
La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería es mucho más que un encuentro editorial: es un espacio donde el pasado cobra vida y es una nueva oportunidad para cultivar memorias. Entre pasillos repletos de novedades, la presencia del Instituto Nacional de Antropología e Historia recuerda que los libros no solo se leen, también se investigan, se restauran y, en muchos casos, se reconstruyen como piezas esenciales de nuestra identidad. En esta edición, tres propuestas demostraron que la historia no es estática: se toca, se debate y se actualiza.
La primera tiene como protagonistas a niñas y niños. La Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural presentó un taller de conservación arqueológica para las infancias con más de 15 años de trayectoria, creado por la restauradora Yolanda Santaella. Lejos de la idea de que la ciencia es inaccesible, el taller utiliza materiales reciclados para enseñar principios como la estratigrafía, la excavación controlada y la restauración de piezas. En un ejercicio interdisciplinario donde participan arqueólogos y antropólogos físicos, los pequeños simulan procesos reales de investigación. El resultado es poderoso: comprender que el patrimonio no es una abstracción, sino algo que puede cuidarse desde la comunidad. Sembrar conciencia patrimonial desde la infancia es, quizá, una de las formas más efectivas de proteger el futuro.

El segundo hallazgo proviene del ámbito documental y jurídico. El historiador Rodrigo Martínez Baracs presentó el estudio de tres códices resguardados por una familia de San Andrés Tetepilco, al sureste de la Ciudad de México. Estos documentos —entre ellos la llamada Tira de San Andrés Tetepilco— no solo narran episodios vinculados con la fundación de Tenochtitlán y conflictos como la guerra contra Tlatelolco en 1473; también fueron herramientas legales. Durante la Colonia, las comunidades indígenas emplearon estas pictografías, acompañadas de textos en náhuatl y español, para defender tierras y derechos ante la Corona. Lejos de ser simples reliquias artísticas, los códices funcionaron como pruebas judiciales reconocidas por el sistema virreinal. El hallazgo confirma que no existe una sola versión del pasado: cada altépetl construyó su memoria y supo adaptarla para sobrevivir en un nuevo orden político.

El tercer eje nos lleva al sureste mexicano. La arqueóloga Marta Cuevas García ha encabezado un ambicioso proyecto para reunir y estudiar la escultura en piedra de la antigua ciudad de Lakamha’, hoy conocida como Palenque. El nuevo compendio publicado por el INAH constituye el primer estudio integral del corpus escultórico del sitio, considerado el segundo más importante del mundo maya después de Copán. La investigación implicó revisar bodegas, reintegrar fragmentos dispersos y actualizar lecturas epigráficas. Entre los hallazgos destaca la confirmación de mutilaciones intencionales en incensarios efigie, evidencia de prácticas rituales antiguas. El rigor ético fue central: solo se trabajó con piezas bajo resguardo institucional, garantizando procedencia legal y acceso público para futuras generaciones.
Estos tres casos comparten una misma lección: el patrimonio es un rompecabezas en constante reconstrucción. Puede estar en manos de una niña que aprende a excavar con cuidado, en un códice que defendió tierras hace siglos o en un fragmento de piedra olvidado en una bodega. La Feria de Minería demuestra que la historia no vive únicamente en vitrinas o archivos: se activa cada vez que alguien decide estudiarla, preservarla y compartirla.
Más allá de las páginas, lo que encontramos es una invitación: mirar de cerca nuestras raíces y asumir que la memoria colectiva es una tarea compartida.
Omar Espinosa Severino
Arqueólogo de profesión, docente de vocación y geek por convicción.
Co fundador de Libreta Negra Mx.

