noviembre 28, 2022

Gerardo Antonio, The worrior, Guerrero González

A la derecha Gerardo Antonio Guerrero González, con Eduardo Cruz Vázquez, en Ciudad Juárez, a las afueras de la tienda donde trabajaba. (Imágenes proporcionadas por el autor).

 

Se fue como luchó para lograrlo: en la soledad de un pequeño hogar rentado, sin darle lata a nadie, solo la necesaria a su última compañera de vida, Verónica. Un siete de diciembre de 2020, en un punto de la convulsa Cuernavaca, vino la caída, el golpe. Adiós The worrior, a los 66 años.

Pude estar cerca, al pendiente, mano a mano en lo alcanzable; luego para amortajarlo, ofrecerle mi llanto, unas oraciones, la sonrisa cómplice, la remembranza al pie del féretro. No quiso.

Esa fue una de sus muchas decisiones soberanas y que, como otras, vinieron del arrebato inquebrantable. Hice papel de mensajero, en algún momento del 2018, cuando regularmente fluían nuestros encuentros, para decirle que quien había sido una de sus compañeras durante sus años en Ciudad Juárez, le pedía conocer a quien decía era su hijo, un joven ya de alrededor de 20 años de edad.

La solicitud me fue hecha a través de Messenger, de esos mensajes que llegan sin tener relación alguna.

Furioso, me reclamó haber soslayado las desdichas de esa relación, que es verdad tenía presente. Lo que olvidé, si acaso sabía, era lo del niño. Vio como deslealtad mi mediación y, a través del celular, me dijo que hasta ahí llegaba una hermandad de casi 38 años.

Ni Verónica, ni mi entrañable Ana Laura, quien tras conocerlo no dudó en hacerse su amiga y vigilante de sus encierros, lograron persuadirle de su innecesario radicalismo. Le tocó a Anamí, como también la llamo, decirme por el Messenger que Gerardo Antonio había fallecido.

Relato inacabado

Nos hicimos cuates cuando, al ser estudiante de Comunicación en la UAM Xochimilco, editaba con apoyo de la universidad, la revista Hojas Sueltas. Monitor Literario, que apareció entre 1981 y 1984, los años de mi estancia en el campus.

Al buscar colaboradores y colocar un anuncio en el semanal Tiempo libre, vino a mi casa, en la colonia Villa de Cortés, un hombre genial, culto, extraordinario, el magnífico escritor Álvaro Leyva, vecino además, de la colonia Marte.

 

Un testimonio de una amistad entrañable.

 

Para ese momento, por razones que he perdido, Álvaro y Gerardo ya eran amigos. Así que, de esta forma, The worrior (apodo que me inspiró su espíritu, a contrapelo de aquella película titulada The worriors) hizo llave conmigo. La cercanía se profundizó al tiempo que la mala salud aislaba a Álvaro.

Pérdida, extravío, abandono, desaparición, olvido. Al pasar los años nos preguntábamos por la suerte de Álvaro. Sabíamos de sus enfermedades, de las cada vez más profundas como recurrentes depresiones por insuficiencias en su sistema nervioso. No pocas veces le acompañamos en sus sufrimientos. Nada pudo hacerlo volver a nuestro entorno: simplemente se esfumó, a pesar de las insistentes llamadas a su casa.

Donde andes, admirado Álvaro, mi cariño intocable por tanto que en poco tiempo nos diste.

Imparables, desatados, locuaces

Hijo único de un matrimonio que siempre me pareció extraño, impenetrable, al conocer a Gerard (como otras veces le llamaba) compartía vida con Lucero, su primera esposa. Habitaban un departamento en la esquina de Holbein y Cerrada de Correggio, a unos pasos del legendario periódico unomásuno. No mucho después de hacernos amigos se separaron; de ella guardo sus empeños por ayudar a Gerardo a encontrar su destino profesional –intentó cursar la licenciatura en Filosofía- y de trabajo.

Con cinco años de edad más que yo, me unió a ese joven de baja estatura, delgado siempre, de piel blanca, de ademanes sobrios, de cabello negro corto como bien peinado, su inteligencia, la pasión por el diálogo, la afición por escribir cuentos, la sacudida del rock, la versatilidad de la música electrónica, el placer por no bailar.

Así de sencillo: la complicidad con base a una afinidad insólita. Defectos y virtudes se daban nuestras manos para compadecernos de las desgracias como para celebrar los logros.

