En este país de licenciados

(Imagen: tengomiedo.fueradelcine.com)

 

No pocas veces experimento con el INEGI lo que sucede en una casa de los horrores.

Quizá deba decirlo así: es la mansión del terror.

Resignados a vivir en ella, no deja de tener ventanas desde donde se mira, en el horizonte, el paraíso.

A ver si lo que traigo a cuenta en esta ocasión, sirve para forjar la ilusión de una salida cuando el tiempo sea, al fin, propicio.

En los resultados de los Censos de Población y Vivienda salen a nuestro paso fantasmas, monstruos y almas en pena.

Revelan ciertos asuntos y cifras que, aterrado, no se han ido desde mi adolescencia.

Por ejemplo leo: distribución de la población de 18 años y más con educación superior por campo de formación académica.

Ahí tenemos la gráfica. ¿Entraron en shock?

Desde que en el núcleo familiar y extendido se discutía sobre el puerto de partida para los estudios profesionales, ser licenciado era la gran meta. Un padre abogado, quería hijos abogados. Un contador, otro. El médico, igual. Y así.

La ruta de elección no cambia, salvo las “ovejas negras de la familia”.

Vean ustedes. Pasan las décadas y seguimos el mismo caminito: dominan la administración, los negocios (hija neoliberal de la anterior), el derecho, las ciencias sociales.

Tanto tiempo después (cuatro décadas) las áreas de menor interés siguen siendo las mismas, al seguir la clasificación del Censo: agronomía, veterinaria, ciencias naturales, matemáticas, estadística (¡pobre INEGI!), artes y humanidades.

Sorpresivamente nos topamos con la más joven y bella de la comarca de la educación superior a la que, conforme te acercas, se desfigura: tecnologías de la información y comunicación, aún lejos de ver en el horizonte el paraíso.

Certificamos una vez más, que las canteras de ocupación y empleo del sector cultural no son tan taquilleras.

Pero en la mansión del terror la cocina, los pisos, escaleras, cuartos, techos, baños, terrazas, áticos, roperos, azoteas, todo se articula para estar al límite de la existencia.

Leo: porcentaje de la población de 15 años y más, según nivel educativo.

Recuerdo: somos 126 millones 014 mil 024 mexicanos.

En cifras porcentuales, con educación básica, el 49.3, media superior, 24.0, superior 21.6 y sin escolaridad 4.9.

 

 

¿Atrapados sin salida?

Como antes, muy antes, seguimos siendo un país de licenciados.

El “Lic” con toda la potencia demoníaca.

Leo: población de 25 años y más con grados aprobados en nivel superior.

Total de la población con educación superior, 16 millones 468 mil 530.

Con Licenciatura, 12 millones 467 mil 183; con Especialidad 371 mil 133; con Maestría un millón 378 mil 813 y con Doctorado, 251 mil 040.

¿No que ya nos sobran Maestros y Doctores, que ni dónde ponerlos?

En el sitio Data México, a partir de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, en cifras al cuarto trimestre de 2020, en el rubro “Especialistas en ciencias económico-administrativas, ciencias sociales, humanidades y artes” (¡uf!), se cita que el número de la población ocupada sumó al cierre del año pandémico 1.4 millones.

De ahí en el apartado de “Compañías y grupos de espectáculos artísticos y culturales”, la población ocupada es de 82 mil.

Evidentemente faltan otras actividades por contar. Recordemos que los puestos de trabajo ocupados al año 2019, en el sector cultural, sumaron 1 millón 395 mil 644.

Entonces ve uno pasar cuchillos volando los aires de la mansión del terror.

Aunque editado en 2015 por el Consejo Mexicano de Ciencias Sociales, el estudio Las ciencias sociales en México: una visión de conjunto, arroja leña a este fuego.

En ese no lejano año del reino malévolo peñanietista, la matrícula en nivel licenciatura sumó 247 mil 395 alumnos y en posgrado, 27 mil 230.

Si estos datos no son para sentirse a plenitud en la mansión del terror, pues vaya, somos en realidad parte del elenco de tan distinguida morada que gracias a la labor del INEGI podemos habitar.

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