Logípolis; En memoria de don Víctor

Miembros de la Comisión Mixta México-Cuba se reunen. Secretaría de Relaciones Exteriores, 8 de agosto de 1977 José Ramón Fernández Álvarez  (2da. persona de izq. a der.), Alfonso Rosenzweig y Victor Flores Olea. (Imagen: Fototeca Nacional).

ENSENADA. Pasan los días y los días tristes se acumulan, pues se acumulan las noticias de muertes y enfermedades en la medida en que pasa el tiempo. Duele, pues, hoy, ese transcurrir del tiempo porque de pronto nos anuncia la muerte de Víctor Flores Olea, un hombre paradigmático en muchos sentidos; entre otros, por haber sido mi director, creo, cuando a mí me tocó ser profesor adjunto en la UNAM en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y a quien años antes tuve oportunidad de conocer en alguna reunión social a la que asistí allá a mediados de los sesenta en el aquel entonces Distrito Federal.

Mas en lo que el fallecimiento de don Víctor me hace pensar, a grandes rasgos, es en la generación a la cual él perteneció y que creo fue la última de los jóvenes liberales (herederos del Ateneo desde luego y que tenían, por tanto, muchos rasgos de científicos positivistas del porfirismo) que consideraban que el nacionalismo revolucionario -continuamente traicionado por el priismo, pero que con todo tenía salvación- era la vía para lograr que este país –como en su momento lo expresan Ixca Cienfuegos y Artemio Cruz- saliera adelante y lograra, por sobre todas las cosas, desprenderse de la tutela maléfica del industrialismo (ojo: industrialismo y no capitalismo) de Estados Unidos, para poder así, como fuera, construir el estado de bienestar que López Portillo creyó había llegado cuando el auge petrolero. Ellos -don Víctor, Carlos Fuentes, González Pedrero, Muñoz Ledo, Tovar y de Teresa, Monsiváis, entre otros- formados en sus inicios en las filas masónicas, encontraron su iglesia de acogida y purificación en la UNAM, en donde sus padrinos -rectores como el doctor Chávez o maestros como Octavio Hernández- los favorecieron siempre con prebendas y canonjías que allí tenían asiento y que les permitían oficiar, allí, con libertad, a la vez que, ocasionalmente, eran favorecidos por el aparato institucional del PRI.

Llega el 68 y en la UNAM y socialmente se da un quiebre que, una de las cosas que pone a temblar, es precisamente al nacionalismo revolucionario y a la generación de liberales que había creado, pues para entonces los jóvenes ya no optan por la masonería sino que se inclinan por la militancia en células comunistas en donde el marxismo sustituye los ritos y creencias masónicas. Mas algunos de los liberales de la generación última -recuerdo aquí con particular énfasis y admiración a don Pablo González Casanova y desde luego que a don Víctor Flores Olea- se salvan de la quemazón y se inscriben dentro del marxismo, pues consideran que es allí en donde radica la posibilidad de construir al nuevo México que muchos estamos esperando se construya, pronto, algún día…

Esbozo éste sólo de construcción de generaciones que han dejado su sello en el país y particularmente en la vida académica y política de éste. Ojalá y algún día estos esbozos se conviertan en páginas más amplias que detallen lo que aquí apenas se vislumbra.

Mientras, adiós a don Víctor, sin duda un gran hombre, un gran maestro.

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