Eso sí, una envidia me envolvió por cierto espacio del inicial cotidiano: su imponente Maverick, dos puertas, azul cielo, palanca al piso, wuau.

La notable diferencia conmigo era que, ante su amigo obsesionado por el orden como por la planeación de todo, Gerardo iba por la libre, sin agenda ni planes, sin ambiciones de nada en particular, sencillamente vivir como bien se le daba la gana.

 

Hannah, la hija de Gerardo, con su padrino Eduardo, en un departamento en la colonia Narvarte, de la Ciudad de México, antes de que se mudara la familia a Chihuahua capital.

 

No era para trabajos fijos, de oficina, con responsabilidades que lo ataran. Al ser en esa arista diferentes, me esmeré por ayudarle a dar orden y concierto a lo que estimé su desbalagada forma de ser. De ello sabe el entrañable Alejandro Ordorica, en los años que compartimos en el Programa Cultural de las Fronteras de la Secretaría de Educación Pública. Le dio una jefatura de Departamento. Pocos meses después, me pidió comprensión: el amigo no pudo con la chamba.

En el torbellino de la existencia, las mujeres. Tan deficitarios emocionalmente el uno como el otro, trabados para fincar amores, incapaces de dar pie con bola, sin pericia en el conflicto, con el toque de la inconsistencia al hacer relaciones amorosas.

¿Por qué así, de esta manera? Supimos burlarnos de esos dolores, minimizar los desaciertos, paliar las tempestades, resignarnos por nuestra torpeza, lidiar con la suerte del destino compartido.

Claro, hubo episodios memorables en esa lucha por ser felices con nuestras parejas. El más relevante, por su naturaleza, por nunca volver a repetirse en el largo trayecto en comunión, fue cuando “emparentamos”: la gran amiga de la chica con que salía, se hizo novia de Gerardo. El cuarteto perfecto: fueron meses de suma intensidad, de un disfrute jovial, de sueño, el cual tuvo su punto máximo de esplendor en un viaje a Morelia, la tierra de mi madre.

Y vaya veladas en su departamento.

Tiempo después, The worrior pareció enfilarse a la integración de una familia con Rebeca. Tuvo a su hija, Hannah. Se fueron a vivir a Chihuahua capital, de donde era ella. Apadriné a la beba y no la volví a ver: tras el divorcio, Gerardo se radicó en Ciudad Juárez.

En no pocos momentos le empujé a intentar normalizar su convivencia con Hannah. No se pudo. Nunca quiso dialogar acerca de su ser padre.

Que los amigos se metan el hombro en tantas etapas de mala racha, fue un signo característico, normal en nosotros por pasar mucho tiempo en la cuesta arriba.

Por ello, a la ciudad fronteriza, que ya conocía por mis tareas en el Programa Cultural de las Fronteras, fui a dar en una crisis “multifactorial”, por 1999, alejándome de mi entonces esposa Rocío y de la pequeña Mariana, en pos de alternativas de trabajo.

 

Los amigos en un antro de Ciudad Juárez.

 

No sé cuántas semanas compartimos en la casita que arrendaba, con la compañía, con la enorme solidaridad, con el amor de Abigail, a quien había conocido en esas rondas de la cultura fronteriza de los años 80. Mi historia con Bigas, como le nombré para significarla, será motivo de un relato posterior.

Al contar la historia compartida con Gerardo, no busco la bitácora precisa. Es más, quizá me equivoque en algún eslabón del recorrido. Hago un recuento en suerte de homenaje a lo que bien nos unió.

Por ello diré que, después de Ciudad Juárez, donde mi hermano entró de lleno en asuntos propios del esoterismo, la lectura del Tarot y varias faenas propias de los quehaceres naturistas como sanadores del espíritu, vino la mudanza hacia Texcoco. Ya entonces su pareja era Verónica, a quien se unió en la ciudad fronteriza.

Muchas visitas le hice en esos rumbos conurbados del Estado de México. Si algo más adereza el historial, es lo relativo a las largas sesiones de charla, tragos, cigarros, música, risas, de locuacidades.

Con Gerardo era sentirme a plenitud: nada se escondía a nuestros sentires y percepciones. Ahí Verónica a su lado, con quien permaneció más años y quien más sabe por ello de mis derroteros.

