Deporte y neurodivergencia. Propuesta para la CONADE

Recientemente el futbolista catalán Marc Cucurella ha visibilizado el tema del autismo, la inclusión y la forma en que la familia, la sociedad y el Estado tienen que encontrar mecanismos de inclusión para esta población. (Imágenes proporcionadas por el autor).

“Cuando salto, puedo sentir muy bien las partes de mi cuerpo…
y eso me hace sentir muy, muy bien”.
—Naoki Higashida

(Escribo estas líneas con un nudo en la garganta)

Tengo un hijo autista. Por eso, hablar de inclusión no es para mí un ejercicio puramente académico ni una consigna políticamente correcta. Es un tema que me toca de manera personal y que me ha vuelto especialmente sensible ante la distancia que suele existir entre lo que las instituciones llaman inclusión y lo que realmente experimentan las personas neurodivergentes y sus familias.

Digamos las cosas sin tapujos. En los últimos años se ha de visibilizado el autismo en el deporte, a través de figuras destacadas que así se han declarado, o a quienes se les atribuye encontrarse dentro del espectro autista. Tal es el caso de Lionel Messi —aunque él nunca ha confirmado públicamente ese diagnóstico—, y de otros atletas de alto rendimiento como el gimnasta mexicano Daniel Corral quienes son mencionados en las conversaciones sobre neurodivergencia y deporte. Estos ejemplos pueden ayudar a derribar ciertos prejuicios, pero también producen una imagen incompleta: la del autismo sólo asociado con el talento extraordinario, la concentración o el alto rendimiento ¿Qué sucede entonces con quienes no pueden seguir una instrucción colectiva, comunicarse verbalmente, tolerar el ruido de una cancha o participar en una competencia? ¿Dónde quedan las personas con autismo severo y grandes necesidades de apoyo?

Con frecuencia se piensa que incluir la neurodivergencia en el deporte consiste simplemente en incorporarlos a una clase convencional: darles un uniforme, colocarlos junto al resto del grupo y esperar que sigan las mismas instrucciones, reglas y ritmos, pero estar presentes no significa necesariamente participar. En ocasiones, esa supuesta inclusión termina exponiendo a la persona neurodivergente al ruido, la frustración y unas exigencias para las cuales el entorno no ha previsto ningún apoyo.

El problema comienza cuando entendemos la inclusión como la obligación de que la persona neurodivergente se adapte al deporte, en lugar de preguntarnos cómo puede adaptarse el deporte a sus necesidades. Esto resulta especialmente evidente en el autismo con grandes necesidades de apoyo, para el que practicar una actividad física no tiene por qué significar competir, integrarse a un equipo o disputar un partido. En cambio, puede significar algo distinto, pero igualmente valioso: aprender a coordinar el cuerpo, nadar, correr, botar una pelota, encestar o simplemente descubrir una forma segura y placentera de mantenerse en movimiento.

La evidencia disponible muestra que la actividad física puede generar beneficios distintos según las características de cada persona. En el TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad) puede favorecer la atención, el control de los impulsos y otras funciones ejecutivas; mientras que, en el autismo, puede contribuir al desarrollo de la coordinación, el equilibrio, la comunicación y ciertas habilidades sociales.

Una investigación hecha por la Organización Mundial de la Salud basado en 12 estudios con 492 niños y adolescentes autistas encontró efectos positivos en habilidades motrices, interacción social y comunicación, aunque sin resultados uniformes sobre las conductas repetitivas. La propia OMS advierte que cualquier intervención debe diseñarse de acuerdo con las necesidades particulares de cada persona y desarrollarse con la participación de quienes viven con estas condiciones y de sus familias (Organización Mundial de la Salud).

Incluir no es uniformar, sino crear posibilidades reales de participación.

Del estudio anterior y de otros más se concluye que hay que abandonar las fórmulas generales. No se puede presentar la actividad física como una cura ni prometer que producirá los mismos resultados en todos los casos. Su valor puede encontrarse en logros muy diferentes: mejorar la concentración, regular la ansiedad, desarrollar una habilidad motriz, dormir mejor, ganar autonomía o simplemente reducir el sedentarismo. Además, una actividad segura y acompañada adecuadamente puede favorecer la salud mental y la tranquilidad de quienes cuidan, al ofrecerles espacios de respiro y permitirles observar avances concretos en el bienestar de sus hijos o familiares. La inclusión comienza precisamente por reconocer que no existe una sola manera de beneficiarse del movimiento.

Frente a esta realidad, mi propuesta a la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE) es la creación de un Laboratorio de Actividad Física, Deporte y Neurodivergencia. Su propósito no sería preparar atletas, sino investigar, diseñar y evaluar formas de actividad física adaptadas a personas con TDAH, autismo y, de manera prioritaria, autismo con grandes necesidades de apoyo.

Este laboratorio permitiría de manera científica, descomponer cada disciplina en habilidades concretas y progresivas; la natación podría enseñarse no necesariamente para competir, sino para desarrollar seguridad en el agua, coordinación y conocimiento básico de los estilos; el basquetbol podría trabajarse mediante ejercicios para botar el balón, correr, lanzar y encestar, aun cuando la persona no pueda participar en un partido; la gimnasia aportaría ejercicios de equilibrio, fuerza, flexibilidad y conciencia corporal; incluso el ballet y otras actividades deportivo-artísticas podrían utilizarse para trabajar postura, ritmo, desplazamiento y coordinación, sin exigir la preparación de una coreografía ni una presentación escénica. El objetivo no sería reproducir las reglas de cada disciplina, sino aprovechar sus componentes para responder a las capacidades y necesidades de cada persona.

Para ello, sería necesario reunir a especialistas en educación física adaptada, medicina del deporte, psicología, fisioterapia y terapia ocupacional, además de escuchar directamente a las familias y cuidadores. El laboratorio también podría formar entrenadores, desarrollar protocolos de seguridad y generar evidencia mexicana que posteriormente pudiera trasladarse a escuelas, centros deportivos y programas comunitarios.

La CONADE tiene la posibilidad de ampliar así el significado de la inclusión deportiva. No se trata, insisto, de llevar a todas las personas a una competencia ni de obligarlas a jugar el mismo partido, sino de garantizar que cada una encuentre una forma posible de participar y beneficiarse del movimiento.

Insistamos, pues, que una sociedad verdaderamente incluyente no es aquella que abre la puerta y espera que todos se adapten, sino aquella capaz de transformar sus espacios, sus métodos y sus expectativas para que nadie permanezca fuera.

En el deporte, como en la vida, incluir no significa que todos hagan lo mismo, sino que todos tengan la oportunidad de beneficiarse de él.

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