agosto 16, 2022

El modelo de políticas culturales, a la deriva

Representaciones de lo perdido. En dos años de gestión, Alejandra Frausto, titular de la Secretaría de Cultura, ha puesto su sello definitivo. (Imagen tomada del perfil de Facebook de Eloy Hernández).

 

Con el inicio de este 2021 en nuestro país y, en temas políticos, el año está marcado por el proceso electoral para renovar el Congreso de la Unión en sus dos cámaras, lo que implicará que el partido en el poder sacará todo su arsenal para poder continuar con su hegemonía legislativa. También, se renovarán 15 gubernaturas.

En asuntos culturales, este año estará marcado por el precario presupuesto de las instituciones federales y estatales, así como la espectativa del congreso que se pretende organizar por parte de los diversos colectivos a nivel nacional, a fin de establecer nuevas propuestas que modifiquen las políticas culturales que se están aplicando en esta administración federal.

De concretarse este congreso, me parece que lo central a reflexionar, más allá de reformas estructurales-administrativas que se pudieran presentar, sería definir si queremos continuar con la lucha que entablaron nuestros antecesores para consolidar el modelo ministerial francés que en la administración del Presidente Enrique Peña Nieto se materializó con la creación de la Secretaría de Cultura federal y la promulgación de la Ley General de Cultura y Derechos Culturales.

¿Modelo ministerial francés?

Este modelo se caracteriza por tener un gasto público elevado a la cultura, estimado en el 1 por ciento del PIB, cosa que en nuestro país no se ha podido lograr por falta de interés y voluntad política. El financiamiento de la cultura se centraliza en una dependencia de cultura del gobierno, ya que el apoyo a las bellas artes, se suma a los objetivos sociales de bienestar, promovidos por el Estado, basados en una tradición histórica eurocéntrica. El modelo tiende a apoyar la producción artística bajo estándares estéticos previamente establecidos. Tiene una estructura centralista, es sectorial y su principal fuente de ingreso es el apoyo público directo. Los funcionarios públicos de este modelo son designados de acuerdo a los políticos que se encuentran en el poder y su agenda dependerá directamente de la relación jerárquica con dicha cúpula, no por su pertinencia en el campo de la cultura (cualquier parecido con la realidad, es mera ocurrencia).

Uno pensaría que la cuarta transformación tendría todos los elementos para llevar a buen puerto este modelo de gestión y política cultural, pero por el contrario, se asignan presupuestos equivalentes al 0.22 por ciento del PIB al Ramo 48; se crean proyectos de inversión como el Centro Cultural Los Pinos como un proyecto simbólico que representa el derrocamiento del régimen neoliberal, sin que el espacio mismo tenga los recursos estructurales y materiales para desarrollar actividades artísticas y, que por el contrario, se apuesta por la improvisación para realizarlas. Un proyecto urbanístico en el Bosque de Chapultepec con un presupuesto de 10 mil 500 millones de pesos que justamente define el centralismo cultural de este modelo; la desaparición de los mecanismos que estimulan la creación artística y audiovisual y la modificación de las reglas de operación de los estímulos fiscales, eliminando la figura del contribuyente aportante, que justamente es la razón de ser de dichos mecanismos.

Este modelo es unilaterial, es decir, no permite un dialogo Estado-agentes culturales, todo se vuelve una simulación como la promesa de Mario Delgado, entonces coordinador parlamentario del partido MORENA en la Cámara de Diputados a representantes del sector audiovisual de no eliminar el FIDECINE y el FOPROCINE o lo descubierto en el chat “Desactivación de colectivos”. Derivado de lo mencionado me pregunto: ¿valió la pena pelear todos estos años por establecer todos los elementos que integran el modelo ministerial francés?

 

Las aspiraciones o el golpe de timón en los modelos de gestión de la política cultural. Del prototipo de Francia al del Reino Unido, en el debate. A la izquierda, la sede del Ministerio de Cultura francés, el Palais-Royal; a la derecha, una de las representaciones del British Council, en Agouza, Giza (Egipto). (Imágenes tomadas de es.wilkipedia.org y en.amwalalghad.com).

 

Hacia donde transitar

De acuerdo a nuestro contexto cultural, me parece que el modelo de gestión y política cultural que requiere nuestro país debe de estar basado en la autonomía para que el sector por sí mismo, con agentes culturales preparados que verdaderamente aporten propuestas viables y no ocurrencias con tal de sentirse escuchados.

En este sentido pregunto: ¿Qué modelo de gestión y política cultural debe transitar el Estado mexicano y que discurso de las nuevas generaciones deberán de dirigir? A mi entender, el modelo británico es el más idóneo.

Dicho modelo platea estándares de excelencia artística profesional, bajo la idea de que dichos esquemas evolucionan de acuerdo a los movimientos cambiantes del arte. En ese sentido, el modelo se centra en el principio de que la cultura no está vinculada al poder político, solamente distribuye los recursos a un consejo autónomo quienes otorgan las becas o las ayudas en una suerte de evolución de la tradición de mecenazgo artístico de la aristocracia inglesa. El tejido artístico depende económicamente de una combinación de ingresos autogenerados, donaciones privados y becas recibidas por los consejos de las artes. A diferencia del modelo francés, sus funcionarios son autónomos, elegidos por un grupo colegiado y su agenda no atiende a lo establecido por el grupo en el poder. Uno de los valores primordiales del modelo británico es que ni el Primer Ministro ni el partido en el poder, pueden remover a los titulares del consejo, aun cuando reciban financiamiento público.

Retornar al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes no como una copia del British Council, sino como una respuesta post gubernamental ante el escepticismo del sector acerca del compromiso y la capacidad real de los gobernantes para atender y administrar de manera efectiva y eficaz los asuntos culturales.

 

¡Hasta pronto!

 

Nota de la redacción
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