
Va para diez años que la conozco, pero cuando tuve al alcance su creación artística como bailarina y coreógrafa, no la pude ver en el escenario. Desde que se marchó de México me he llenado de su talento -el canto de la incesante madurez- a través de Instagram. Al detenerme una y otra vez en el amplísimo catálogo de su genio finco no solo mi admiración; también la irremediable resignación a no poder experimentar lo que la danza otorga al espectador en el acto del vivirse cuerpo a cuerpo.
En las entrañas de lo simbólico, Rebeca Portillo Flores se estableció en Santiago de Chile. Es el maravilloso país que habité entre 1996 y 1997 como agregado cultural de la Embajada de México, al que no he podido volver. Estuve en el barrio de Bellavista, donde habita, una zona colmada de tradición y de la vibrante locuacidad que el polifacético Santiago cosecha con esmero.

Mientras por relámpagos, eficaces y certeros, coexistimos en una función de danza contemporánea, en el reino de la pantalla podemos deslumbrarnos con derecho a repeticiones sin temor a cegarse, tanto en la fotografía como en el video y sus numerosas variantes. La disección del cuerpo que arroja el acto creativo -lo escénico, lo circense, la acrobacia- se torna lleno de pliegues. Asistir a una individualísima sesión de Rebeca, es un constante descubrimiento.
La evolución trastoca la pantalla, un mérito también de quienes empuñan la cámara fija y la de video. Saben de su responsabilidad, del todo y sus partes en el registro cronológico, en lo oportuno que sella la marca. Ahí está Rebeca, rebosante de juventud, llevando al máximo sus dominios teórico corporales. Es su rostro en permanente estado de gracia. Es la felicidad de quien se compromete mental y físicamente a construir la narrativa que sus obras suman. Es la entrega sin reparos en la labor grupal.
Entonces llegó el día en que le busqué, anhelante de escucharla por escrito. Romper con la pantalla, los audios y la virtualidad para volver a la palabra en la página. Le agradezco sus estampas, la voz deletreada, el ayudarme a refrescar nuestra breve y generosa historia.
“Nos conocimos en un momento en que tenía mucho interés por la gestión cultural y la economía, debido a que había detenido el estudio de la licenciatura de Economía por estudiar la carrera de danza, es decir, por estar bailando. Sin embargo, me había dado cuenta de que deseaba articular la danza, las artes escénicas y su práctica con un estudio un poco más teórico. Fue así como conocí el Grupo de Reflexión de Economía y Cultura (GRECU). Para ese momento, por abril de 2017, ya era egresada de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBAL y me había incorporado a la compañía del Centro de Producción de Danza Contemporánea (CEPRODAC)”.
“En marzo de 2018 cambié de residencia a Santiago de Chile. En esa decisión se entrelazaron la vida personal y la profesional: el amor me trajo hasta estas tierras y, con el tiempo, también descubrí que en este lugar tan lejano estaría construyendo una vida en torno a otras de las cosas que más amo. Llegué además con el interés de seguir formándome y cursé la Maestría en Gestión Cultural en la Universidad de Chile. Así, mi llegada a la capital chilena fue también una manera de profundizar esa inquietud que ya tenía por vincular la danza, las artes escénicas y su práctica con una reflexión más teórica y con herramientas de gestión.
Y después de ocho años…
Me desempeño como coordinadora y docente en la Escuela Moderna de Música y Danza, en la cual cruzo la teoría con la danza en una formación profesional de manera paralela. También produzco el Festival Internacional Kinissis que trae diferentes propuestas de movimiento y entrenamiento a Santiago, junto con otras dos colegas. Igual formo parte de la compañía de circo CircoBalance y, además, de manera artística me relaciono con distintos proyectos como bailarina en distintos estilos.
¿Cuáles son los principales cambios que en estos años de estancia registras, eso incluye lo que es notable en tus diferentes vistas en Instagram: tu cuerpo? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo y por qué esa exigencia? Aquí hay desde un desafío de riesgo hasta algo poético y otro tanto erótico. ¿Qué detona tal enjundia?
Creo que mientras una va profesionalizándose más en el entorno dancístico, uno se da cuenta de que hay distintas posibilidades del cuerpo, del entrenamiento y distintas experiencias estéticas que una puede provocar, tanto desde la danza contemporánea, que es un poco más reflexiva, como desde algo más cercano a la danza espectáculo, que en definitiva tiene distintos tintes, entre ellos algo quizá un poco más sensual, emotivo o sensorial.
Entonces, uno de los principales cambios que he tenido es que hoy reconozco diversas maneras de presentarme como artista, y creo que eso es algo muy rico. Pero también conlleva una exigencia física que, mientras una va siendo más grande, obliga a perfeccionar la manera de entrenar para ajustarse a esa exigencia, sobre todo porque desempeñarme en el escenario es solo una parte de mi labor profesional. También tengo otros trabajos, como la docencia o la gestión cultural, así que es importante dividir bien los tiempos y organizarse para poder lograr tanto el desafío de comunicar algo poético como las exigencias del entorno laboral y profesional que corresponden.