Ser intermitentes se constituyó en una dinámica de relación. En efecto, desde que abandona la Ciudad de México, Gerardo deambuló por distintos puntos del país al lado de Verónica. Por mi parte, no tanto como su andar, pues salvo los años en Chile y Colombia, más una breve estancia en Tuxtla Gutiérrez, mi base ha sido la capital.

Así las cosas, el guerrero con su compañera Vero pasaron de Texcoco a una primera estancia en Cuernavaca, luego se trasladaron a Mérida. Esa escala tiene un sello: coincidimos en las fiestas de fin del año 2013 con todo un personaje de nuestro entorno, con otro de mis hermanos, ya fallecido, el maestro Enrique Velasco Ugalde, mi entrañable amigo y mi protector desde los tiempos de estudiante de la UAM.

El gran Enrique vivía con su hija Ana, dado su delicado estado de salud, la combinación letal entre diabetes y la disfuncionalidad de los riñones. Nos dejó en 2014.

 

El artista japonés Shinobu Tobita, llegó a México a mediados de los años 80. Se hizo amigo de Gerardo y Eduardo por mediación de Carlos Generoso. Ejemplos de su obra quedaron en sus manos. Nunca se supo qué fue de él.

 

Rumbo al final

A esas alturas del calendario, el guerrero estaba de lleno en un trabajo que le dio ciertas facilidades económicas, sin dejar de reconocer que las fuertes de sus hogares fueron sus mujeres, y cuan más, Verónica. El guerrero profundizó en la onda esotérica, la aplicación de remedios naturistas, la oferta de sesiones de terapia y sanación, más un corte ecologista en su proceder del diario.

Ya no recuerdo en qué años murieron sus padres, ni las circunstancias; lo cierto es que no tuvo una buena relación con ellos. Desde temprana edad se apartó de su fuero, estimo que los frecuentó poco, como sea se echaron la mano en periodos determinados.

De algo que se sentía especialmente agradecido el hijo, fue de un tiempo en algún punto de Texas, en Estados Unidos, donde aprendió el inglés que le auxilió cuando apoyó a su padre que se dedicó a guía de turistas, entre otros oficios que desplegó para ganarse la vida.

Diré que en ese oficio de traductor, me ayudó a escribir una reseña del hermoso libro Sex, de Madonna, que apareció en El Financiero, que este 2022 cumple 30 años de edición.

La lealtad de Verónica no se quebró a pesar de las dificultades que les llevó a pasar diversas rupturas. De Mérida, Gerardo pasó a Playa del Carmen, donde estuvo un tiempo a solas, y donde convivió esporádicamente con otro gran amigo en común, cómplice de otras tantas aventuras, con el artista plástico y empresario Carlos Generoso Martínez.

Sin mayores expectativas de empleo y ocupación, se dio el regreso a Cuernavaca. Tras la ruptura con Verónica, cuya nueva pareja incluso le dio faena al guerrero en una paletería/nevería que intentaba echar adelante, mi buen Gerardo terminó por confinarse en un pequeño departamento, en compañía de la gatita Kiara, a la cual cuidaba con esmero, dado que debía ayudarle a orinar.

 

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A sus ojos, una pieza narrativa de Gerardo Guerrero

 

Hasta antes de esa fallida labor de mensajero en algún día del año 2018, solíamos comer en Cuernavaca, en compañía de Anamí. Diré que en buen empaque, Gerardo no perdía genio y figura, si bien tuvo variados padecimientos de salud que, de por sí flaco, lo dejaron esquelético.

Verónica y Anamí me dieron cuenta de esos últimos meses de vida. Del encierro tanto por sí mismo, como por los primeros meses de la pandemia, de los ánimos cambiantes, de sus descuidos alimenticios, de malos hábitos, como el fumar.

Sabedor de los impulsos de mi guerrero, inmerso en mis tareas, aunado a mi separación matrimonial, el cuidado de Mariana y en el afán de construir un nuevo relato amoroso del cual ya no pudo ser cómplice, aposté a que los amigos se volverían a estrechar.

Un año y meses después de su muerte, con enorme dificultad tanto por la desmemoria como por el alud incontrolable de episodios que compartimos, pero que ya no puedo reconstruir cabalmente, le digo ¡gracias, mi Gerardo, mi Gerad, mi The worrior!

Aquí sigue tu “Edy de la Croix”, honrando a solas el lugar que nadie llenará; empujando mis pasos hacia al puerto donde yaces, con la imposibilidad de saber qué habrías escrito de mí si hubiera muerto antes.

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