Cuando la muerte sabe

1 Tiren las cartas que hasta con el mejor juego siempre sale alguien que me mata.

 

2 Preámbulo: mirad cómo son, serán recibidos si llegado el momento me visitan; cómo soy, lo seré, en el cementerio de mis amores en San Cristóbal de las Casas.

 

 

3 Cada año estas fechas son para recordar los alcances que tendré para el ceremonial de la tradición. Excelente lugar, buena altura, escalonamiento envidiable para la ofrenda, serenidad al estar con los bisabuelos, buenas vistas, la seguridad de unas rejas centenarias, el relumbrón del mármol de carrara esculpido por un italiano hace más de cien años, en fin. Mi estilo no va cajitas felices.

 

 

4 Estoy rodeado de muertos. Una docena al menos. Sus retratos con la vista inalterable cada día me revelan algo nuevo para el empeño de la jornada. Los objetos que estuvieron en sus manos me acarician. No tengo distinciones con ellos, solo una excepción en el armonioso conjunto que son y me nutre. La carilla consentida de Angol.

 

5 Se aprende desde que el corazón comienza a latir. Las maravillas del polvo blanco. Supremo placer mirar a mi padre entrando a casa con una enorme bolsa llena de pan de dulce. Llegar a los dos primeros días de noviembre es un estado de gracia, la oportunidad única de devorar a la deliciosa muerte que sabe que sabe.

 

Cortesía para Paso libre de la panadería La Hogaza.

Video, chef responsable, Ericka Haydeé Magallán Parra. Panadero, Luis Cajiga Torres.

 

6 Todos dicen tener el reino de la ofrenda. El paraíso del altar. Vale, eso ni la cuatroté lo puede disputar. A cada quien sus muertos ¿verdad AMLO? ¿Verdad López Gatell? En la familia, la esposa de mi hermano Humberto, Blanca Irene, es la máxima autoridad en la fiesta de Todos los Santos, de los Fieles Difuntos.

 

 

 

7 ¿Es posible me indiques el camino de la transfiguración?

 

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