
En la primera entrega de este ensayo examinamos cómo los deportistas pueden desafiar los rituales mediante los cuales el deporte internacional produce reconocimiento y normalidad. Desde Berlín 1936 y México 1968 hasta las recientes protestas contra la participación israelí, observamos que una cabeza inclinada, una mano que no se extiende o una silla vacía pueden adquirir significados políticos que trascienden la competencia.
En esta segunda entrega trasladamos la discusión al terreno histórico e institucional. Los antecedentes de exclusión deportiva, el aislamiento de Sudáfrica durante el apartheid y las restricciones impuestas a Rusia después de la invasión de Ucrania permiten plantear una pregunta fundamental: ¿qué sucede cuando las instituciones deportivas mantienen el reconocimiento de un Estado mientras una parte de la sociedad civil transnacional comienza a cuestionarlo? La respuesta exige mirar más allá de sportswashing y comenzar a pensar en las formas de rechazo que preceden, acompañan o desafían las decisiones institucionales.
Antes de la sanción existe el rechazo
Una silla vacía, sin embargo, no constituye todavía un boicot internacional. Tampoco una cabeza inclinada, una bandera levantada desde las gradas o una mano que se niega a estrechar otra. Conviene no exagerar el alcance de esos gestos. Las instituciones que gobiernan el deporte internacional continúan decidiendo quién puede competir, bajo qué bandera y en qué condiciones. La pregunta histórica interesante es otra: ¿qué ocurre antes de que una institución decida excluir? El antecedente más evidente es Sudáfrica.
Sudáfrica no fue, por supuesto, el primer caso de exclusión olímpica vinculada con conflictos internacionales. Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania quedó fuera de los Juegos de Amberes de 1920 y París de 1924. Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón no fueron invitados a Londres 1948. Su posterior reincorporación, y la celebración de Juegos en Tokio en 1964 y Múnich en 1972, muestran que el reconocimiento deportivo puede retirarse y también reconstruirse. Conviene distinguir, no obstante, aquellas exclusiones ligadas a las guerras mundiales del aislamiento prolongado de Sudáfrica por el apartheid: sus causas, mecanismos y temporalidades fueron diferentes.
La comparación exige una precaución inmediata. Recuperar la experiencia sudafricana no significa establecer una equivalencia automática entre el apartheid y el conflicto israelí-palestino, ni trasladar mecánicamente categorías de un proceso histórico a otro. Lo que interesa aquí es algo más concreto: la historia de un mecanismo de aislamiento deportivo. Sudáfrica permite observar cómo acciones inicialmente dispersas de rechazo, boicot y negativa a competir terminaron confluyendo con decisiones de federaciones deportivas, organismos internacionales y Estados.
El aislamiento sudafricano no apareció terminado. Antes de convertirse en una política internacional institucionalizada hubo deportistas que se negaron a competir, organizaciones que reclamaron la exclusión, federaciones que rompieron relaciones y movimientos sociales que comprendieron que el deporte constituía uno de los espacios donde el régimen podía ser reconocido internacionalmente como una nación entre naciones.
En 1968, la Asamblea General de las Naciones Unidas pidió a los Estados y organizaciones suspender, entre otros, los intercambios deportivos con las instituciones sudafricanas que practicaban el apartheid. Durante la década siguiente el boicot adquirió una formulación internacional cada vez más explícita. La Declaración Internacional contra el Apartheid en los Deportes de 1977 reclamó terminar los contactos deportivos y estableció que las organizaciones deportivas internacionales no debían sancionar a quienes se negaran a competir contra países que practicaran el apartheid.
El movimiento culminó jurídicamente en 1985 con la adopción de la Convención Internacional contra el Apartheid en los Deportes. Su articulado iba mucho más allá de una declaración moral: pedía impedir contactos deportivos, negar apoyos a quienes participaran en ellos, promover la exclusión de Sudáfrica de organismos internacionales y proteger a las organizaciones que rechazaran competir con representantes del régimen. La Convención entró en vigor en 1988. La sanción institucional no creó el rechazo. Lo codificó, lo amplificó y le proporcionó instrumentos.
Antes de que el aislamiento pudiera expresarse mediante reglamentos, tratados y exclusiones formales, había sido construido mediante una acumulación de negativas. El deportista que no quería competir, la organización que reclamaba un boicot y el público que convertía un encuentro en protesta formaban parte de un proceso que posteriormente adquirió dimensión institucional.
Ése es el punto donde Sudáfrica comienza a dialogar con nuestro problema contemporáneo. No porque la historia se esté repitiendo. Precisamente porque todavía no se ha repetido.

Israel no es todavía Sudáfrica. Tampoco es Rusia
El contraste resulta especialmente visible si incorporamos otro caso: Rusia.
