Lolita, de Vladimir Nabokov, es una lectura sugerida ante el tema vigente sobre el poder y la manipulación sexual de los adultos a los menores. (Portada de la edición en español, de editorial Anagrama).

 

Hay libros que se leen; otros hay que se atraviesan. Lolita de Vladimir Nabokov (1955) pertenece a esa segunda categoría. Se me atravesó ante lo espeluznante del caso Epstein que exhibe la dinámica atroz del poder adulto sobre menores, la manipulación y la explotación. Ante este drama mis visitas a Lolita no se limitaron: he regresado como se vuelve a una casa que sabemos peligrosa y luminosa al mismo tiempo, pues la paradoja de esta novela es que se puede admirar la belleza del estilo y simultáneamente mostrar la monstruosidad a la que puede llegar el ser humano. La primera visita fue, pues, a las páginas de Nabokov; las siguientes a las adaptaciones cinematográficas de Stanley Kubrick (1962) y Adrian Lyne (1972).

Se dice que la mejor novela norteamericana fue escrita por un ruso. Vladimir Nabokov (San Petesburgo, 1899), trilingüe desde el seno materno, pues además del ruso mamó el francés y el inglés, huyó de los bolcheviques con su familia a Francia, estudió en Cambridge y en 1940 emigró a Estados Unidos. Lolita fue escrita por Nabokov en inglés, pero bajo su óptica europeizante. De tal manera contempla al país con la distancia irónica del extranjero que desnuda una civilización; se trata de una sátira de la banalidad estadounidense vista por un europeo sofisticado y por momentos cínico.

Humbert Humbert, el personaje abusador de la obra, cruza Estados Unidos con Lolita de punta a punta por sus carreteras y moteles, al parecer siguiendo la icónica Ruta 66. La cultura estadounidense, los paisajes y los suburbios recién florecidos bajo el sol de la posguerra, aparecen descritos por Nabokov con elocuencia y precisión.

Vladimir Nabokov, ruso de nacimiento, escribió en inglés una de las obras cumbre de la literatura estadounidense, su lepidopterofilia, lo llevó a recorrer los rincones de aquel país, que le inspiró para retratar con elocuencia la cultura de aquel país en la posguerra. (Imagen tomada de imbd.com).

En esta primera visita me atravesó la voz de Humbert Humbert, el pedófilo obsesionado con las “nínfulas”, término usado por Nabokov para referirse a las menores. Humbert no sólo narra, sino que seduce. Todo lo vemos a través de su mirada. Dolores Haze, no tiene voz; se convierte en “Lolita” porque Humbert así la nombra. La obra pareciera un expediente judicial, pues Humbert va urdiendo su defensa a través de su narrativa. Nabokov nos obliga a experimentar algo profundamente incómodo: construye un personaje que seduce por su inteligencia y musicalidad, pero que moralmente es indefendible. Humbert quiere que lo admiremos y a veces lo logra. Eso provoca cierta culpa como lector. Sin embargo, justo ahí está la grandeza de Nabokov: nos obliga a experimentar cómo funciona la manipulación carismática.

Y, sin embargo, en medio de esa gravedad, emerge algo inesperado: la comedia. Una comedia negra, incómoda y absurda. La escena del asesinato de Clare Quilty en manos de Humbert, es sin duda su clímax. Cuando Humbert irrumpe decidido a matar al pedófilo que había tenido la osadía de robarle a Lolita, Quilty se escabulle, corre al piano para tocar unas notas exageradamente dramáticas, como queriendo musicalizar su propia muerte. Y ahí se muestra nuevamente el genio de Nabokov, quien nos orilla a experimentar simultáneamente el horror y la risa. No es una risa liberadora, sino incómoda, pues reír no disminuye la gravedad moral.

En cuanto a las versiones cinematográficas, la de Kubrick es quizá más apegada al libro, pues la adaptación fue escrita por el propio Nabokov. El papel de Quilty es interpretado brillantemente por Peter Sellers, uno de los mejores actores de comedia que hayan existido, también protagonista a mi gusto de la mejor comedia del siglo XX, La fiesta inolvidable (1968). Sellers convierte cada aparición en espectáculo. Incluso en la escena del piano, pareciera estar consciente de que actúa para nosotros.

Si bien la versión de Kubrick es más sutil, la de Lyne, en contraste, es más explícita. Lyne reduce la farsa y enfatiza el drama. Jeremy Irons interpreta genialmente a un Humbert introspectivo y febril y Lolita se exhibe más precoz; quizá Lyne quería mostrar una generación más abierta a la sexualidad que sus antecesores. Lyne refleja una sociedad más abierta a mostrar el abuso con mayor conciencia del daño psicológico que este genera. La versión de Lane es acompañada de la música de Ennio Morricone y por momentos parece llevarnos a la excelente producción Érase una vez en América.

Peter Sellers, uno de los mejores actores de comedia del siglo XX, interpreta majestuosamente a Clare Quilty en la versión de Lolita de Stanley Kubrick, de 1962. (Imagen proporcionada por el autor).

 

La degradación del ser humano es un tema recurrente en la literatura. Dostoievsky es quizás uno de sus mejores expositores, pero a diferencia del Humbert de Nabokov, su Raskolnikov busca la redención y el perdón. Humbert, en cambio, no manifiesta arrepentimiento alguno; por el contrario, vive obsesionado por recuperar a Lolita y la muerte de Quilty en sus manos, se muestra como un acto apoteósico.

Las sombras de Humbert Humbert y Clare Quilty no se han desvanecido. Persiste la misma tensión en las sociedades modernas, que si bien pueden haber mejorado en cuanto a promulgar leyes sobre el abuso sexual infantil, aún muestran fallas graves en la supervisión de los poderosos, que como el Humbert de Nabokov, no manifiestan el menor arrepentimiento por el dolor que han generado a sus víctimas.

La versión cinematográfica de Adrian Lyne, de 1977, muestra una Lolita más audaz, interpretada por Domimique Swayne y a un Humbert Humbert introspectivo y febril, interpretado por Jeremy Irons. (Imagen proporcionada por el autor).

 

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