimula?

Esto es lo que como gestores estamos obligados a hacer: a cambiar el chip, la mentalidad, no volvernos mesiánicos en ideas utópicas e irreales, como dice Toni Puig: “Lo importante no es la gestión, lo indispensable son las ideas que proponemos”.

Sobre todo, ideas sustentables.

gabriel.riodelaloza@gmail.com

22 de septiembre de 2019.

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