septiembre 20, 2020

Es una barbaridad

(Imagen: psicologiaymente.com Consultada el 14 de septiembre de 2020).

¿Con qué otro adjetivo podemos calificar la propuesta de presupuesto de la Secretaría de Cultura 2021? Los comentarios que he leído sobre el proyecto del PEF para la cultura han sido críticos, pero me ha sorprendido tanto su relativa mesura y como su gran resignación ante esta iniciativa. Claro, yo también comparto la desesperanza de que pueda haber un cambio en el presupuesto de egresos correspondiente a la cultura y en realidad de cualquier otro campo. La inamovilidad de los juicios del presidente es un hecho probado, así como la sumisión de la mayoría parlamentaria a sus designios. Tal vez los miembros de la Comisión de Cultura y Cinematografía estén más conscientes de la gravedad de esta propuesta y demanden una modificación, pero el pleno de la cámara es otra cosa. Además, los diputados se juegan su futuro al terminar la legislatura el año próximo y anhelan ser palomeados para otro puesto.

Sin embargo, es evidente que el presupuesto es una barbaridad y no es posible callarlo. Este año de 2020, la octava parte del presupuesto de la Secretaría de Cultura se dedicó al proyecto “Espacio Cultural Los Pinos y el Bosque de Chapultepec”. Para el año próximo la propuesta es que sea la cuarta parte del presupuesto de la Secretaría la que esté comprometida con este programa. Frente al presupuesto de este año que fue de 1 mil 688 millones (independientemente de cuánto se habrá ejercido al cierre del año fiscal y si fue a través del gobierno de la Ciudad de México), los 3 mil 508 que se quieren aplicar constituyen una duplicación. Lo peor que puede suceder es que el leve aumento al presupuesto de la secretaría de 4.6 por ciento, que se irá a este proyecto obviamente, y con el amplio monto asignado a este único programa, el ejecutivo quiera presumir que ha habido un gran incremento a la cultura.

Esto es precisamente uno de los males de esta propuesta: la ilusión del compromiso del presidente con la cultura sabiendo que este enorme gasto está dirigido a la creación de una infraestructura innecesaria por estar precisamente en la zona del país donde es más abundante en términos de museos y centros culturales. En cambio, prácticamente todos las dependencias -salvo la subsecretaría de Desarrollo Cultural donde se alojan los recursos para este programa- y las entidades y organismos de la Secretaría de Cultura decrecen en su presupuesto.

(Imagen: Tomada de Twitter @MOCCAMEXICO 9/sep/2020)

Medidas y caprichos

El decreto de austeridad firmado por el presidente López Obrador hace 5 meses (DOF 23 de abril de 2020) estableció 38 programas prioritarios. El número 37 fue el “Espacio Cultural Los Pinos y Bosque de Chapultepec” equiparándolo al aeropuerto de Santa Lucía o al tren Maya en cuanto obras de infraestructura o a las becas de sus programas sociales. Pero en realidad ¿puede ser equiparado con esos programas aun sosteniendo que tenga alguna relevancia? ¿Cuánto dinero se transformará en trabajos para empresas y obreros de la construcción? ¿Cuánto disfrute tendrá la población de la zona estando como está rodeada de una amplísima infraestructura cultural?

Sólo dos razones me permiten entender la importancia que el presidente asigna a este proyecto. Una es que la derrama de recursos es fuente de trabajo y por ello la inversión es prioritaria para la recuperación económica. Pero ¿no podría lograse el mismo efecto dedicando esos recursos a los mismos programas de cultura que demandan servicios de apoyo y de creación de contenidos? Para la otra razón no me es fácil imaginar alguna alternativa y considero que en realidad es la más relevante: el presidente está comprometido con su propio legado más que con la cultura. Al igual que Lázaro Cárdenas recordado por la cesión del Castillo de Chapultepec para convertirlo en Museo Nacional de Historia o de Carlos Salinas por haber evitado la privatización de parte de los antiguos estudios Churubusco y así crear el Centro Nacional de las Artes, el presidente quiere asociar su mandato a un espacio físico transformado en zona de recreo y arte. Una obra megalómana que, aunque no lleve su nombre, se quedará identificada con él pasado su periodo presidencial.

(Imagen: Tomada de Twitter @AplausoNo 7/sep/2020).

Es una barbaridad que disponiendo de recursos éstos se destinen a una obra que en el fondo es intrascendente para la prácticamente la totalidad de los agentes culturales; es una barbaridad someter a las instituciones responsables del patrimonio cultural, de la educación artística e incluso del impulso a las culturas comunitarias, eje principal de las políticas públicas de cultura de este sexenio, a que queden atadas a una situación que pone en vilo el cumplimiento de los encargos que les marcan las leyes y las políticas públicas; es una barbaridad que las becas otorgadas por el desaparecido Fonca a distintos tipos para creadores y artistas prácticamente queden en lo mínimo; es una barbaridad que habiendo oportunidad para dar un respiro a tantos promotores culturales subordinados a un paro obligado por la pandemia y la crisis económica no encuentren un apoyo en la institucionalidad cultural; es una barbaridad que las instituciones encargadas de dar sentido a la convivencia social a partir de la identidad y la creación artística se vean constreñidas a mantener lo que hay o sólo luchar por evitar su degradación; es una barbaridad que reconociendo la importancia del sector cultural en el impulso al turismo se le nieguen los recursos suficientes para operar en su favor; es una barbaridad que no se apoye la diplomacia cultural tan relevante para proyectar internacionalmente a nuestro país, justo cuando la recuperación depende en gran medida de nuestras relaciones foráneas; es una barbaridad que la aclamada aspiración de pasar de la cultura del poder al poder de la cultura se convierta precisamente en lo contrario; es una barbaridad que los responsables de la conducción de las políticas públicas guarden silencio frente esta terrible situación.

 

1 thought on “Es una barbaridad

  1. Gracias Eduardo Nivón por enumerar la barbaridad de los costos de gobernar en materia de cultura poniendo por encima de las instituciones del sector y de las demandas de los creadores los impulsos de un presidente megalómeno. Parece que no aprendemos de la historia. Hemos pagado muy caro los delirios de grandeza de los gobiernos del pasado y volvemos a lo mismo en un contexto especialmente grave que exhibe en toda su dimensión la torpeza del proyecto Chapultepec y la falta de reflexividad del presidente y su corte.

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