Una vista del parque central de Leticia, la capital del Departamento de Amazonas, que lleva el nombre del explorador español Francisco de Orellana. (Imagen tomada de southamericanpostcard.com).

 

*Con motivo del estreno y temporada de la ópera Florencia en el Amazonas, de Daniel Catán, en el Palacio de Bellas Artes, reproducimos la crónica del embajador Ortiz Monasterio que aparece en el libro colectivo Diplomacia cultural, la vida (UANL, 2020), coordinado por Eduardo Cruz Vázquez.

Se iniciaba nuevo milenio, empezaba el siglo XXI. Por fin un nuevo régimen.

El Partido Acción Nacional (PAN), después de medio siglo de oposición, expulsó al partido dominante de Los Pinos.

Gran esperanza, no había tiempo para desaprovechar esta oportunidad. Soñamos con una genuina alternancia que nos condujera a un moderno sistema político.

Sin embargo, la democracia se mostró renuente y esquiva, al grado de que no la hemos visto en treinta años.

Con el mandato de Vicente Fox, tuvimos la esperanza, al final frustrada, de un nuevo modelo político basado en el mérito, el gran ausente de nuestro contrato social. Del mérito a la meritocracia. Del mérito al ya merito.

No importaba que la búsqueda del gobierno de los mejores viniera uniformado de expresiones inglesas: Head Hunters le llamaban.

Empezaron a deslizarse los primeros nombramientos de embajadores del inicio de la nueva era: por ejemplo, el de Ricardo Pascoe Pierce, troskista muy respetable, en Cuba. Le siguió quien esto firma, en Colombia.

Después de la toma de posesión del Presidente de la República, se iniciaron los trámites de los recién nombrados: beneplácito del país receptor, comparecencia ante el Senado de la República y antes de partir a la adscripción, el PLIEGO DE INSTRUCCIONES. Sobresalió una fórmula, la que habría de escuchar desde entonces: la austeridad.

A mi llegada a Bogotá, no es extraño que la primera instrucción al equipo de nuestra Representación fuera la misma.

En ese sentido, meses después se sumaría al equipo el periodista y gestor cultural Eduardo Cruz Vázquez, para asumir la Agregaduría Cultural. Mecánicamente le repetí la escueta instrucción: no habrá recursos financieros.

Coincidimos en juntos descifrar, como bien pudiéramos hacerlo, el espíritu de Colombia. ¿Cómo apoyar al fraternal país en su negra noche de violencia?

 

Colosales desafíos

¿Cómo abordar la peculiaridad colombiana? Abundantes ciudades intermedias, descentralizado, plena de regiones de distintas con perfiles diferenciados.

Los colombianos nos lucían, por su historia y su geografía, ensimismados en sus regiones, empalagados por su riqueza cultural y singularidad.

Decidimos al alimón dos grandes vertientes:

1 Enviar el mensaje del México nuevo, esperanzador y creativo.

2 La Embajada de México buscaría ser un gozne que mostrara a los colombianos la riqueza de sus propias regiones.

Presagiábamos que Colombia se perfilaba como la gran potencia sudamericana.

Buscamos las abundantes posibilidades de generar una sinergia de dos culturas formidables. Contamos para ello, con la desinteresada colaboración de numerosas empresas mexicanas asentadas en la tierra de Macondo, entre ellas, Cementos Mexicanos y la telefónica Comcel, así como del Convenio Andrés Bello.

Fue así como buscamos un río colombiano, un autor y una cantante mexicanos y llevamos un episodio de una ópera también mexicana al río Amazonas.

Queríamos romper estereotipos: la ópera no es sólo para las elites, la ópera no es solamente en italiano, francés o alemán. La obra indicada era la de Daniel Catán: Florencia en el Amazonas.

Nos pareció un blend fenomenal y apropiado. El fabuloso río Amazonas y el libreto en Leticia. Había que ir a Leticia e instalarse en el legendario Hotel Anaconda.

El escenario sería en el Parque Orellana, a la orilla del río madre.

Había que convencer Encarnación Vázquez de viajar de Nueva York al Amazonas, del primer mundo al inframundo. El amarillismo se refería a la región como selvática, plena de mosquitos, guerra y violencia.

El 25 de octubre de 1996, en el Worthan Theater Center, en Houston, Texas, tuvo lugar el estreno mundial de Florencia en el Amazonas, de Daniel Catán. (Imagen tomada de alchetron.com).

Contestó que sí. La diva aceptó generosa transitar de su cielo al mal llamado infierno. Se organizó el vuelo por Avianca de Nueva York a Bogotá. De Bogotá a Leticia por AeroRepública, la línea aérea de las fuerzas armadas.

El elenco en la selva fue formidable: la mezzosoprano Encarnación Vázquez, en el papel de Florencia Grimaldi, personaje que tenía el sueño de actuar en el mitológico palacio de la ópera en la también selvática Manaus, en Brasil. Visitar la sala y encontrarse con el amor de su vida, que respondía por el náutico nombre de Cristóbal. Por ahí la trama.

Acompañaron a Encarnación la también mezzosoprano Adriana Montaña, el barítono Camilo Mendoza y la pianista, la colombonipona, Marjorie Tanaka.

