noviembre 28, 2022

Cleofe: los mensajes de una karateca (4) De entrada, por salida

De la serie Yoga Chick (óleos sobre tela) de la estadounidense Lucia Haffernan (1966). (Imagen tomada de mymodernmet.com)

 

De la niña flaca e incansable, a la plasticidad por ser tan delgada, al anhelo de bailarina que se convierte en aspirante a gimnasta, a la competitividad por el dominio de cintas en las artes del karate, hay pasos, tiempos y trucos. Entretejida, intermitente, la Yoga ajustó el paradigma de la mujer.

Cleofe consiga las etapas sumariamente, en las cuales el reír y hacer reír se complementan para su formación emocional. “Imagina, bloguero prehistórico, una niña criolla capaz de estirarse como ninguna de sus amiguitas. Luego, en la adolescencia, en el frenesí de la vanidad, mientras otras luchaban con capa y espada por no engordar y ahuyentar el acné, yo, inmaculada, de porte sin par por mis raíces, con una con fila de ansiosos pretendientes, con mis bubis chiquititas cuando la mayoría estaban sobradas”.

En la rifa de la experimentación amorosa, quien más le provocaba risas, buen ánimo, alegría sin condiciones, era la debilidad. “Después de tantos años, mi hermanita, la becaria por el gobierno de Puerto Rico, no deja de invocar como mantra: ‘Ay Cleofe, hombre que te hace reír plenamente, se acuesta contigo’”.

Siempre segura de que el mejor paso por esta tierra se logra al lado de gente inteligente, de la cual aprender, formarse y poder acrecentar el patrimonio económico, “doy gracias a la vida, a los dioses, de no haberme topado con mediocres. Cuando vi venir esa amenaza, supe zafarme, huir, aunque fuera descaradamente. Imposible estar al lado de amargados y fantoches, aunque deba reconocer que, en ciertas etapas, sucumbí a sus disfraces”.

Conforme se fueron resolviendo las vocaciones de estudios, artísticas y deportivas, se depuraron los pilares de su personalidad. Excelente alumna, culminó la licenciatura en psicología; gran lectora, de escritura impecable y voz de narradora, formó parte de obras pedagógicas colectivas que le dieron sensacionales ingresos.

Hasta antes de elegir esposo “toca, no me arrepiento, la jugué con lealtad por un buen ser, mucho mayor que yo, en tercera vuelta y con agradable porvenir financiero”, su carrusel amoroso fue amable y pleno.

Una consigna ha privado para no enredarse de más, como en la canción de Los Ángeles Negros, dice Cleofe: “Soy como un contrato que se archiva, una noche de debut y despedida”.

De entrada, por salida, era y ha sido la regla como la advertencia a quienes ofrendan el oro y el moro en los arrebatos eróticos bajo el supuesto del porvenir.

“Aún en tiempos de ganancias de género, de feminismo bien o mal llevado, de conquistas en la equidad, suele dejarse a los hombres el rigor para la definición de la relación con la mujer. Sabemos que esta generalización se rinde en lo privado a lo contrario. Soy prueba firme de esta tendencia, tan vista en mi círculo social”.

Cleofe se califica “sencilla y armoniosamente” como una “mujeraza”. En la balanza, como en las sumas y restas, “en pie, volando libre, con el control de mis territorios, satisfecha, sin arrepentimientos, ni culpas, viajera incansable, con paz económica, con refugio en esplendorosa residencia en barrio tradicional, orgullosa de la herencia europea y de mi legado multinacional”.

Enfatiza que “detesto a los culpígenos, como cierto noviecillo que se me coló por un tiempo. Esas risas de pronto me metieron en problemas… Me pude liberar a tiempo”.

¿Cuántas claves tiene Cleofe para haber logrado tal balance? “Será imposible, bloguero aspirante a escritor, decirlas. Pero resalto una, que no es privilegio mío, pero sí cualidad de no muchas mujeres”.

Al leer este pasaje, me agarro de la mecedora donde fui arrullado: “Abrir las piernas como he logrado llegar a hacerlo en el acto amoroso, no es sólo una peculiaridad del ser plástico, flexible. No es estrictamente visible desde las habilidades deportivas o artísticas. Es la cúspide de la mayor entrega posible, moralmente hablando, y de la expresión más intensa, mágica, del placer que uno ofrenda al otro. Es la creación de un paraíso que invariablemente ha llevado a mis hombres a la locura”.

No es pasar del edén al infierno, pero “trasladarme al universo karateca tiene su explicación”.

Hasta la siguiente entrega, lectores.

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