Israel y los límites del sportswashing (3 de 3)
Diplomacia y normalidad

¿Israel como un Master of Puppets? (Imagen proporcionada por el autor).

En las dos primeras entregas de este ensayo hemos recorrido un problema que va más allá de la relación convencional entre deporte y política. Primero examinamos el carácter ritual del deporte internacional y las formas mediante las cuales los atletas pueden desafiarlo. Después recuperamos distintos antecedentes históricos de exclusión, boicot y protesta para mostrar que el reconocimiento deportivo de los Estados no depende exclusivamente de las instituciones que gobiernan las competencias.

En esta tercera y última entrega regresamos al presente para examinar la disputa por la representación internacional de Israel. La diplomacia pública, las estrategias de comunicación, las redes transnacionales de activismo y las protestas deportivas forman parte de una batalla más amplia por definir aquello que puede considerarse normal. Porque el deporte no es solamente un instrumento mediante el cual los Estados proyectan imágenes de sí mismos. Es también un escenario en el que esas imágenes pueden ser cuestionadas, rechazadas o incluso privadas de sus participantes.

La pregunta final ya no es únicamente qué pretende mostrar un Estado mediante el deporte, sino qué ocurre cuando otros se niegan a participar en esa representación.

Del poder duro al poder suave

Israel conoce desde hace tiempo la importancia de ese terreno. La hasbará, término hebreo habitualmente traducido como explicación o diplomacia pública, constituye una tradición de comunicación dirigida hacia audiencias internacionales.

Después del 7 de octubre de 2023 esa actividad adquirió además una dimensión civil extraordinaria. Un estudio del Institute for National Security Studies israelí identificó, a comienzos de diciembre de 2023, alrededor de 120 centros civiles de operación, unas 40 organizaciones dedicadas al desarrollo de herramientas tecnológicas para hasbará y cerca de 100 bases de datos relacionadas con distintas modalidades de diplomacia pública. Participaban voluntarios, empresas tecnológicas y publicitarias, profesionales del ámbito universitario, organizaciones dedicadas previamente a actividades proisraelíes e influencers. El propio estudio situaba estas iniciativas dentro de una “global struggle over the narrative” y describía la hasbará civil masiva surgida después del 7 de octubre como un fenómeno novedoso.

No hay nada misterioso en ello y tampoco necesitamos imaginar una conspiración. Estamos ante redes públicas y privadas de diplomacia, comunicación y activismo político que intentan influir sobre audiencias internacionales. Del otro lado existen igualmente organizaciones, movimientos, periodistas, activistas, académicos y ciudadanos que producen y distribuyen narrativas propalestinas. Las redes digitales han convertido así el conflicto territorial y militar en una disputa simultánea por imágenes, palabras y legitimidades.

El problema, por tanto, ya no consiste simplemente en producir mensajes. Consiste en conseguir que sean creídos.

Una estrategia de diplomacia pública puede elaborar discursos, seleccionar fotografías, movilizar influencers, producir videos o construir relatos sobre un país. Pero esas representaciones compiten ahora, prácticamente en tiempo real, con fotografías y videos procedentes del propio escenario de la guerra. Éste es el punto en el que el sportswashing vuelve a aparecer y, al mismo tiempo, vuelve a resultarnos insuficiente.

Si Israel pretendiera utilizar sus representaciones deportivas para comunicar normalidad, esa imagen ya no circularía sola. Cada bandera, cada himno y cada selección puede encontrarse inmediatamente con una contrarrepresentación. Una bandera palestina en la grada, un abucheo, una cabeza inclinada, una mano que no se extiende, o una silla vacía. El deporte no lava necesariamente porque la audiencia también produce significado.

Oro compartido, fraternidad olímpica en salto de altura: Mutaz Essa (Qatar) celebra con Gianmarco Tamberi (Italia) en los Juegos Olimpicos de Tokyo 2020. (Imagen tomada de bbc.com).

Negarse a jugar, jugar sin saludar

Heather Richards y los futbolistas irlandeses realizaron acciones diferentes. Ella se negó; ellos jugaron. La primera retiró su cuerpo del encuentro; los segundos mantuvieron el suyo dentro del terreno, pero alteraron algunos de los gestos mediante los cuales dos representaciones nacionales reconocen recíprocamente su normalidad. Quizá por eso ambos casos permiten observar mejor que cualquier definición abstracta los límites actuales del sportswashing.

El concepto nació para dirigir nuestra mirada hacia el Estado: hacia aquello que pretende mostrar, ocultar, desplazar o embellecer mediante el deporte. Sigue siendo útil. Pero la política deportiva contemporánea nos obliga a mirar también hacia quienes reciben esas imágenes, porque ya no son espectadores pasivos. Estos, en el siglo XXI, pueden aceptarlas, pueden rechazarlas, pueden intervenirlas, y pueden negarse a formar parte de ellas.

