Mi vida con Rafael Ramírez Heredia

El Escritor Rafael Ramírez Heredia (1942-2006), en Bogotá (2003). (Fotografía de Indira Restrepo en el catálogo Relato de un tiempo. México en Colombia 2001-2003).

El 24 de octubre de 2006, en San Cristóbal de las Casas, se me fue Rafael Ramírez Heredia. En un rincón de un café internet ubicado al costado de la catedral, con una de esas lluvias de los Altos, la noticia me hundió en la contradicción de las insuficientes respuestas. Estaba ahí por uno de sus muchos gestos amorosos.

La cuenta regresa a 1980, cuando por primera vez pisé el camposanto de Sancris, para constatar la existencia del sepulcro de mis bisabuelos paternos. Cuando en 2001 nos fuimos a la experiencia diplomática en Colombia, mi panteonero se jubiló, dejándome sin quien se encargara del cuidado del bellísimo monumento. Sabedor de las exitosas andanzas de Rafa como tallerista en la amada tierra chiapaneca, le pedí que me acercara con alguna de sus amistades, a afecto de conseguir quien pudiera ver por el cuidado de la tumba. Así fue como me hice amigo del escritor Jesús Morales Bermúdez. En ese octubre de 2006, recibí su invitación para incorporarme a la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, donde lo habían nombrado rector.

Muchas veces se ocupó Rafa de mis empeños creativos y de mis desempleos. Nuestra relación comenzó en los ochentas. Era una dicha ir a su hermosa casa de la calle de Ayuntamiento, en Coyoacán, con ese encanto de Conchis, su esposa, como anfitriona de una corte de bebedores y comelones. Ir con él a la cantina La Guadalupana, que tanto inmortalizó. Acudir a las presentaciones de sus libros con otro inolvidable Rafa, Luviano, reportero de Excélsior, donde coordinaba la información cultural el amado Edmundo Valadés, mientras que en mi caso en El Nacional, guiado por Manuel Blanco y Norberto Asenjo.

A todo dar viajar juntos en tiempos del Programa Cultural de las Fronteras, al lado del común cariño de Alejandro Ordorica, a quien conocería en la casa familiar de la colonia Villa de Cortés. Una escena de esa comida que perdura sin fotografía va y viene con los años: en el patio, Rafa, Alejandro y otro enorme personaje de mi vida, el físico Sergio Reyes Luján, alrededor de la entrañable escritora Josefina Vicens. Ellos tres taurófilos hasta las cachas: un diálogo de capotazos cerrados entre el científico y los artistas.

Nota publicada en la sección cultural de El Nacional, 14 de marzo de 1986.

En ocasión del viaje a Chile para la primera etapa de la diplomacia cultural, los amigos de Rafa fueron fundamentales para adentrarnos en el intenso catálogo de los chilmex. Ante todo fue el narrador Poli Délano, gran conversador como Rafa, espectacular novelista, ambos de un oficio cuentístico sin par. A Santiago llegó el escritor tamaulipeco de Tampico, con su siempre atractivo (y muy envidiado) bigote. Agudo y deslumbrante en la trama de la vida cual novela, novelista de infinidad de rounds contra las cuerdas, jamás en el piso, salvo cuando esa enfermedad lo noqueó aquél otoño.

Allá en el Chile de La Serena, con su cuadernazo Hernán Lara Zavala, se las vieron de malas con las viandas y la fiesta costera, estela a la que el escritor Enrique Lafourcade respondió con burlas que ya no alcanzaron réplica de los narradores, pues habían partido del país de la espiga.

Cuando al triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas, en la delegación Coyoacán se aposentó Arnoldo Martínez Verdugo. Entonces le fuimos a ver en compañía del amigo Óscar Oliva. A ver si me daba trabajo, hombre, es el señor delegado. Nada pues, como cuando eso deseaba Rafa recién nombrado subdelegado en la Magdalena Contreras. Enorme oficina la del escritor funcionario envuelto en impecable traje cruzado y diciéndome mira Lalito (hasta ahora nadie más me ha llamado Lalito), esto lo acepté por mi compadre el delegado, no es lo mío, está del cocol Lalito, esta madre de traje, reuniones, besamanos, gente y más gente pidiendo favores, no Lalito qué más quisiera para ti, eres tú quien debería estar en esa silla, ya encontraremos otras oportunidades.

