
Durante décadas, en México se ha insistido en separar la cultura de la economía, como si se tratara de mundos opuestos: uno simbólico, vocacional y casi espiritual; el otro material, frío y cuantificable. Sin embargo, esta división no solo es falsa, sino profundamente dañina. Hoy, los datos muestran con claridad que la cultura es un sector económico robusto, pero atrapado en un sistema que romantiza su precariedad y le niega un lugar estratégico en el desarrollo nacional.
De acuerdo con la Cuenta Satélite de la Cultura de México, el sector cultural aporta alrededor del 2.8 % del Producto Interno Bruto, lo que equivale a casi 865 mil millones de pesos anuales. Esta cifra supera a la de sectores tradicionalmente considerados estratégicos, como el transporte. Aun así, la cultura continúa siendo tratada como un gasto accesorio y no como una inversión productiva.
Uno de los principales obstáculos es la persistente idea del “amor al arte”. Este discurso ha normalizado condiciones laborales precarias: trabajo no remunerado, pagos simbólicos en forma de “exposición”, tabuladores salariales bajos y la expectativa de que los propios trabajadores culturales agradezcan simplemente tener empleo. Como advierten especialistas en economía cultural, esta narrativa es peligrosa porque impide que quienes producen cultura se reconozcan como trabajadores dentro de un sistema económico, debilitando su capacidad de exigir derechos y condiciones dignas.
Desde una perspectiva económica, la cultura funciona como cualquier otra industria. Genera empleos, crea cadenas de valor, moviliza comercio, produce bienes y servicios, y responde a dinámicas de oferta y demanda. Un libro, una exposición, un podcast o un festival no surgen por generación espontánea: son el resultado de procesos que implican investigación, trabajo especializado, infraestructura, tiempo y recursos materiales. Todo ello es medible y tiene un costo real.

Para dimensionar este impacto existen herramientas estadísticas clave, como la Cuenta Satélite de la Cultura del INEGI, el Sistema Nacional de Información Cultural, Data México o módulos específicos sobre lectura y consumo cultural. Gracias a estos instrumentos sabemos que, pese al fuerte golpe que sufrió el sector durante la pandemia —con caídas cercanas al 20 %—, la cultura mostró una notable capacidad de resiliencia, adaptándose mediante la digitalización y nuevos formatos de producción y consumo.
Sin embargo, el ecosistema cultural mexicano es profundamente desigual. Las artesanías, por ejemplo, son la actividad que más aporta al PIB cultural, pero también una de las más vulnerables: el empleo en este rubro ha disminuido y carece de políticas sólidas de fomento y protección. En contraste, los contenidos digitales y los videojuegos viven una etapa de crecimiento acelerado, mientras que la industria editorial enfrenta una crisis derivada del encarecimiento de insumos como el papel.
A estas desigualdades sectoriales se suma una fuerte centralización geográfica. La mayor parte de la oferta cultural se concentra en la Ciudad de México y Jalisco, lo que genera barreras de acceso para amplias regiones del país. Aunque existen especializaciones regionales —artesanías en el sur, contenidos digitales en el norte—, la distribución de infraestructura y recursos sigue siendo profundamente asimétrica.
El papel del Estado resulta especialmente problemático. Aunque el modelo cultural mexicano es mayoritariamente público, la inversión gubernamental directa representa menos de medio punto porcentual de la contribución total del sector al PIB. En la práctica, la cultura se sostiene gracias al mercado y al esfuerzo de sus propios trabajadores. Los discursos oficiales rara vez se traducen en presupuestos robustos, y la cultura permanece ausente de los grandes planes de desarrollo económico de largo plazo.
A ello se suma un problema estructural: los ingresos generados por museos y zonas arqueológicas de alta afluencia no regresan a esos espacios para su conservación o desarrollo. Al ser absorbidos por la Secretaría de Hacienda, se rompe el ciclo de reinversión y se impide un modelo sostenible en el que el éxito económico fortalezca al propio patrimonio.
Finalmente, existe un reto clave de comunicación. Los datos económicos sobre cultura suelen presentarse en formatos técnicos y poco accesibles, lo que dificulta su apropiación social y política. De ahí la importancia de iniciativas de divulgación que traduzcan cifras en narrativas comprensibles y conecten la economía cultural con la vida cotidiana.
Entender la cultura como economía no significa reducirla a mercancía, sino reconocer su valor real. Mientras la cultura siga siendo vista como un lujo, un pasatiempo o una vocación sacrificada, el sector continuará produciendo riqueza sin recibirla. El desafío es claro: integrar la cultura en el centro de la discusión económica del país, no como ornamento, sino como uno de sus pilares.
Conoce más de esta reflexión en la conversación con la economista Miroslava Martínez de CulturaMía en el podcast La Hoja Suelta de Libreta Negra Mx: Episodio 1 de la Temporada 9, La cultura en México sí genera dinero (y nadie lo dice).
Omar Espinosa Severino
Arqueólogo de profesión, docente de vocación y geek por convicción.
Co fundador de Libreta Negra Mx.

