España, ganadora del Mundial de 2026, cuya organización por primera vez recayó en tres países y contó con el mayor número de selecciones participantes. (Imagen tomada de News in Slow Spanish).

 

A partir del Mundial de Francia en 1998 y hasta el de Brasil en 2014, un año antes de su fallecimiento, Eduardo Galeano escribía unas deliciosas crónicas que hacían referencia no sólo al encuentro deportivo, sino a la pasión humana que éste desbordaba y al contexto histórico en que se desarrollaba. Esos artículos están recogidos en su obra póstuma Cerrado por fútbol (Siglo XXI, 2017). Me pregunto qué hubiera inspirado al pensador uruguayo este Mundial que acabamos de vivir.

Quizá Galeano hubiera escrito que se trataba de un Mundial inédito, pues por primera vez se llevó a cabo en tres países vecinos y con un mayor número de selecciones participantes y los retos que esto representaba para los equipos. Se hubiera referido, asimismo, al popular remo que pusieron de moda los aficionados noruegos. O probablemente hubiera hablado sobre la civilidad de los aficionados japoneses. O hubiera hecho mención a los surcoreanos que disfrutaron, contra todo pronóstico, la mejor de las fiestas de todas las sedes del Mundial, justo en Guadalajara, que meses antes sufría las amenazas de cancelación por la violencia que se vivía en Jalisco. Con seguridad hubiera denunciado el modelo de negocios de la FIFA, los altos costos de las entradas y sus vínculos oscuros con los poderes fácticos.

De los jugadores quizás hubiera coincidido con aquellos que más empatía me generaron, como el noruego Haaland, por su deportividad; con Vozinha, el portero de Cabo Verde, por su arrojo; con Cubarsí, el joven defensa de España, por su frescura y sencillez; con Bellingham, el volante de Inglaterra, por su gentileza, o con Cristiano Ronaldo por su profesionalismo. No puedo decir lo mismo de varios jugadores argentinos, que desafortunadamente mostraron una cara de un país al que desde mi punto de vista no representan; sus conductas contrastan con la tradición deportiva y cultural de un país que ha dado figuras como Valdano, Borges y Gardel, así como de un pueblo resiliente ante una dramática dictadura militar donde hubo cientos de jóvenes desaparecidos y familias destrozadas.

Los aficionados japoneses recogen la basura de las tribunas después de un partido, un gesto convertido en símbolo de respeto y responsabilidad colectiva. (Imagen tomada de goal.com).

 

De la selección mexicana, me quedo con cada una de las entonaciones del Himno; me quedo con el gol de Raúl ante Sudáfrica, y el merecido homenaje de despedida de Ochoa. Me quedo con la joven promesa Mora y me quedo con los tres mejores jugadores del equipo: el “Piojo”, Lira y Quiñones. Este último merece un respeto adicional, porque se trata de un mexicano por convicción que luchó con la dignidad de un verdadero Guerrero Águila.

Regresando a Galeano, en su crónica del Mundial de 1998, escribió: “De los equipos latinoamericanos el que más me gustó fue (…) la selección naranja” que ofreció un juego vistoso; su estilo se debió, en gran medida, al aporte de sus jugadores venidos de América del Sur: descendientes de esclavos, nacidos en Surinam”. La mención resulta especialmente pertinente ante un debate que apareció durante este Mundial, pues el exprimer ministro español, Mariano Rajoy, y tantos otros, criticó que en la selección francesa reinaban los jugadores africanos. Yo difiero, porque si bien se trata de hijos de migrantes nacidos en Francia, fueron formados tanto en el ámbito educativo como deportivo en dicho país.

Algo han hecho bien los franceses para que su selección sea competitiva. Basta recordar que en los tres últimos mundiales alcanzó las semifinales y, además, ha nutrido a varias selecciones, particularmente africanas. Más de noventa jugadores participantes en el Mundial eran de nacionalidad francesa; jugadores formados en ese país, aunque después decidieran representar a la nación de sus padres, como el portero de la selección argelina, hijo de Zidane.

La selección francesa refleja una historia de migraciones, formación deportiva y pluriculturalidad. (Imagen tomada de Esquire Colombia).

 

Este fenómeno comprueba lo que sostuvo la emprendedora social Leila Janah, creadora del concepto “Give work”, consistente en generar empleos digitales en comunidades de bajos ingresos. Janah afirmaba que el talento está en todas partes; las oportunidades, no. Francia ha sido capaz de generar oportunidades que le han permitido construir un sistema de futbol exitoso e incluyente.

Galeano decía que el futbol es una representación de la propia vida. Y los mundiales, añadiría, son su exégesis. Cada cuatro años esperamos este acontecimiento, que sin duda involucra a buena parte de la humanidad, para luego caer en una sequía de 47 meses ansiosos por su regreso. Pero durante ese mes, gran parte de la humanidad se vuelca apasionadamente a seguir a sus equipos y sus jugadores.

Otro escritor a quien también extraño es Javier Marías, quien publicaba la columna “La zona fantasma” en El País Semanal. Aficionado del Real Madrid, sus artículos sobre el futbol se encuentran compilados en Salvajes y sentimentales (Alfaguara, 2015). En uno de ellos Marías escribió: “El fútbol es el circo de nuestros días, pero también el teatro. Ha de ser emoción, temor y temblor, desolación o euforia”. Y eso es justo lo que vivimos cada cuatro años. El Mundial puede ser una mercancía y un espectáculo, pero también una expresión artística y un relato profundamente humano. Los mundiales son entonces, como intuía Galeano, una forma de contar la condición humana.

Los Mundiales han sido un escenario donde el espectáculo se convierte en una narrativa de la condición humana. (Imagen tomada de Fox Sports).

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