La mano generosa de Rafa Ramírez Heredia, el Rayo Macoy, sobrenombre obsequioso por su cuento ganador de tan singular título, la recuerdo precisamente como facilitador de numerosos proyectos culturales. Confabulador de encuentros de escritores al lado de otro enorme amigo como lo es el escritor Marco Antonio Campos, justamente con el gobernador Cuauhtémoc, en mancuerna con Saúl Juárez y Evodio Escalante. Ahí veo al narrador de Al calor de Campeche, de Con M de Marlyn, de La Mara en una mesa de céntrico hotel de Morelia con su abrazo de fortachón, de púgil de peso gallo.

Caricatura de Ramírez, tomada del blog de Ricardo Vigueras. (Autor:DM).

Mi querido Rafita, hermano. Ya corrieron catorce años de tu ida al reino de tu novelística mayor, la que se replica en ediciones sin tu presencia. Las que serían últimas travesías de ambos nos dieron en Colombia tres encuentros. El primero en Bogotá, el segundo en Medellín y el tercero en la fronteriza Cúcuta, siempre animado por ese músculo periodístico y de investigación que te caracterizó. Te veo divertidísimo deambulando en el Parque Lleras de la capital de Antioquia, admirando juntos el vigor rumbero de la zona, elucubrando con el pasado imposible de eludir de la ciudad de la eterna primavera.

Rafa tenía 44 años y yo 25 cuando lo entrevisté por primera vez para El Nacional. Me dijo entonces: “Todas las preguntas de oficio, beneficio, de sensación política, de cultura, de literatura están hechas. No me hacen las que no se deben. Creo que la cara pública del escritor es la que hay que raspar”.

Así que confesó al novel reportero que “Soy solitario, tímido, sensible, aun cuando amigos míos van a reírse. Requiero de ciertos elementos para soltarme. Quizá mi timidez me haga parecer agresivo o desparpajado. A veces necesito tomar una copa para tener valor y hacer cosas. Solitario, tengo pocos amigos, aunque con gran cariño. No digo nombres ya que si olvido uno, son muy sentidos”.

Mira que tendrías en este aciago, pandémico y cuatroteista 2020 la edad de 78 años mi protector Rayo Macoy, Jefe de Plaza de la Monumental, coyoacanense ilustre, intensísismo Rafita. Imagino las que hubieras armado en estos años que te cuento para contarte.

 

Noticia al lector
Ofrecemos a ustedes la voz, el testimonio de Rafael Ramírez Heredia, de su paso por Bogotá, en noviembre de 2004. En esos días además de impartir un taller en la Universidad Nacional de Colombia, promovió su novela La Mara. Los audios son de la sección “México cultural”, que formó parte de la “Revista dominical” de la entonces emisora cultural privada HJCK, aun en ese tiempo al aire en el 89.9 de FM, dirigida por ya fallecido periodista Álvaro Castaño Castillo. Estos segmentos fueron conducidos por Eduardo Cruz Vázquez, en su carácter de agregado cultural de la Embajada de México. Dicha colaboración fue de 2001 a 2005, pero luego se extendió como corresponsal de 2005 a 2015. Estos documentos forman parte de los archivos del autor de la nota. Disfruten al escritor tamaulipeco.

Audio archivo 1

 

Audio archivo 2

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2 comentarios en “Mi vida con Rafael Ramírez Heredia

  1. Estimado Eduardo. Un abrazo para ambos. Tus conmovedoras lineas me trajeron a la mente a tan singular escritor y amigo. Con el Rayo me toco convivir en muchas batallas en la SOGEM y otros escenarios de la cultura. Él, Eugenio Aguirre y yo teníamos un ritual anual de vernos a comer una vez al año en la Guadalupana y lo hacíamos “a morir”, terminado siempre en su casa. Ese día cancelábamos el mundo y resumíamos nuestros andares por la vida. Abrazos

    1. Saludos querido Víctor, en efecto, Rafa fue muy generoso y recuerdo esas comidas en la SOGEM con Fernández Unsaín, a quien tanto admiramos. Abrazo.

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