“México es la verga” significa gritar a los cuatro vientos, con belicoso orgullo y mucho ruido, la supuesta excelencia de nuestro país en cualquier ámbito.

También podemos explicar esta frase como el pináculo de romantizar un imaginario nacional donde igual caben la enajenación mediática del próximo Mundial de Fútbol, la popularidad de los narcocorridos, la resiliencia ante la pandemia del COVID-19, el infaltable chile en nogada cada septiembre, el resurgimiento del sentimiento antiyanqui para defender nuestra frágil soberanía, así como la veneración -casi por igual- al Divo de Juárez y la Virgen de Guadalupe.

Muchos no lo dicen por pudor, porque les parece un término muy vulgar, algo que sólo es propio de la plebe y las clases bajas (“Chusma, chusma”, diría Quico).

Prefieren, en cambio, usar hipócritamente su equivalente coloquial en inglés: “México is the shit”, una leyenda que -por cierto- Anuar Layón comercializó con mucho éxito en chamarras rockeras, allá por 2016 cuando Donald Trump ganó la presidencia por primera vez en Estados Unidos y arremetía ferozmente contra el vecino del sur.

Otr@s la repudian por ser una expresión intimidante de la falocracia y el machismo que, al ponderar el miembro masculino como sinónimo de “lo más extraordinario en su tipo”, demerita el valor de la mujer.

Salvo algunas honrosas excepciones entre artistas y activistas, los genitales femeninos se emplean muy poco para enaltecer o reivindicar una acción, un objeto o una persona (véase, a propósito, mi entrevista con Panocha Chichimeka, publicada aquí mismo en Paso libre el 16 de julio de 2021).

Sin embargo, más allá de discusiones académicas o ideológicas, hay quienes simplemente asumen esta frase popular, en su piel o ropa, como una identidad social y cultural, donde el jale de todos los días se convierte en afirmación de su propia dignidad individual y colectiva.

Pachuca de Soto, Hidalgo.

 

 

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