septiembre 20, 2020

Museo Federico Silva: incipiente aun en SLP la participación del empresariado en la cultura

Uno de los retos del MFS es fortalecer su infraestructura de cómputo y de comunicación para convertirse en un núcleo de diseño y difusión en torno de la escultura mexicana contemporánea. Aquí, el inmueble de estilo neoclásico con casi 17 años de vida. (Fotos: cortesía Museo Federico Silva).

En esta novena entrega sobre la situación actual de los museos en México frente a la pandemia de la COVID-19 (la octava reflexión fue publicada en Paso libre alrededor del Papalote Museo del Niño), nos colocamos ahora frente a un espacio singular para la obra tridimensional situado en San Luis Potosí: el Museo Federico Silva (MFS) de Escultura Contemporánea con casi 17 años de vida bajo el impulso del nonagenario artista y un acervo inicial de 84 piezas de su autoría que lo convierten en el recinto pionero en Latinoamérica dedicado a esta expresión artística en donde dialogan la piedra, la madera, el ónix, el acero, los textiles y una enorme variedad de materiales en todos los formatos posibles.

Antigua hacienda en el siglo XVII, hospital atendido por monjes juaninos en el XIX, sede para oficinas aduaneras cuando el Estado expropió el inmueble a la iglesia, su vida más reciente antes de ser museo fue como la Escuela Modelo durante el porfiriato y hasta el año 2000, cuando se adaptó para servir como espacio de arte en dos plantas y una terraza que en 2019 recibió la visita de 42,601 personas.

Son cinco esculturas monumentales de Federico Silva las que dan la bienvenida a los públicos desde el exterior y en el cuerpo interno; el resto del legado artístico se destina a exhibiciones temporales que el museo coordina en los municipios potosinos y con otros estados del país. Otras dos salas se han ocupado para las exposiciones temporales de escultores como Germán Cueto, Tiburcio Ortiz, Yvonne Domenge, Manuel Felguérez, Juan Soriano, Ángela Gurría, Vicente Rojo, Gunther Gerzso, Águeda Lozano, Pedro Cervantes, Fernando González Gortázar, Jorge Du Bon, Jesús Mayagoitia y Kiyoto Ota por citar algunos autores. Además, el museo cuenta con la Biblioteca Lily Kassner con las 3,012 obras del acervo bibliográfico donado en 2019 por la familia de la historiadora del arte fallecida dos años antes.

Con puertas abiertas desde el 18 de septiembre de 2003, el museo de cantera gris y estilo neoclásico es un organismo público descentralizado del Gobierno del Estado de San Luis Potosí, con personalidad jurídica y patrimonio propio cuya cabeza de sector es la Secretaría de Cultura del gobierno estatal. Se rige por una junta de gobierno, un patronato, un consejo consultivo, un consejo honorario y un director general.

Su impulsor, Federico Silva, nació en 1923 en la Ciudad de México. Estudió medicina, veterinaria, derecho y antropología; en el arte fue autodidacta ya que aprendió en los libros sobre las técnicas de la encáustica, los frescos y el temple. Como ayudante de David Alfaro Siqueiros colaboró en el mural Nueva Democracia situado en el Palacio de Bellas Artes y se relacionó con otros creadores como Diego Rivera, Leopoldo Méndez y Pablo O’Higgins. Primero se desarrolló en la pintura mural y hacia finales de los años 60 del siglo pasado centró su búsqueda en la escultura y en el arte cinético mediante el cual realizó prismas, espejos, imanes y decenas de objetos solares. Investigador de la UNAM, participó en ese prodigio llamado Espacio Escultórico.

En 1985 Silva trasladó su taller hasta Amaxac de Guerrero, Tlaxcala, y empezó su labor de renovación de la escultura contemporánea con la exploración en materiales de la región. Es miembro de número de la Academia de Artes de México desde 1991 y fue merecedor del Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1995. Las universidades de San Luis Potosí y la Nacional Autónoma de México le otorgaron el Doctorado Honoris Causa en 2010 y seis años después recibió la Medalla de Bellas Artes.

Puerta y Scriptum, dos obras de Federico Silva que forman parte del acervo permanente del museo de escultura contemporánea que lleva su nombre y se sitúa en San Luis Potosí como pionero en Latinoamérica en su especialidad.

