El yo prohibido: todo un tratado de periodismo y política

Una leyenda del periodismo mexicano y su reciente obra, Elías Chávez. (Imagen tomada del noticiero Jornada Extra en youtube.com).

Empiezo por asentar, aunque pudiera parecer en principio un tanto extraño, que gracias a El yo prohibido podemos, en este caso, acceder a Un nosotros permitido lleno de luz y verdad.

Me refiero sí a la presentación de un libro, que por su profundidad, rebasó venturosamente tal convocatoria, por tratarse de una invitación a reflexionar en torno al presente y futuro de la nación, tan en riesgo debido a ese amenazante, atroz y regresivo autoritarismo que pretende renacer hoy con el gobierno de López Obrador.

El yo prohibido, de la autoría de Elías Chávez, un periodista de excepción, que ha sido publicado por Ediciones Proceso, a cargo también de un periodista de primera, como lo es Rafael Rodríguez Castañeda, va más allá del ofrecimiento inicial o sea de “la radiografía genuina, profunda, personalísima, aunque a vuelo de pájaro, de toda una existencia profesional dedicada a perseguir las noticias, a construir con lenguaje certero las crónicas, a trazar la semblanza de personajes de la política…” como lo advirtie en su lúcido prólogo José Reveles, otro periodista extraordinario. Si bien, el libro nos remite a sucesos impactantes de la época contemporánea, brinda a la vez estampas y episodios de la política y los políticos, que son lecciones de historia y politología, además de nutrir nuestra conciencia cívica que exige más y mejores acciones.

En sus textos, Elías Chávez resalta con brevedad, precisión y sabiduría, algunas de las experiencias que provienen de un comprometido ejercicio periodístico, tras más de cuatro décadas de ser un auténtico y brillante reportero, pero sin los protagonismos del “yo”.

He resistido la tentación de reproducir algunos pasajes de su rico y aleccionador contenido, en respeto a los derechos de autoría, pero me es inevitable sobrevolar y testimoniar esa ruta de riesgos, peligros o amenazas e igual de gozos y satisfacciones del acontecer reporteril, incluidos los clamores de la denuncia y demandas que habitan en la profesión, sobre todo cuando se levantan impetuosas frente al gobernante autoritario, déspota, ladrón o negligente.

Una vasta pasarela de hechos y nombres que abarcan por igual a los suyos, a sus colegas, que a los políticos que son observados y evidenciados, según sus actos de gobierno.

Así, cuando alude a quienes generan cambios positivos, surge la grandeza de Scherer, el talento de Leñero, la valentía de Buendía, la visión y solidaridad de Pagés o la capacidad y constancia de Granados Chapa, entre otros. Y también de reporteros magistrales, con sus memorables añadidos, según se tratara de la audacia de Loubet, la ironía de Cardona o el humor de Arteaga.

Qué decir de las tragedias mexicanas, se trate del 68 o del Jueves de Corpus del 71, donde el autor se salva y salva a otros de las cruentas embestidas del poder. O de las organizaciones gremiales, como la Unión de Periodistas Democráticos (UPD), una punta de lanza que empezó a sentar precedentes históricos, justo en la gestión que presidió Elías Chávez, con el establecimiento del salario mínimo a los periodistas, siempre tan expoliados y desprotegidos por los millonarios dueños de los medios y copartícipes inconfundibles de la censura proveniente de las afluentes autócratas de gobiernos emanadas desde hace décadas que aún permean.

Una invaluable información acumulada que amalgama sabiamente pasado con presente y sus posibles futuros, ya sean ominosos o promisorios: desde la exposición de una tétrica y despiadada galería de dictadores latinoamericanos, hasta un continente de esperanza —a lo que yo, en un rapto de indignación agregaría que podría ser fallido y ser deglutido en las fauces de la militarización y las dictaduras crecientes—, de no consolidarse la vida civil, democrática, pacífica y libertaría.

En sus páginas, reaparecen conductas e intentonas de los poderosos bajo el sello del engaño, la demagogia, el populismo o la violencia… y a propósito, una acabada descripción del autor alusiva a esos engendros mesozoicos que le conceden otro atributo más a Elías: el de todo un dinosaurólogo.

A momentos, la obra me remontó con nostalgia a mis raíces, en tanto que me siento profundamente orgulloso de ser hijo de un periodista, es decir, de un reportero de toda la vida, lleno igualmente de gozos, apuros, sacrificio, incertidumbre y pasión por ver y decir cotidianamente lo posible dentro de lo deseable, en la contingente dimensión del diarismo.

No agregaré entonces más, porque su lectura es indispensable para quienes enseñan o estudian periodismo, al igual que politólogos o historiadores, y en todo caso para quienes aspiran a fortalecer una ciudadanía consciente y actuante.

Sólo añado que enriqueció significativamente mi visión sobre el pasado reciente y los días actuales, y que me conmovió porque mucho de lo que Elías nos aporta son en buena medida sucesos que marcaron a nuestra generación, los nacidos en los años cuarenta o a inicios de los cincuenta.

En verdad quisiera seguir, pero concluyo con una resuelta convocatoria: a leer ya El yo prohibido, un libro que alumbra inteligentemente los caminos que bifurcan nuestro destino colectivo.

 

Bajo el sello de Ediciones Proceso. (Imagen tomada de proceso.com.mx).

 


 

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