Verónica Ortiz: el acierto doloroso
de contar historias

La autora y portada de la novela Una decisión equivocada. (Fotos: cortesía de la autora y obtenidas de su muro en Facebook).

Hace muchos años decía: “Me seduce tanto el poder que no me gusta estar cerca de él”. Hoy, Verónica Ortiz refrenda la convicción y aprende a retirarse en el instante que los egos y los aduladores la llevan a “perder el piso”. Y es por ello que el movimiento la anima. Ha sido viajera en el sentido geográfico y profesional, de China a Sonora, de la Ciudad de México a Madrid; entre los aires cuando fue aeromoza de una línea canadiense, cuando colaboró en el país asiático para hacer un diccionario chino-español, a lo largo de las muchas décadas en que ha conducido programas de televisión y radio para ahondar en la sexualidad humana y en los vericuetos de la política y la cultura.

En 2019 se instaló en Madrid para estar a cargo del Fondo de Cultura Económica (FCE) pero solo estuvo allá por seis meses; la pandemia la hizo reinstalarse de nuevo en la CDMX porque estaba aquí cuando la COVID-19 provocó a inicios del 2020 que el tránsito de las personas se congelara entre países y hasta entre ciudades y colonias.

Fuera ya de una labor fija, como periodista independiente la estancia chilanga le procuró la libertad que atesora para vivir y le alimentó el único poder que asume y le gusta: la ficción. “Si me preguntas qué quiero ser, te digo: escritora”.

Y aquel deseo lanzado en mayo del 2002 lo ha cumplido con creces al confeccionar su nueva novela Una decisión equivocada(Editorial Lectorum, 2020), una narrativa que combina el periodismo y la ficción para relatar la vida de su tía Anita (Anita Lawrenz Tirado, 1925-2008), una joven sonorense acusada de espionaje nazi por parte de los rusos, encarcelada en Siberia, protagonista y espectadora de tiempos bárbaros posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

En 203 páginas transcurren la tortura, las cárceles, la ignominia y también la solidaridad humana que la adolescente (se va de doce y regresa 19 años después) vivió con sus dos hermanas menores: Martha e Irene, de diez y ocho años, respectivamente.

Dejamos en las siguientes líneas algo de la entrevista telefónica sostenida con Verónica Ortiz. En medio de la pandemia, la distancia física impuesta que implica el medio de comunicación no resta la emocionalidad en la voz de la escritora y periodista, que se siente tan cerca. “Apenas estoy empezando a reflexionar en lo que me ha dejado este libro. En tiempos convulsos como los de ahora ya no tengo respuestas contundentes. Eso soy: contundente. A lo mejor hoy no ni siquiera me interesa serlo”.

 

De izquierda a derecha Martha, mamá de Verónica Ortiz; sus tías Anita e Irene cuando subieron al barco hacia Alemania en 1938.

 

-En tu novela usas las herramientas del periodismo para hacer la novela pero también están las estrategias de la ficción. ¿Cómo vas y vienes en ambos terrenos?

-Me basé fundamentalmente en la investigación y de los testimonios que logré juntar durante muchos años, de la propia Anita, de mi madre, de mi otra tía y de gente que tenía información diversa y que me fue generando partecitas que iba atesorando en un cuaderno en donde iba anotando todo. Luego vino la etapa de correlacionarlo todo para ver repeticiones y darle un seguimiento literario pero apegado a la verdad. Te diría que de ficción el libro ocupa quizás un 20 por ciento porque era obligatorio para vincular una cosa con la otra.

El resto en la novela es básicamente testimonial: una entrevista amplia que Anita dio a una amiga de ella, a los dos años de haber regresado a México, y resulta que nunca se publicó, de 600 y pico de páginas, hecha en inglés. Hasta donde sé, no se publicó. Fue material precioso por una información valiosa.

-¿Cuál fue el primer momento en que dijiste: “tengo que escribir esta historia”?