El sueño de Encarnación era vivir la ópera de Catán en su escenario natural.

Ciertamente los trámites fueron agridulces. El Ministerio de Cultura de Colombia respondió a la invitación a colaborar con beneplácito y escepticismo.

 

Oasis en el trapecio

El evento se celebró el 24 de febrero del 2003. Todo conspiraba al temor. Los prejuicios en acción.

Guerrilla, bandeirantes brasileños, aventureros de la selva, misioneros y monjas, marineros fluviales, contrabandistas, guerrilleros y para clímax, el hotel con el evocador nombre Anaconda.

Ópera al aire libre, a las 8 de la noche, con millones de aves a las que la música no interrumpía el sueño.

Las autoridades legales del área entreveraban mandos civiles y militares, era un frente de guerra.

Para mejores resultados de nuestra misión, interactuamos con las autoridades tribales, practicamos tímidos pasitos con indígenas makunas, tikunas y yaguas.

Se contó con apoyo absoluto del entonces alcalde de Leticia, Juan Carlos Velázquez. La población fronteriza linda con Tabatinga, Brasil, y Santa Rosa Yavarí, Perú. Hablamos de tres poblados remotos e ignorados que, entre otras hermandades, compartían solidarios, un común cuerpo de bomberos.

Cualquiera hubiera pensado que esta frontera estaría militarizada por ambos lados. Nada. Ni un policía, solo un bonito tope amarillo de los vecinos selváticos que compartían el desdén de sus capitales.

Guerra, guerrillas, zona bélica y frontera abierta: surrealismo latinoamericano. Para la ocasión, el gran Gabo me había prometido un mensaje, que por logística nunca llegó. Éste hubiera hermandado a los mega ríos colombianos, Amazonas y Magdalena.

El Amazonas, nombre mitológico, que evoca el peligro y la aventura, es algo, más que un río. Es una cuenca cultural que va más allá de Brasil, incluye a Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.

Al final, las autoridades nacionales aquilataron el gesto de México: un acto cultural operístico en el pulmón del mundo, daría un poco de oxígeno al sofoco del conflicto armado.

En un momento que al recordarlo me aun me conmueve, el alcalde me consultó si aceptaba que mi nombre se convirtiera en una calle de Leticia. Me negué rotundamente, no tenía derecho de inscribir en una leyenda, un nombre plebeyo en una cuenca noble.

Ahí no paró todo. En las difíciles comunicaciones entre Bogotá y Leticia, Eduardo Cruz Vázquez prefiguró una genuina epopeya de diplomacia cultural.

Faltaban tres días y no había piano. Después de afanosa búsqueda, se consiguió un piano color de rosa en un antiguo centro nocturno selvático que atendía a los ricos de la época, los caucheros.

Un comandante naval de rango Vicealmirante, sugirió que el piano rosado, de origen multipecaminoso, fuera exorcizado por el Obispo de Amazonas, en una limpia. Afortunadamente no prosperó la propuesta de este ritual purificador, incompatible del estado laico de aquel entonces.

Mi esposa Guadalupe propuso cubrir las vergüenzas del piano rosado, vestirlo con un mantón de Manila. Tuvimos entonces que encarar al piano tal cual lo encontramos.

Otra de las anécdotas que atesoro de esos días, fue el gesto de un Notario bogotano, del que solo quedó tras el viaje, el recuerdo de su número de su notaría. Cuando escuchó por la radio de nuestra función operística en el río, camino a su casa se desvió, cruzó la atiborrada ciudad, tomó un vuelo postrero y sin avisar a nadie, se fue al concierto.

Entre los presentes en el espectáculo, estuvo el legendario Tarzán del Amazonas, llamado popularmente Kapax, cuyo nombre de pila es Alberto Lesmes Rojas, un colombiano con figura cercana al personaje de Edgar Rice Burows. Nadador, protector de la selva y defensor legendario de la naturaleza, jamás pensó que llegaría al Amazonas un tal Bolsonaro.

Kapax, los maravillosos peces de la región, los delfines rosados, el piano destartalado del mismo color que recobró mágicamente su vida sonora ya que trasladamos penosamente desde Bogotá, a un afinador del barrio de La Candelaria de notables méritos a resolver tal desafío, el canto en el parque, el reclamo de un caballero que además de bel canto quería escuchar mariachis y los miles de mosquitos (uno de los cuales invadió la boca de Encarnación en plena aria) fueron algunos de los protagonistas del escenario íntimo entre dos naciones que, entes como ahora, mutuamente se admiran y se toleran sus debilidades.

Tal vez el mejor homenaje de un país a otro, es buscar lo mejor del otro. Tal vez sea una ventaja de la austeridad.

Desde luego, sería injusto no mencionar a nuestros cómplices de aventura, el Ministerio de Cultura de Colombia, las autoridades de Tabatinga, y el alcalde de Leticia, el Apostadero Fluvial del Amazonas, y otros más entre autoridades, civiles, militares y tribales.

Esta fue una modesta de talacha cultural en el Amazonas.

Además, en un hecho histórico, Florencia en el Amazonas se podrá ver en el montaje de la Ópera de Nueva York a finales del 2023. (Imagen tomada de fathomevents.com).

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