diciembre 3, 2022

Crisis en la institucionalidad brasileña

Imagen tomada del mensaje grabado por el exsecretario Roberto Alvim el 16 de enero de 2020. (Fuente: YouTube).

Este mes de enero de 2020 ha sido fundamental para comprender el estado actual de la institucionalidad cultural en Brasil. Roberto Alvim, hasta hace pocos días secretario de Cultura, fue cesado “porque su situación era insostenible”, a pesar de contar con la simpatía del presidente Jair Bolsonaro.La historia posiblemente es conocida.

Al publicar el pasado 16 de enero un mensaje de seis minutos en las redes sociales para difundir la convocatoria de un nuevo Premio Nacional de las Artes, la alocución inicial de Alvim parafraseó casi íntegramente un fragmento de un discurso del ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels, que pronunció en 1933 cuando estaba naciendo el régimen nacionalsocialista. Un grupo de amigos vinculados a la actividad cultural de Brasil vieron el mensaje del secretario y les pareció rara la estética que lo rodeaba. Hablaba desde el escritorio de su oficina, con un retrato del presidente Bolsonaro al fondo, flanqueado por la bandera nacional y una cruz misionera de madera, la Cruz de Caravaca. A este entorno se sumó la música que acompañaba el mensaje, que formaba parte de la producción wagneriana: la ópera Lohengrin. Una de las participantes en la tertulia de amigos copió algunas frases que le parecían llamativas: “El arte brasileño de la próxima década será heroico y será nacional, estará dotado de una gran capacidad de participación emocional… profundamente vinculado con las aspiraciones urgentes de nuestro pueblo, o de lo contrario no será nada”, las buscó en Google y rápidamente dio con la fuente de las mismas. Al cabo de unas horas el descubrimiento circulaba ampliamente en las redes sociales, obligando a Alvim a explicar que fueron sus asesores los que le propusieron esas palabras a partir de su inquietud de fundamentar un arte nacionalista para Brasil. Los eventos que se sucedieron fueron rápidos. Políticos de alto nivel y miembros de la poderosa comunidad judía brasileña no permitieron al presidente Bolsonaro ignorar el incidente, que para él podía haber sido un suceso secundario. Para mayor problema, a los pocos días el mandatario debía asistir al foro de Davos, donde la prensa, el empresariado internacional y los políticos de los más importantes países cuestionarían que tuviera a un ministro que había parafraseado al amo de la manipulación y el engaño.

Más que la renuncia en sí misma por la banalidad de la ignorancia del antiguo secretario, el hecho muestra la profunda crisis del proyecto institucional de la Secretaría de Cultura del gobierno de Bolsonaro. No es desconocida la simpatía del presidente por la época de la dictadura militar en Brasil, que controló férreamente la cultura y la educación, los dos espacios esenciales de dominio ideológico de la población. En distintos momentos se manifestó en su campaña y al inicio de su gobierno contra las políticas del Partido de los Trabajadores en estos dos espacios de la vida social, a los cuales calificó como entidades dominadas por el marxismo y la inmoralidad (en marzo Bolsonaro tuiteó un video obsceno sobre el carnaval para arremeter contra la “distorsión del espíritu carnavalesco”), y por tanto se ha decidido a enfrentarlos institucional y presupuestariamente. El ministerio de Cultura fue rebajado a una secretaría de Estado dependiente, primero, del de Ciudadanía y luego del Ministerio de Turismo, sin que se haya resuelto definitivamente su encaje en el organigrama de gobierno. Los funcionarios seleccionados para las diversas instancias eran claramente adversos a las líneas que habían caracterizado el trabajo cultural en el pasado. Por ejemplo, Dante Mantovani, presidente de la Fundación Nacional de las Artes (Funarte), considera que el rock lleva a las drogas, al sexo, al aborto y, a su vez, al satanismo.

En los hechos, la Secretaría de Cultura había entablado un combate contra los creadores amparada en un concepto que ha rondado constantemente el horizonte de la política cultural de Bolsonaro: la cultura nacional, una idea ciertamente imprecisa pero que al formularla indicaba la animosidad existente contra una actividad libre basada en el fomento sin cortapisas de la creatividad de artistas y comunidades culturales. En ese sentido, la búsqueda de ideas sobre arte nacionalista y la sentencia de que Brasil solo puede ser entendido a partir de este, no es gratuita.

Destaca por otro lado la actitud vigilante de la comunidad cultural en Brasil. Sin la asunción de la enorme responsabilidad de los actores culturales en la defensa de los espacios democráticos de la cultura no hubiera sido posible la rápida denuncia y la protesta que colocó al secretario ante su propia incapacidad y al presidente Bolsonaro en el dilema de prescindir de la pieza que había elegido para llevar a cabo su ataque a la cultura.

El punto más relevante es la discusión de qué sucede cuando la institucionalidad cultural se convierte en un adversario de la cultura, es decir, hasta dónde es necesaria para contener o expandir la creatividad cultural. Sin una respuesta clara a esta pregunta, el debate sobre el sentido de la institucionalidad cultural en la actualidad corre el riesgo de dar lugar a una respuesta vacía de contenido para las sociedades democráticas.

nivon.bolan@gmail.com

3 de febrero de 2020.

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