El Mundial, el Azteca -o Banorte- y la ciudad pendiente

Recientemente vi un [lamentable] tuit del periodista David Faitelson sobre lo que llamó “lo que no fue” la remodelación del Estadio Azteca rumbo al Mundial de 2026. En su mensaje deploraba que el entorno del inmueble no se hubiera transformado en un gran complejo urbano con hoteles, centros comerciales, restaurantes, áreas verdes y espacios de entretenimiento. La observación parecía sencilla: el estadio fue modernizado, pero sus alrededores no experimentaron la transformación espectacular que algunos esperaban. Sin embargo, detrás de esa crítica subyace una pregunta mucho más profunda: ¿qué tipo de ciudad queremos construir alrededor de nuestros grandes recintos deportivos y qué papel corresponde desempeñar al Estado en ese proceso?

(https://x.com/davidfaitelson_/status/2060152111028170980?s=46)

La pregunta resulta especialmente pertinente cuando se revisa la historia del propio Estadio Azteca edificado entre 1962 y 1966. Mucho antes de convertirse en uno de los escenarios deportivos más emblemáticos del mundo, su construcción y la urbanización acelerada de su entorno estuvieron acompañadas por conflictos sociales, desplazamientos y procesos de ocupación territorial que hoy forman parte de una memoria poco conocida.

Mientras revisaba una publicación suiza (Sie+er, octubre de 1968) publicada durante los Juegos Olímpicos de 1968, encontré un reportaje titulado Bulldozer, dedicado precisamente a las “adecuaciones” (léase demoliciones) realizadas en los asentamientos de Santa Úrsula y Ajusco para la justa veraniega. La publicación denunciaba que alrededor de cinco mil personas fueron desalojadas o perdieron sus viviendas durante las operaciones urbanas vinculadas a la preparación olímpica.

Las fotografías mostraban montañas de escombros, familias observando los restos de sus hogares y niños buscando entre las ruinas las pocas pertenencias que habían logrado conservar. En una de las imágenes más impactantes, la estructura monumental del Estadio Azteca aparece al fondo mientras en primer plano se observan los restos de las viviendas demolidas. Lo que para algunos representaba modernización y progreso, para otros significó pérdida del hogar, ruptura de comunidades y la desaparición de formas de vida construidas durante generaciones.

La visión que subyace en buena parte de las críticas actuales responde más a los intereses del desarrollo inmobiliario que a los de la planeación urbana. Hoteles, centros comerciales, corredores gastronómicos y espacios de entretenimiento constituyen oportunidades de negocio para inversionistas privados, no necesariamente soluciones a los problemas cotidianos de la ciudad. Más aún, la experiencia histórica demuestra que este tipo de intervenciones suelen acompañarse de procesos de especulación inmobiliaria, incremento del valor del suelo y desplazamiento de población.

Si algo nos enseña la historia del propio Estadio Azteca, y en general de los recintos deportivos, es que las transformaciones urbanas asociadas a los mega eventos deportivos suelen tener costos sociales que rara vez aparecen en los discursos triunfalistas del progreso. La crítica, por tanto, no debería centrarse en la ausencia de nuevos negocios alrededor del estadio, sino en la calidad de las intervenciones públicas realizadas para beneficio de la ciudad.

Sin embargo, rechazar esa lógica empresarial no implica absolver a las autoridades. El Estado tenía una responsabilidad distinta y quizá más importante: aprovechar la oportunidad excepcional que representa un Mundial para impulsar una transformación profunda de la movilidad y del espacio público en el sur de la Ciudad de México. Las mejoras al Tren Ligero, la rehabilitación de estaciones, la construcción de la ciclovía de Calzada de Tlalpan, las adecuaciones peatonales y otras intervenciones son esfuerzos valiosos, pero difícilmente pueden considerarse una respuesta proporcional a la magnitud del desafío.

Muchas obras llegaron tarde; otras permanecen inconclusas y varias más apenas resultan perceptibles para la mayoría de los habitantes. Mientras tanto, la intervención más visible ha sido una estrategia de imagen urbana basada en pintura, señalización y la presencia constante de ajolotes morados que se han convertido en un emblema gráfico no oficial del torneo en la Ciudad de México. El contraste es inevitable: mientras la ciudad necesitaba una transformación urbana de fondo, mi percepción es que recibió apenas una “manita de gato”.

Retomando el tuit de Faitelson, quizá el problema del Mundial de 2026 en la Ciudad de México no sea la ausencia de hoteles o centros comerciales alrededor del Estadio Azteca. Tampoco la falta de proyectos inmobiliarios capaces de transformar radicalmente Santa Úrsula. El verdadero problema es más sencillo y profundo: se desaprovechó una oportunidad histórica para intervenir de manera decidida una de las zonas con mayores problemas de movilidad de la capital.

En ese sentido, David Faitelson se equivoca al señalar lo que faltó, pero acierta al percibir una sensación de vacío. No porque la ciudad necesitara más negocios, sino porque un evento de escala mundial merecía una visión urbana más ambiciosa. Entre la especulación inmobiliaria que algunos imaginaban y la transformación estructural que muchos esperaban, la Ciudad de México terminó ofreciendo soluciones claramente insuficientes.

En resumen, la historia de la organización de los mega eventos nos ha enseñado, que las ciudades no deben juzgarse únicamente por lo que construyen para impresionar al mundo, sino por aquello que dejan para quienes las habitan cuando el espectáculo termina.

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