-Probablemente hace 30 años en un viaje que hice a Hermosillo. Estuve un rato largo con mi tía en donde me contó cosas que sentí que ella no lo iba a poder sacar ni escribir. Yo era la nieta mayor de esa familia y con la profesión del periodismo. Y más allá del ‘yo tengo’ se convirtió en el ‘yo debo’; más que un compromiso familiar o con mi tía Anita fue y es un compromiso de vida por los temas que toca: la guerra, los vencidos, la tortura, las cárceles, lo que no está dicho de la ocupación violentísima rusa; de las violaciones tumultuarias de los rusos y polacos, de los campos de concentración de los propios ingleses para los latinoamericanos, también en Alemania.

-Habiendo ya procesado toda esta información y con el libro editado, ¿Cómo concibes que vivió tu tía este proceso, de manera luminosa o había tristeza o rencores hacia su padre?

-Te cuento: el único hermano que queda de mi tía Anita, con 92 años, me contaba algo que nadie había hecho, y es que mi abuelo, llorando, le pidió perdón varias veces a mi tía Anita cuando regresó. Pienso que mi tía no se quedó en Hermosillo porque no podía confrontar muchas cosas; se fue al campo donde se siembra algodón y trigo y de quedó allá mucho tiempo. No quería ver gente ni hablar. Se refugió en un lugar rodeado de vacas, de puercos, haciendo quesos y mantequilla, dando clases a los hijos de los campesinos. Y pienso que algo pasó adentro de ella porque logró procesar su dolor, su coraje, cosas demasiado importantes para que no dejen huella.

Me parece que ella sobre todo logró perdonar. Y fue en ese momento cuando floreció una mujer de unas intensidades amorosas y de nobleza que no he encontrado en otro ser humano. Una piensa cómo vas a quedar después de haber vivido todo eso. No está fácil decir que te recuperas. ¿Te recuperas de qué? Estás hecha pedazos física, emocional y vivencialmente; perdiste 19 años de tu vida que pueden ser los más importantes porque son los que tu juventud ya que se va de doce y regresa de 33.

¿Piensas que en el caso de Anita este perdón significó olvido?

Nunca, ella todo el tiempo siguió contando. Era una expiación, una catarsis pero también era una manera de decir esto sucedió y nadie lo sabe; tengo que contarlo por una responsabilidad con todas las mujeres y hombres con los que viví esta serie de atrocidades… Pero también toda la nobleza que se encontró en su camino con gente extraordinaria que la ayudó en momento en que estaba a punto de desfallecer y de querer morirse.

¿Qué aprendiste de la ficción para hacer un libro en donde también hay periodismo?

-Lo que dice John Steinbeck en Las uvas de la ira: ‘Nada es más asombroso que la verdad’. Y habla del periodismo como narrativa, como literatura de la verdad inmediata. Me parece que la crónica, que en la narrativa que abreva de la historia, está pulsando la verdad todo el tiempo, la está visitando y recontando y revisando. ¿En qué sentido? Pienso, como decía Oscar Wilde, el único deber que tenemos con la historia es reescribirla. No me importa si es a través de lo que hacen los grandes cronistas o Kapuscinski, que además es liga mayor. Lo que quiero subrayar es la importancia de regresar a la Historia para contar esa historia que no se ha contado porque son los vencedores quienes la relatan.

La literatura me sirve para no perder la estructura del libro. Necesito una estructura y necesito darle respiro a los lectores y las lectoras. Si a mí me cuesta tanto trabajo la historia y lloro y me quiebro y la retomo y la dejo y por eso pasan tantos años, yo no quiero que eso le pase al lector; yo les respeto. Por eso necesito una estructura que le dé respiro al lector para continuar la historia. Y allí es dónde entra la literatura. De otra manera, transcribo la entrevista y se acabó. Es construir la historia a partir de los elementos, sí periodísticos, pero también darle esta cohesión literaria.