Todo ese mundo que has construido, ¿cómo se ha correspondido con el entorno laboral? ¿Te ha ido muy bien, no?
Me siento llena de agradecimiento porque he sido muy bien recibida en los distintos espacios en los que trabajo: docentes, profesionales, de compañías y agrupaciones de artes escénicas. Todo ese mundo que he construido ha encontrado una buena correspondencia con el entorno laboral, y eso ha sido muy valioso para mí.
¿Quién o quiénes han estado detrás de las cámaras para sumar a la edificación de tu imagen ante la opinión pública, no sólo ante la comunidad dancística de Chile?
En lugar preponderante mi familia y mis amigos. Tanto mi familia de México como mi familia de Chile, y también mis amigos de México y de Chile, han sido siempre un sustento fundamental: un empuje para encontrar fuerza, para afianzarme, para saber que voy por buen camino y, cuando una está un poco más agüitada, y/o principalmente cansada, para encontrar ese último “tú puedes” y seguir chambeándole fuerte y con muchas ganas.

¿Cómo registras la percepción de tu labor ante la comunidad que dejaste en México?
Creo que, en general, México me ha dado herramientas no solo para mi profesión desde la danza, sino también desde la cultura, y eso me ha permitido potenciar mi quehacer fuera de mi país. Si bien estoy al pendiente de muchos colegas y de su labor artística, y eso me inspira mucho, lo que intento siempre es recordar mi formación: tanto la profesional Escuela Nacional en el Centro Nacional de las Artes, en la familia, así como todo lo que me han enseñado mis colegas, mis profesores y toda la gente con la que me he topado en el camino. En definitiva, creo que la comunidad que dejé en México sigue estando presente en mí y me ayuda a perfeccionar mi labor actual.
¿Hasta dónde quieres llegar?
Me gustaría, como un objetivo a mediano y largo plazo, encontrarme aún más fuerte y capaz a nivel físico y dancístico en diez años más de lo que estoy ahora, porque considero que eso es posible, siempre con mucha responsabilidad y trabajo. Ese es un objetivo que tengo muy planteado: seguir desarrollándome como artista escénica, tanto como bailarina, como artista de circo y como acróbata. Y, a más mediano plazo, seguir potenciando los proyectos que gestiono, produzco o de los que formo parte para que la danza esté más presente en más lugares, y más gente sea capaz de sensibilizarse al respecto.
Al final, amo y adoro la danza, y creo que en donde sea que esté inserta —en cualquier muestra artística o performática— potencia muchísimo el mensaje y la manera de comunicar. Creo que el cuerpo es muy rico y, en definitiva, quiero que todo aquello de lo que yo sea parte llegue a más gente, a más ojos, a más vistas; ahí va a estar mi energía. Y además, teniendo en cuenta que otra de mis labores principales es la docencia, quiero seguir compartiendo conocimiento actualizado -porque yo también sigo formándome, tomando clases, cursos y leyendo al respecto- con nuevas generaciones de bailarines en gestación.
Hasta pronto Rebeca Portillo Flores, ojalá te encuentre en Santiago.
Director del proyecto y fotografía: Víctor Amaru Piñones Hernández.
Video: Juan Pablo Garreto.
Fotografía: David Flores Rubio.
Contacto
WhatsApp: +569 48783537
rebecapflores@gmail.com
Sitio oficial
https://rebecapflores.wixsite.com/rebecaportillo
https://www.instagram.com/rebecaportilloflores/

Eduardo Cruz Vázquez
Eduardo Cruz Vázquez periodista, gestor cultural, ex diplomático cultural, formador de emprendedores culturales y ante todo arqueólogo del sector cultural. Estudió Comunicación en la UAM Xochimilco, cuenta con una diversidad de obras publicadas entre las que destacan, bajo su coordinación, Diplomacia y cooperación cultural de México. Una aproximación (UANL/Unicach, 2007), Los silencios de la democracia (Planeta, 2008), Sector cultural. Claves de acceso (Editarte/UANL, 2016), ¡Es la reforma cultural, Presidente! Propuestas para el sexenio 2018-2024 (Editarte, 2017), Antología de la gestión cultural. Episodios de vida (UANL, 2019) y Diplomacia cultural, la vida (UANL, 2020). En 2017 elaboró el estudio Retablo de empresas culturales. Un acercamiento a la realidad empresarial del sector cultural de México.

