
He vuelto a usar el correo como en los primeros años de la década de los 80. En ese entonces, llegaba a la oficina postal ubicada en Calzada de Tlalpan, muy cerca de la lateral de Xola, cargado de sobres con la revista Hojas sueltas. Monitor literario. Una edición de mi ser estudiante que patrocinaba la UAM Xochimilco, acompañada de una carta. Destinos nacionales y fuera del país.
En estampida regresaron las imágenes en estas semanas: el amplio espacio de la oficina, el orden sereno, las casillas de los apartados postales, la báscula mecánica, los enormes cuadernos con variedad de estampillas, los cojines con esponjas humedecidas para no dar salivazos si se trataba de pegar montones de timbres. La actitud amable del señor que en cada visita me atendía.
Pertenezco a una generación que escribió montones de cartas, que aguardaba con ansiedad el silbatazo del cartero portador de noticias como el periódico Excélsior que llegaba tempranito con su golpe característico en la puerta de la casa. Recurrimos al telegrama para detalles como dar el pésame. Luego comprendimos rápidamente que dar tono para recibir un fax agregaba algo sensacional a la experiencia de leer una misiva o un documento sin tantísima espera.
Vinieron más transformaciones en las comunicaciones, como la proliferación de empresas de servicios de mensajería y paquetería. Esto nos benefició como sociedad, impulsó las cadenas productivas y llevó los costos según las posibilidades de los clientes. Ante la avalancha el Servicio Postal Mexicano (Sepomex) fue abandonado por los gobiernos. Una larga agonía en la que sus trabajadores se empeñan por no desaparecer.
En estas semanas que acudí a una oficina de correos para los envíos de nuestro reciente libro Sucesos culturales 1988-2024 (sello Grecu) constaté no solo la precariedad del local, el agobio de los trabajadores y la lentitud generada por la falta de insumos. También que para muchos de nosotros sigue siendo la posibilidad de movilizar envíos, aquellos que pueden ser esperados con toda paciencia a cambio de precios infinitamente más bajos que los de las empresas del ramo.

Conforme escalaba el conflicto por el destino de la Casa de Poesía Ramón López Velarde le asocié con el reencuentro, la remembranza y la travesía alrededor de mis tareas editoriales. Me refiero a lo mucho que se tardó en entender que las organizaciones de la sociedad civil, en cualquiera de sus expresiones y alcances, son entes que coadyuvan a que una nación funcione como colectividad.
La creación de fundaciones no es algo habitual en México. Las donatarias culturales no crecen en número, algunas asociaciones civiles que no tenían dicho registro, pero cumplían tareas relevantes, han desaparecido y otras más viven en estado vegetativo. Todo ello se traduce en un débil brazo filantrópico. Que sea el gobierno de la Ciudad de México el que ampare la extinción de la fundación que veló por origen y operación de la Casa del Poeta es negar, una vez más, la eterna demanda: un conjunto de políticas públicas para un desarrollo cultural sostenible.
¿Por qué no se facilitó que la fundación siguiera como responsable de la Casa del Poeta? ¿No quedó demostrado en tres décadas que lo hizo bien? ¿O lo hizo mal y por ello mejor resolver una suerte de requisa del recinto? ¿Por qué no se hizo público en su momento la decisión de la fundación de “devolver” lo que era su objeto a efecto de que se encontraran soluciones para mantener su integridad y la vigencia de un modelo? ¿Por qué empresas como CIE/OCESA (hay más casos) pueden seguir con permisos de administración de bienes públicos y la fundación no?
La Casa del Poeta es un paradigma, un modelo con posibilidades no exploradas para un género literario, replicable y de preservación del patrimonio poético inspirado en la figura del zacatecano. No fue una ocurrencia de los creadores que la idearon arropándola con sus saberes e influencias, de los directivos del entonces Conaculta y del INBAL en el salinato. Se había entendido que la funcionalidad del desarrollo cultural pasaba por la innovación, la corresponsabilidad social, la transferencia de subsidio, la facilidad para generar recursos propios, así como atraer donativos vía fiscal.
Pero triunfó el goce de la concentración de poder sin importar el precio, al fin que no tienen competencia.
CODA. Para el catálogo de lo incomprensible en tiempos de la 4T. La directora del Instituto Zacatecano de Cultura, María de Jesús Muñoz Reyes le entregó, en la Rotonda de las Personas Ilustres, un reconocimiento del organismo a María del Carmen Férez Kuri por sus más de tres décadas al frente de la fundación que hizo posible la Casa o, si se quiere, viceversa.
Con el ceremonial en el Panteón de Dolores se dio arranque a las XXIX Jornadas Lópezvelardeanas. Feliz por ahora llevar los controles, Ana Francis Mor, la secretaria de Cultura, abrazó a Férez. No sabemos si se consternó por no acompañar con su firma el reconocimiento, si respiró aliviada al no ser tomada en cuenta o sencillamente se negó a ser parte del acto simbólico realizado en el escenario menos apropiado.
¿Cómo se orquestó la capitulación?

Eduardo Cruz Vázquez
Eduardo Cruz Vázquez periodista, gestor cultural, ex diplomático cultural, formador de emprendedores culturales y ante todo arqueólogo del sector cultural. Estudió Comunicación en la UAM Xochimilco, cuenta con una diversidad de obras publicadas entre las que destacan, bajo su coordinación, Diplomacia y cooperación cultural de México. Una aproximación (UANL/Unicach, 2007), Los silencios de la democracia (Planeta, 2008), Sector cultural. Claves de acceso (Editarte/UANL, 2016), ¡Es la reforma cultural, Presidente! Propuestas para el sexenio 2018-2024 (Editarte, 2017), Antología de la gestión cultural. Episodios de vida (UANL, 2019) y Diplomacia cultural, la vida (UANL, 2020). En 2017 elaboró el estudio Retablo de empresas culturales. Un acercamiento a la realidad empresarial del sector cultural de México.

