El político oaxaqueño Luis Martínez, falleció el pasado 23 de febrero. En la imagen, al lado de la legendaria María Sabina. (Fotografías, cortesía de la familia Martínez).

 

Para Doña Miriam, Luis Dantón y Marco Tulio Martínez, hermanito

 

LOS ÁNGELES. Si yo tuviera la oportunidad de escoger su epitafio, tomaría los versos de Carlos Pellicer dedicados a José María Morelos y que Luis Martínez bien solía citar:

 

“Vivir con pocas palabras;

pero en cada palabra tener una tempestad”.

 

Ese era el oaxaqueño Luis Martínez (1940-2021): sobrio y asertivo; profundo y sencillo; de voz tenue y educado. De una cultura e inteligencia abismal. Un hombre generoso, afable y apasionado por la vida. De finos modales, un “caballero de fina estampa”. De pocas palabras, en efecto, pero a decir del tabasqueño: en cada una de ellas había una lección para su audiencia.

La vida me dio el regalo de tener tres figuras paternas: mi padre, desde luego, mi abuelo y Luis Martínez. Hoy ya no tengo a ninguno. Me siento indefenso pues ¿quién ahora me aconsejará, como hicieron ellos, ante la ansiedad e incertidumbre o los retos y sacrificios que la vida depara? ¿Con quién departiré los frutos de la vida? Hoy me siento triplemente huérfano.

Lo conocí en mi adolescencia; una efímera aparición en un viaje familiar que no obstante dejó huella profunda en ambos. Después de algún tiempo recibí una llamada con el mensaje de que me invitaba a visitarlo en su oficina del Senado de la República. Al ser un estudiante de la carrera de Derecho en la UNAM, acudí puntual a la cita. Sorprendido, me invitó a ser su secretario particular. Acepté sin dudarlo. Me inmiscuí de esta manera en el mundo de la política con un maestro insustituible. Era un hombre muy bien relacionado en el ámbito político y cultural del país, admirado por muchos y con una serie de interlocutores provenientes de cualquier ideología.

 

Con Andrés Henestrosa, en Ixhuatán, Oaxaca, en 1992.

 

Como pionero de la apertura democrática del país, cuando aspiró gobernar Oaxaca, sin solicitar permiso de su partido, más allá de procesos de legitimación partidista, recorrió todos los rincones de la entidad. Lo acompañé en ese periplo llevando a cabo una tarea discreta. Sin embargo, aquella aventura preelectoral me abrió los ojos ante la realidad del estado y de la república, una serie de situaciones que aún no alcanzaba a ver. Así fue como pude ser testigo de la labor de Luis en su diálogo con los hombres del campo, con los pescadores, en los concejos de ancianos de las comunidades; con artistas, empresarios, con los cuadros de la Marina en la costa, con los trabajadores petroleros en la refinería: por todos ellos bien recibido.

También compartimos la derrota, como el ser objeto de la simulación del poder político. Es en ese agudo proceso cuando lo llama Fernando Gutiérrez Barrios, el poderoso secretario de Gobernación del presidente Carlos Salinas, para pedirle que no siguiera haciendo proselitismo, ya que el PRI habría de pronunciarse en breve por un candidato. Desde luego no resultó Luis. Recuerdo que le esperaba en la antesala del secretario en el Palacio de Cobián. De pronto lo vi venir con paso firme y erguido sobre el piso de mármol. Acudieron entonces los versos de Salvador Díaz Mirón: la adversidad le había quitado el triunfo pero no la gloria.

Nos dirigimos de Bucareli a un restaurante en la Zona Rosa. Juntos, en soledad, entramos en una catarsis inundada de las lecciones que, a pesar del tiempo, aún retumban en mi mente. Aquello tenía un costado de derrota, pero también era el inicio de una transformación política en el país. Luis Martínez fue pionero en aquella querella. Fue leal a sus principios y buscó el cambio desde adentro.

 

Luis Martínez en su etapa adolescente, a la izquierda del expresidente Lázaro Cárdenas.

 

Solía acompañarlo en largas caminatas en el Desierto de los Leones. Luis era un peripatético que practicaba conmigo la mayéutica. En uno de esos recorridos me dio la primicia de que el entonces regente del Distrito Federal, Manuel Camacho, de quien había sido maestro en la Facultad de Economía, lo había invitado a ser delegado en Azcapotzalco. Esa mañana marcó mi destino, ya aún siendo muy joven, me confió la oficina de cultura de la delegación. Si a alguien debo haberme dedicado a la gestión cultural, es sin duda a Luis Martínez.

Como maestro de la conciliación política, al oaxaqueño se le recordará como el promotor de la histórica cena que tuvo lugar en su casa, en marzo de 1994, en la cual, después de la tensión que el vivía el país, finalmente lograron la concordia el entonces comisionado para la Paz en Chiapas, Manuel Camacho y el candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio. Después de aquella reunión se sintió un respiro que duró apenas unos días, ya que el sonorense fue asesinado en la fronteriza Tijuana, en Lomas Taurinas, la tarde del 23 de marzo.

Nos separamos temporalmente terminada la gestión en Azcapotzalco; salí a estudiar a Pittsburgh y él partió a Sao Paulo, Brasil, como Cónsul General. No obstante cruzábamos señales constantemente. Ambos de vuelta en México nos frecuentábamos con regularidad. Por lo general comíamos en el centro histórico del otrora Distrito Federal, muchas veces acompañados por mi abuelo Andrés; aquellos encuentros se convertían en bellas tertulias llenas de imaginación, cariño y compromiso con el país y su cultura. Otras veces me invitaba a sus reuniones con políticos, intelectuales o familiares, siempre generoso de compartir conmigo la sapiencia de quienes le rodeaban.

 

En los portales del centro de la ciudad de Oaxaca, en uno de los sitios donde solían comer el fallecido político y Andrés Webster.

 

Más adelante me presentó con el entonces candidato a gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, con el objetivo de que pudiera colaborar al frente de la Secretaría de Cultura del estado, otro más de sus gestos como amigo, consejero y promotor de mis empeños. Al asumir dicha responsabilidad, que se extendería al periodo de Gabino Cué, Luis Martínez supo guiarme por más de una ruta de esas tareas.

En años recientes, durante mi estancia en Los Ángeles, con motivo de mi trabajo como director del Centro Cultural del consulado de México, tuvimos que resignarnos a más llamadas que encuentros en nuestros sitios favoritos. Lector voraz, en cuanto tomaba el teléfono me refería algún autor o cierto comentario sobre las páginas que tenía en turno. Cada conversación la terminábamos con la promesa de reunirnos en Los Ángeles. La visita, lamentablemente, no se llevó a cabo. La última vez que cruzamos palabras soltó: “La vida pasa tan rápido, querido Andrés, que apenas uno repara en ello”. ¿Acaso una premonición que ahora vivo con cierto escalofrío?

Días después del último contacto me enteré de sus problemas de salud. Luis Martínez falleció el pasado 23 de febrero.

El escritor Gabriel García Márquez contó que cuando perdió a su abuelo, la vida ya no fue la misma. Así me siento ahora ante la partida, que tanto me duele, de Luis Martínez; pero a la vez conservaré la dicha de haber coincido con él en esta vida.

 

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1 thought on “Adiós a Luis Martínez

  1. Gracias por el artículo a mi papá pero hubiera sido un gesto de cortesía haberlo dedicado a toda su familia incluyendo a sus hijas que también estamos en duelo!

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