Jorge Pantoja y Steven Spielberg

Asunto del reportero que escribe a mano. Elda Maceda, la notable periodista cultural fallecida el 23 de agosto pasado, en una imagen de enero del 2018, desayunando en La Marina de La Paz, en Baja California Sur, donde radica su hermana Rocío, quien amablemente nos obsequió la fotografía para esta nota.

 

Noticia al lector

En septiembre de 2005 se cumplían 25 años de Jorge Pantoja como promotor cultural y en el Museo de Culturas Populares se realizó una mesa redonda en la que participaron entrañables colegas suyos, lamentablemente ya fallecidos, Elda Maceda, Héctor Ortega, Jorge Reyes y Armando Vega Gil, así como Óscar Sarquiz, Perico el Payaso Loco, Agustín Sánchez González y el propio Pantoja, con la conducción de Eugenio Sánchez-Aldana. Paso libre reproduce el texto que la periodista Elda Maceda escribió para esa ocasión, como un homenaje a la memoria y legado periodístico de nuestra entrañable compañera de oficio.

Por Elda Maceda

 

Don Porfirio no se imaginó que en los años ochenta del siglo pasado, el bello edificio metálico que por tantos albergó al Museo de Historia Natural, se convertiría en un nido de punks, pariente de los hoyos funkies, capital de la antisolemnidad y sede de la cultura alternativa, popular y urbana.

Si el dictador hubiese vivido ese momento, de seguro Jorge Pantoja habría terminado en el Castillo de San Juan de Ulúa, cual Chucho el Roto posmoderno. La suerte quiso que no fuera así aunque, de todos modos, a Jorge le ha tocado enfrentar a las mentes cerradas y fundamentalistas de la censura y de la ignorancia. A todas ellas las ha combatido con la razón, organizando encuentros, tianguis, conciertos, bailes, conferencias, etcétera, con una gran entrega y con una enorme alegría.

Lo conocí en la Torre de Rectoría de Ciudad Universitaria. Se desempeñaba en el área de Comunicación y en la Gaceta de la UNAM, en la que publicaba semanalmente artículos escritos con pluma de reportero experimentado.

Recuerdo a Pantoja, con ese asombro que siempre anda compartiendo, cuando me dijo que estaban construyendo, en pleno pedregal universitario, una escultura transitable en medio de la lava. Que era como si enceraran el mar de piedra líquida que se quedó detenido. Por supuesto, hablaba del ahora mundialmente conocido Centro del Espacio Escultórico.

La familiaridad con la que los chavos hablaban con Gloria Contreras y se entregaban al goce de la danza con su Taller Coreográfico y los repletos conciertos de la Filarmónica de la UNAM en la Nezahualcóyotl, fueron también tema de sus artículos y de nuestras charlas. Y así, cada semana, Jorge platicaba de sus encuentros con artistas y científicos. Poco a poco se agregó el tema de su ciclo de rock Una alternativa para los lunes y le preguntaba yo que cómo le hacía para encontrar un espacio para esa música.

Poco tiempo pasó para que Jorge empezara a hablar del Museo Universitario del Chopo y de su proyecto de establecer un tianguis en el que no sólo los jóvenes pudieran hacer el ancestral trueque, pero aquí el cambalache sería cultural. De manera especial deseaba que los materiales de intercambio fueran aquellos que interesaban a los chavos y a los no tan chavos como longs plays de rock y de músicas de otras latitudes, libros, revistas y ¿por qué no? también sueños.

Jorge pasaba por mi lugar de trabajo, un escritorio en el pasillo casi frente al elevador, en el décimo piso de la Rectoría de la UNAM, al que bajaba para llevar sus carteleras en las que anunciaba a los grupos que participarían en el Concurso de Composición Rock del Chopo.

Pantoja me tenía paciencia, pues nunca se enojó por la risa que me provocaban los ingeniosos nombres de los grupos que aparecían en la cartelera de la UNAM como participantes en su famoso concurso.

