Logípolis; Las polémicas inconclusas del presente

Cosa del Tlatoani, de ayer a hoy. (Imagen: Izcóatl/México y su historia, google.sites.com).

Una de las cosas a las cuales agradecer a los tiempos actuales, es que los campos de discusión se han multiplicado casi de una manera exponencial. Partiendo por ejemplo de los diferendos que hay entre poder federal y poderes estatales, hasta polémicas diversas en los campos de la cultura, política exterior (¿cómo justificar la extradición de “César Montes” a Guatemala?, ¿puede existir mayor villanía?), la energía (instalar una planta nuclear en Baja California, ¿por qué tanta aberración?) o el cuidado del medioambiente. El entorno político, por esa razón, está bastante movidito.

¿Era diferente antes? Un poco, sin duda. Había, sí, diferentes puntos de vista, pero las opiniones no se vertían con la libertad que hoy existe para hacerlo; prevalecía siempre el temor al castigo (Gutiérrez Vivó o Aristegui, por ejemplo), más que, el lo puedo hacer y no va a pasar nada que hoy prevalece. Al final de cuentas el que siempre tenía la razón era el tlatoani en funciones y sólo él. Hoy, por el contrario, el tlatoani se puede equivocar y le va como en feria tanto dentro como fuera de casa (díganlo si no Roger Bartra o Sergio Sarmiento), no por faltarle al respeto sino porque la función de jefe máximo se ha modificado y todos ejercemos nuestro derecho de opinar, aunque al haciendo que prevalezca el criterio de la ley y, por ende, el principio de autoridad; acentuado eso hoy más, dado que un descuido a la hora de actuar se puede transformar en un error de fatales consecuencias para todos los habitantes del país, pues una de las características de la transición es precisamente el que, en la medida en que el tiempo transcurre, se ahondan las diferencias entre gobierno y gobernados, pues mientras el primero es uno y actúa con base a criterios prestablecidos, los segundos son mucho (120 millones de habitantes) y cada quien tiene, por así decirlo, sus respectivos puntos de vista sobre lo que debe ser o no el destino de la Nación.

Así, por ejemplo, el espíritu del 115 constitucional, en términos de contrato social, tenía para los constituyentes del 17 un sentido claro y preciso: contribuir a matizar las diferencias sociales y regionales que subsistían en el país a principios del siglo 20. Ese objetivo, hasta hoy, no se ha alcanzado desde el momento en que actualmente, como nunca, la polarización en la posesión de la riqueza se ha acentuado como nunca antes, lo cual ha significado que, de manera virtual, el objetivo del 115 constitucional ha desaparecido, como lo ejemplifican los 50 millones de pobres o más que existen en la actualidad en el territorio nacional. ¿Qué hacer entonces al respecto? ¿Convocar, como los chilenos, a un nuevo congreso constituyente? ¿Valdría la pena hacerlo?

La verdad es que, esa tarea de la transición está pendiente con sindemia o sin ella: el país no puede seguir soportando condiciones de desigualdad económica tan aberrantes como los actuales, pues ello implica que el virus de la rebelión (tanto de pobres como de ricos, que no se cansan de sabotear la transición) sigue germinando y tarde que temprano puede explotar de manera mucho más radical que el Covid 19… Y si no, al tiempo.

*Sólo estructurador de historias cotidianas

 

gomeboka@yahoo.com.mx

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