Después de la invasión de Ucrania en 2022, el Comité Olímpico Internacional y distintas federaciones impusieron restricciones a la representación deportiva rusa. En París 2024 algunos atletas con pasaporte ruso y bielorruso pudieron participar únicamente como Atletas Individuales Neutrales, sujetos a condiciones de elegibilidad y sin símbolos nacionales. El Comité Olímpico Ruso se encontraba suspendido y aquellos deportistas no competían olímpicamente como una delegación nacional rusa.
La diferencia es esencial para nuestro argumento. En ese caso, la institución deportiva intervino directamente sobre el ritual; de hecho, no desapareció al deportista, sino a la bandera, el himno y buena parte de la representación nacional.
Y eso devuelve inmediatamente a MacAloon al centro de nuestra discusión. Si el deporte internacional funciona como un sistema ritual en el que el individuo aparece cubierto por una “segunda piel” nacional, retirar la bandera y el himno no constituye una modificación ornamental. Significa intervenir sobre el cuerpo nacional del atleta. Con Israel ocurre algo distinto.
La comparación con Rusia tampoco debe reducirse a las decisiones del COI. En el tenis profesional, donde atletas rusos y bielorrusos han podido competir bajo determinadas condiciones, jugadoras ucranianas como Elina Svitolina han evitado estrechar la mano de sus rivales rusas y bielorrusas, incluida Aryna Sabalenka. La negativa al saludo reaparece así en otro conflicto contemporáneo y recuerda que una institución puede autorizar la competencia sin controlar todos los gestos de reconocimiento. No se trata de equiparar las guerras, sino de distinguir la respuesta institucional de las decisiones individuales dentro del ritual.
Israel continúa participando en buena parte del deporte internacional mediante sus representaciones nacionales. Sus atletas utilizan los símbolos israelíes; sus selecciones compiten como Israel; su bandera aparece y su himno puede sonar. Las instituciones internacionales no han producido hasta ahora una exclusión general comparable a la que experimentó Sudáfrica ni un régimen general de neutralización de la representación nacional equivalente al aplicado a Rusia en París 2024.
Por eso la pregunta no debería ser: ¿por qué Israel no recibe exactamente la misma sanción que Rusia o Sudáfrica? Las condiciones históricas, jurídicas e institucionales de los tres casos son diferentes. La pregunta que nos interesa es otra: ¿qué sucede cuando la institución mantiene la normalidad deportiva, pero una parte de quienes participan en ella comienza a rechazarla?
Ahí volvemos a Heather Richards. La federación permite el encuentro. El tablero está preparado. Israel participa. Australia participa. Pero una jugadora decide que ella no. Y volvemos también a Irlanda. UEFA mantiene el encuentro. Israel e Irlanda comparecen como dos selecciones nacionales formalmente equivalentes dentro de la competición. Hay banderas, uniformes, árbitro, himnos y marcador. Sin embargo, dentro de ese espacio de normalidad institucional, los jugadores irlandeses introducen una anomalía deliberada: aceptan competir, pero rechazan algunos de los gestos que deberían representar cordialidad y reconocimiento. En este caso, la institución normaliza mientras que el individuo desafía (o, dicho de una manera bastante menos académica: no es culpa del indio, sino de quien lo hace compadre).

París 2024: la normalidad bajo protesta
Los Juegos Olímpicos de París habían permitido observarla dos años antes. Israel participó oficialmente bajo sus símbolos nacionales. Rusia, en cambio, no pudo hacerlo en los mismos términos. Los deportistas rusos y bielorrusos admitidos participaron bajo la categoría neutral y sujetos a condiciones establecidas por el COI. La diferencia convirtió inevitablemente el problema de la representación en objeto de discusión política.
Pero lo interesante no ocurrió solamente en las oficinas del COI. Ocurrió también en las gradas. En el partido de futbol entre Israel y Malí disputado al comienzo de los Juegos se escucharon abucheos durante el himno israelí y aparecieron banderas palestinas. Israel jugó. El partido terminó 1-1. Ninguno de esos actos impidió que el encuentro se celebrara. Pero la representación nacional israelí dejó de ser transparente: cada uno de sus símbolos podía convertirse simultáneamente en objeto de reconocimiento y de rechazo. El himno sonó, pero fue abucheado; la bandera israelí apareció, pero así también la palestina. Israel compitió, pero su participación se convirtió ella misma en objeto de discusión.
Ésta es una diferencia fundamental respecto del sportswashing. El concepto dirige nuestra mirada hacia aquello que un Estado quiere que observemos. La protesta deportiva introduce dentro del mismo encuadre aquello que la representación oficial no controla.
Una ceremonia puede intentar producir normalidad. El público puede negarse a recibirla como normal. La cámara que muestra una bandera puede registrar simultáneamente otra. El micrófono que transmite un himno puede transmitir también el abucheo. Y el tablero preparado para dos jugadoras puede terminar mostrando una silla vacía. La visibilidad deportiva tiene, por tanto, una propiedad incómoda para cualquier estrategia de diplomacia pública: no pertenece exclusivamente a quien pretende utilizarla.