Cada semana, se regalaba una copia de su cartelera para que la tuviera cerca e invitara a quien pasara por allí, a la siguiente etapa del concurso.

 

El legendario recinto de la UNAM, donde el promotor cultural Jorge Pantoja, desarrolló tantos e innovadores proyectos.

 

Aquel trámite de entrega de cartelera se convirtió en un ritual que empezaba con mi lectura de los nombres de los grupos, que siempre ofrecían sorpresas. Un día me hizo reír tan de buena gana que anduve invitando a los compañeros de oficina para que fueran al concurso, les dije que no se lo podían perder, sólo para conocer la música que hacía un grupo de rock que se llamaba los Piyamas A go-go y que no dejaran de conocer a quienes ostentaban el desesperanzado nombre de Los doblemente marginados.

Y como Jorge me seguía la corriente, un día después del concurso bajó las escaleras nada más para informarme que, como Los doblemente marginados habían perdido, declararon a la prensa que en adelante se autodenominarían Los triplemente marginados.

Jorge Pantoja al igual que Steven Spielberg jamás imaginó lo cercana que sería su relación con los dinosaurios. Si bien nunca convivió con el enorme esqueleto de aquel animal de otras eras, la realidad lo obligó a mantener con él una cercanía por demás estrecha.

A lo largo de aquellos años de su desempeño como promotor cultural en el recinto de hierro, Jorge escuchó con paciencia la pregunta que se repetía en algunos de los visitantes: “¡Oiga! ¿Puedo pasar a ver el dinosaurio? ¿Es cierto que ya no está el dinosaurio? ¿A dónde se llevaron al dinosaurio?”

En lugar de contrariarse, Jorge sostuvo y sostiene una relación de amigos con aquella presencia prehistórica. En un primer momento mantuvo posición congruente con el hecho de que ya se había dado vuelta a la hoja y para ubicar a los visitantes, organizó un taller de plastilina para niños con el informativo nombre de El dinosaurio ya no está en el Chopo. El joven promotor cultural de seguro pensó, en aquellos días, que poco a poco lograría ubicar a las personas en la nueva vocación del espacio universitario. Como no fue así, llegó a comprender que el dinosaurio exigía su lugar y consideró que no era él quien lo echaría del imaginario popular. Además a estas alturas, se había dado cuenta de que el Diplodocus aquel ya le era entrañable.

Como homenaje al gigantesco habitante del museo, Pantoja designó como nombre oficial del espacio escénico del recinto, el Foro del Dinosaurio. El Museo Universitario del Chopo ha sido sólo una parte de la larga trayectoria de este inquieto creador de espacios para la cultura popular y para las expresiones urbanas de convivencia y creatividad.

Hago aquí un homenaje a Jorge Pantoja, el individuo que un día creará en la universidad una carrera que se llamará Titulero -los nombres de sus actividades son tan atinados que a veces son hasta copiados-. Este joven que ha puesto a escribir a un grupo de amas de casa, estudiantes, obreros y profesionales, sobre la historia de sus fiestas y de sus costumbres en la serie Late Iztapalapa. Mi homenaje para Jorge se añade al que hace el sonido La Changa cada vez que le dedican sus cumbias.

Es necesario recordar aquí, en la celebración por los primeros 50 años de vida y un cuarto de siglo como promotor cultural de Jorge Pantoja, a la escritora Ángeles Mastretta y al pintor Arnold Belkin, los dos directores del Museo Universitario del Chopo, quienes alentaron y cobijaron su propuesta, la cual constituye uno de los aportes del siglo XX -mexicano- a la transformación de nuestro concepto cotidiano de cultura.

 

La reportera Elda Maceda en la primera página de la sección cultural de El Universal, el 25 de febrero de 1987. (Imagen, cortesía de Eduardo Cruz Vázquez, archivo personal).
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