Pero esto, tampoco constituye una novedad absoluta. Sohn Kee-chung y Nam Seung-yong inclinaron sus cabezas en Berlín. Věra Čáslavská apartó la suya en México. Tommie Smith y John Carlos levantaron sus puños mientras Peter Norman permaneció junto a ellos llevando en el pecho una pequeña insignia. Todos comprendieron que el deporte moderno, incluso aquel que Guttmann explicó a través del tránsito del ritual al récord, seguía necesitando rituales para producir significado. MacAloon mostró después hasta qué punto esos rituales articulan individuo, nación y humanidad.

Irlanda y Richards pertenecen a esa historia, pero introducen una pregunta propia de nuestro presente. Ahora bien ¿qué ocurre cuando el desafío deja de dirigirse solamente contra aquello que representa la propia bandera y comienza a cuestionar el reconocimiento ritual de la bandera del adversario? No tenemos todavía una respuesta histórica completa.

Sudáfrica demuestra que el rechazo social puede preceder a la exclusión institucional. Rusia demuestra que las instituciones pueden intervenir directamente sobre los símbolos mediante los cuales un Estado se representa deportivamente. Israel muestra, por ahora, otra configuración: la institución mantiene el reconocimiento mientras algunos participantes comienzan a retirarlo. Por ahora, no sabemos si esos gestos terminarán constituyendo un movimiento duradero ni si alguna vez producirán sanciones institucionales.

Queda además una pregunta que ninguna descripción de gestos individuales debería ocultar: ¿por qué las instituciones deportivas mantienen determinadas formas de participación nacional y restringen otras? No basta responder que el reglamento lo permite. Los reglamentos son interpretados y aplicados por organismos atravesados por historias, alianzas, intereses comerciales y relaciones geopolíticas. Explicar esas decisiones exige examinar cada federación y cada coyuntura, sin presuponer una única motivación ni confundir una diferencia de trato con la demostración automática de una doble moral.

Pero lo que sí podemos observar es el presente. Israel continúa jugando. Pero ya no todos quieren jugar con Israel. Israel continúa escuchando su himno. Pero no todos permanecen frente a él de la manera que el ritual prescribe. Israel continúa siendo reconocido por las instituciones deportivas. Pero ese reconocimiento comienza a ser desafiado por algunos de quienes hacen posible el espectáculo. Por eso la pregunta inicial estaba equivocada. Quizá no debíamos preguntarnos solamente si Israel estaba utilizando el deporte para lavar su imagen. Había que mirar también al otro lado del tablero. Porque mientras discutíamos sobre sportswashing, alguien había decidido no sentarse. Y quizá en esa silla vacía se encuentre una de las imágenes políticas más poderosas de nuestro presente: la negativa individual a representar como normal aquello que, para quien protesta, ha dejado de serlo.

Heather Richards, campeona australiana de ajedrez. (Imagen proporcionada por el autor).

 

Comencé estas páginas diciendo desde dónde escribo. Quiero terminarlas del mismo modo. No para sustituir el análisis por una consigna, sino porque tampoco creo que el análisis me obligue a esconder aquello que pienso.

¡Viva Palestina libre!

¡Tierra y libertad!

 

Referencias y fuentes citadas

Allen Guttmann, From Ritual to Record: The Nature of Modern Sports, Nueva York, Columbia University Press, 1978.

John J. MacAloon, “Hyperstructure, hierarchy and humanitas in Olympic ritual”, Anthropology Today, vol. 35, núm. 3, junio de 2019.

David Siman-Tov, Inbar Noy-Freifeld, Attila Somfalvi y Ella Keinan, “Civil Public Diplomacy (Hasbara) in the Gaza War: Potential in the Influence Arena”, INSS Insight, núm. 1797, Institute for National Security Studies, 11 de diciembre de 2023.

International Court of Justice, Application of the Convention on the Prevention and Punishment of the Crime of Genocide in the Gaza Strip (South Africa v. Israel), expediente núm. 192, órdenes y actuaciones vigentes.

International Criminal Court, Situation in the State of Palestine, orden de arresto contra Benjamin Netanyahu, emitida el 21 de noviembre de 2024; estado del acusado: at large.

United Nations, International Convention against Apartheid in Sports, adoptada por la Asamblea General el 10 de diciembre de 1985 y en vigor desde el 3 de abril de 1988.

Fuentes periodísticas y deportivas contemporáneas consultadas para los casos de Irlanda-Israel, Heather Richards, París 2024, Věra Čáslavská, Tommie Smith, John Carlos y Peter Norman.

La paz, una urgencia imposible de resolver en un juego. (Imagen tomada de infobae.com).

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