La misma tensión se observa en las manifestaciones de solidaridad con Palestina en estadios españoles. Banderas, pancartas y cánticos trasladan a las gradas un conflicto que las autoridades deportivas preferirían, en ocasiones, mantener fuera del espectáculo. Las respuestas institucionales varían según el torneo, el recinto y las normas aplicadas; por ello no conviene hablar de una represión uniforme sin estudiar cada episodio. Lo decisivo para nuestro argumento es que la tribuna tampoco constituye un espacio pasivo: sus espectadores intervienen en la representación pública del acontecimiento.

Del boicot al veto social
Quizá podamos ahora ordenar los casos. Existe un primer nivel en el que el deportista desafía el ritual desde dentro. Sohn Kee-chung y Nam Seung-yong, Věra Čáslavská, Tommie Smith, John Carlos y Peter Norman permanecieron dentro del escenario deportivo y utilizaron sus cuerpos para alterar los significados que la ceremonia debía producir.
Existe un segundo nivel en el que el deportista participa, pero retira determinados gestos de reconocimiento. Irlanda juega contra Israel, pero elimina el saludo y altera corporalmente la recepción del himno. Y, finalmente, un tercer nivel: la negativa a participar. Heather Richards no modifica el encuentro. Se retira de él.
No se trata de una escala moral ni necesariamente de una secuencia histórica. Un gesto no es “superior” a otro. Son diferentes formas mediante las cuales un actor puede intervenir sobre el sistema de representación deportiva. Pero tomadas en conjunto permiten observar algo que el concepto de sportswashing difícilmente captura.
Lo que está ocurriendo alrededor de Israel no parece reducirse a una lucha entre dos estrategias estatales de diplomacia pública. Tampoco puede explicarse únicamente mediante las decisiones de UEFA, FIFA, FIDE o el COI. Entre el Estado y las instituciones internacionales ha aparecido otro actor mucho más difícil de delimitar: una sociedad civil transnacional que utiliza el deporte como espacio de acción política.
En contraste, lo que se está observando, no tiene un gobierno. No posee una federación. No emite reglamentos. No puede suspender oficialmente a Israel. Puede, sin embargo, negarse. Ésa es la palabra que une los casos. Negarse a jugar. Negarse a saludar. Negarse a mirar una bandera. Negarse a permanecer inmóvil ante un himno. Negarse, en definitiva, a participar pasivamente en la producción ritual de normalidad.
Podríamos llamar provisionalmente a este fenómeno veto social deportivo. No porque exista una autoridad capaz de vetar jurídicamente la participación israelí, sino porque determinados actores intentan retirar desde abajo aquello que las instituciones continúan concediendo desde arriba: reconocimiento y normalidad.
El concepto necesita cautela. No toda protesta constituye un boicot; no toda negativa responde a las mismas razones; tampoco existe necesariamente coordinación entre quienes participan en ellas. Sería un error convertir acciones heterogéneas en la expresión de un movimiento perfectamente organizado.
Precisamente su carácter fragmentario es lo interesante. No hace falta que Heather Richards conozca a Gavin Bazunu. Tampoco que un aficionado que levanta una bandera palestina en París haya leído las declaraciones de un deportista irlandés. Lo que conecta esos actos no es necesariamente una organización común. Es un repertorio compartido de acción.
Y ese repertorio comienza a producir algo políticamente significativo: la posibilidad de que el aislamiento deportivo de un Estado no comience con la decisión de una institución internacional, sino con una acumulación de individuos que dejan de comportarse como si su presencia fuera normal. Sudáfrica permite saber que, históricamente, esa acumulación puede preceder a la institucionalización del boicot. Rusia permite observar el extremo contrario: una institución puede retirar directamente símbolos y representación nacional. Israel ocupa hoy un espacio diferente entre ambos procesos.
Las instituciones deportivas mantienen su participación nacional mientras una parte de la sociedad civil transnacional comienza a cuestionarla. Por eso quizá no estemos todavía ante un aislamiento deportivo. Estamos ante algo anterior y más difícil de medir: la disputa por decidir si la presencia deportiva de Israel debe seguir siendo considerada normal. Y aquí, el concepto sportswashing definitivamente se nos queda chico.
Negarse a jugar, jugar sin saludar. Israel y los límites del sportswashing

Raúl Nivón-Ramírez
Raúl Nivón-Ramírez ofrece el dominio de un catálogo de capacidades vinculadas a la historia, sociología y política deportiva. Concibe y despliega cualquier investigación que se estreche a asuntos de orden público en el campo de la ciencia del deporte, particularmente en áreas de comunicación, legado y procesos de planeación de políticas de desarrollo. Diseña y organiza eventos académicos en torno a sus líneas de trabajo, además de crear las vinculaciones con intereses del sector cultural.