 

Anita Lawrenz Tirado cuando regresó a México 19 años después de su periplo alemán y su reclusión en cárceles en Siberia, acusada por los rusos de ser espía nazi.

 

En esta manera de construir la Historia a partir de la historia particular de Anita, la reconstrucción de emociones es fundamental.

-Las emociones son las que finalmente comunican más que cualquier otra cosa. Si esta historia no pasa por ellas, mejor tiro el libro. No tiene sentido que la gente no sea tocada por lo que tocó a tanta gente a nivel emocional a Anita, a mi madre, a su otra hermana Irene y a sus padres y nietos y a todos nosotros. Estas historias que son universales, nos tocan a todos porque tienen que ver con guerras mundiales. En este caso se tocan dos guerras mundiales en la historia de mi familia; la primera con la llegada de mi abuelo, y la segunda tanto el proceso en Berlín, con los nazis, estas tres chicas, y luego ya la entrada de los rusos y polacos con los vencedores, y luego las cárceles que los rusos ocupan y que van a dedicarse a borrar todos los horrores que hicieron durante los años que ocuparon Alemania.

Esa verdad está escondida y es la que hay que contar desde otras perspectivas porque fueron muchos y muchas los involucrados en esas cárceles y en esa historia de los gulags de Stalin.

-¿Por qué esta parte de la historia ha sido menos contada?

Porque los vencedores borraron todo. Los vencedores fueron los rusos que ocuparon Alemania. Además, los malos malísimos siempre van a ser los nazis, no cabe duda; no hay ni qué cuestionarlo. Pero hay otra historia que también es terrible que es la ocupación de los rusos en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. La propia novela cuenta como la gente en Rusia, Siberia, primero le tiene una cierta adoración a Stalin pero luego esta percepción cambia ante las hambrunas, las injusticias, la violencia. Y esto es parte de la historia que hay que revisar y contar. ¿Por qué? Para que los autoritarismos no se repitan.

-¿En tu proceso hubo algún momento de autocensura?

Nunca. Inclusive en algún momento hasta revelo cosas de mi familia, de mi madre. La censura nunca ha sido para mí parte de un valor o de un no-valor en mi vida. Poco antes de morir (hace cinco años) yo pregunté a mi madre y a Anita (murió en 2008) si estaban de acuerdo en que publicara el libro y me dijeron: sí.

 

Debut televisivo de la niña Verónica (al centro, vestida como españolita) en el programa de Paco Malgesto. Bailó el pasodoble España Cañí y se llevó una bolsa de dulces Toficos.

 

Eres hasta cierto punto dura con la parte masculina de tus raíces.

-No sé si fui dura. Lo que intenté fue evidenciar lo que había pasado y hasta justificar el por qué se toman ciertas decisiones. Al principio mamá y Anita no querían hablar porque estaba prohibido ante el miedo de mi abuelo de que al regresar los rusos fueran por Anita ante un contexto de Guerra Fría. Ese fue un primer momento en que contaron las cosas a medias y yo, curiosa desde que nací, quería oír más. Muchos años después, cuando le explico a mi tía que voy a escribir un libro, es cuando ambas me empiezan a contar más.

Pese a la apertura siempre fui cuidadosa porque hay cosas que no le puedes preguntar a tu madre o a tu tía, como si la habían violado. Me enteré por otras personas que sí fue violada tumultuariamente ella e Irene. Fui cuidadosa con eso porque sabía que regresarla a la historia también era regresarla al dolor.

¿Cuál fue tu relación con el abuelo, el hombre que mandó a sus hijas a Alemania?

Muy difícil. No era niñero, siempre le estorbábamos, no hablaba con los nietos y nos hacía un lado. Estaba metido en sus cosas del campo o en su cuarto leyendo revistas alemanas como Der Spiegel, su pasión. Nunca dejó de ser alemán; era un patriota y alemán; se murió alemán y patriota, sin la sensibilidad de comprender a sus tres hijas del todo. Con Anita sí, por todo lo que había vivido, pero no con las otras dos. Para él era la vivencia de una guerra y se acabó. Nunca tuvo esa sensibilidad de padre de acercarse amorosamente hacia ellas para comprenderlas.

Tuvo que volverse un hombre muy duro porque llegó a México a los 16 o 17 años sin familia. Y se hizo solo en Sonora, con un idioma y gente que no conocía, con un clima y costumbres diferentes. Él venía de Alemania, estalló la Primera Guerra Mundial y se tuvo que establecer en México con la carga de una historia muy dura: un padre estricto, huérfano de madre, con un hermano que muere en la guerra y una hermana que se ahoga cuando se puso una alubia en la nariz. Por eso retrato al abuelo: porque es el ario y es el macho. ¿Pero había otra cosa entonces y hay otra cosa ahorita? No. Acabo de publicar la novela, mi abuelo murió hace unos diez años y no, no pude tener una reconexión con él.

 

Con sus perros Corina y Negro en un parque de la CDMX en abril de 2016. A la derecha, a su llegada a Madrid en noviembre de 2019 para dirigir por seis meses la sucursal del Fondo de Cultura Económica en la capital española.

 

-Aparte de las entrevistas, en términos históricos ¿ Cómo te documentaste, qué tipo de problemas tuviste para adquirir la información?

-El problema no fue en los museos o a la hora de ir a las cárceles o a los campos de concentración en donde no encontré nada y da el parámetro de cómo borraron la historia. Tuve que documentarme a partir de otros elementos que en lo personal tenía en la mano por ser pariente de Anita. Sin embargo, diría que no se me facilitó. Las “tías” que pongo todo el tiempo como tales en la novela, en realidad eran amistades de mi abuelo en Flatow. Cuando fui a Alemania para que una de sus nietas me entregara cartas, fotos o que me contara cosas, simplemente no me vio. Y a través del hijo, me advirtió que quemaría todo, antes de morir. Esa es la historia de mi familia porque mi abuelo hizo lo mismo: quemarlo todo. El caso fue que ambas partes pareciera que se pusieron de acuerdo para desaparecer o hacer inaccesible la información. Mi construcción fue entonces a partir de los muchos testimonios que reuní.

-Además de dolor, ¿Qué te deja Una decisión equivocada?

-Una fuerza muy grande, sobre todo por Anita, pero también por muchas cosas que ella cuenta. Me parece que hay muchos seres humanos en esta historia con una enorme fuerza vital que vivieron lo inimaginable. Y esa fuerza es también parte de esta familia. Y esa fuerza yo la abrevo de Anita mucho más que de mi madre. Me deja dignidad, me deja fuerza y la necesidad enorme de contar lo que sucedió para hacer justicia. Eso es lo que le importaba mucho a Anita al relatar su historia, con quien me sentí muy cercana desde el día que yo, con siete años, la vi bajar del avión hecha pedazos. Parecía de 60 cuando en realidad tenía 33. Y a partir de allí se dio algo muy fuerte y amoroso entre las dos, que persistió a través de los años.

-¿Qué hay en ti de tu raíz alemana?

-Tengo un cuarto de sangre alemana del que no reniego, es la herencia que me conforma junto con la sangre española de mi abuela y la sangre seri. Me gusta mucho saber que soy parte de las migraciones de la historia del mundo. Y que todo eso me genera y me da elementos muy variados de cultura que me permiten sobreponerme a lo que se me presenta con gran entereza y fuerza. En mí hay una mezcla bárbara y qué bueno: estoy en total desacuerdo con los arios y con la supuesta pureza. Bienvenida la migración y la mezcla. En la medida en que estuviéramos más mezclados deberíamos de ser más cómplices, más respetuosos. La otredad es algo que nos hace mejores seres humanos.

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