La exposición vigente en el MFS es la de Jorge Yázpik, inaugurada físicamente el 28 de febrero y abierta al público hasta que la pandemia orilló a los recintos culturales a cerrar. Luego del cambio de semáforo sanitario en San Luis Potosí de rojo a naranja, fue posible visitarla de nuevo en forma presencial entre el 7 y 18 de julio, pero a partir de esta última fecha el museo volvió a cerrar sus instalaciones dadas las instrucciones sanitarias locales por el retorno al semáforo rojo. Por lo pronto es posible visitar esta y otras exhibiciones del MFS de manera virtual y recorrer las 21 piezas en piedra, madera, vidrio y cerámica.

De este trabajo, resalta el también escultor Fernando González Gortázar: “Yázpik excava las entrañas de lo eterno, monda el mineral como una fruta. Nacen entonces pasadizos, lucernarios, cavernas ceremoniales como templos prehistóricos, a los que la luz se cuela franca o furtivamente, resbala, tiñe, ilumina, oscurece”.

Para reflexionar sobre los retos que enfrenta el MFS, traemos las palabras de su director desde 2012, Enrique Villa Ramírez, quien responde al cuestionario de Paso libre.

—¿Cómo ha impactado la pandemia actual la vida del Museo Federico Silva y cuáles son los aspectos a replantear en él ante la nueva realidad con la COVID-19?

—El MFS es un centro cultural vivo donde la población potosina desarrolla un sinfín de actividades, desde las propiamente plásticas a través de las exposiciones escultóricas que cuentan en todos los casos con sus respaldos documentales (catálogos), hasta el programa permanente de actividades que contempla un cineclub, mesas redondas, conferencias, conciertos, teatro en atril, funciones de danza, talleres, visitas escolares y jornadas dedicadas a la población con capacidades diferentes y de la tercera edad.

La pandemia limita y cancela buena parte de estas actividades, sobre todo aquellas que requieren forzosamente de una condición presencial. Sin embargo, las restricciones sanitarias definen nuevos desafíos de inclusión y desarrollo de temáticas estéticas e intelectuales desde una perspectiva informática, con el uso intensivo de redes sociales, la divulgación de la colección, el montaje en línea de las exposiciones que ha presentado el recinto, y el diseño y la transmisión de productos electrónicos a distancia para distintas audiencias.

De tal suerte, la pandemia afecta la operación de las actividades más ortodoxas y tradicionales del museo pero también impone y detona nuevas formas de interacción con sus públicos, a efecto de seguir cumpliendo sus propósitos institucionales de divulgación cultural y promoción de los valores identitarios de la cultura nacional abierta a los aportes de las civilizaciones del mundo.

Una nueva manera de apreciar las colecciones y de entender el significado de las obras de arte se abre con la sofisticación de las plataformas electrónicas, las visitas virtuales y los dispositivos a distancia que permiten la asociación de nodos de información más densos, complejos, extensos y de orígenes diferentes. En suma, el carácter de lo local fluirá en la dimensión nacional e internacional, favoreciendo la integración y el análisis comparado con otras expresiones escultóricas.

Esculturas de Jorge Yázpik que integran la exposición individual en el MFS que se puede visitar virtualmente. La imagen de la izquierda, Sin título (2014) está hecha de jade en talla directa, en tanto que la otra pieza, también Sin título (2013), se conforma de estuco, hoja de oro y vidrio.

—¿Cuáles son las estrategias (financieras, conceptuales u otras) que se requieren para apoyar la labor de los museos en México en tiempos de pandemia?

—Fortalecer la infraestructura de cómputo y comunicaciones, a efecto de que el MFS funcione como un núcleo que diseñe, desarrolle y difunda contenidos electrónicos en el ámbito de su especialidad: la tridimensión en sus versiones histórica, social, antropológica, cultural; el cultivo analítico, la aplicación de entrevistas y la creación de un portal de los creadores que incluya a los críticos, coleccionistas, curadores e historiadores. Para su instrumentación se necesitan fondos para la adquisición de equipos y la habilitación del personal de servicios educativos y de comunicación social, así como resulta indispensable una suficiencia presupuestal para soportar los productos de esta línea de divulgación, investigación y desarrollo de productos editoriales (libros y folletería, electrónicos e impresos; reproducciones de bienes artísticos de la colección del museo, respaldos en CD y videos).

Asimismo, con base en la plataforma electrónica institucional, el MFS podría normalizar los productos y la barra de programación en ciernes hasta convertirse en un emisor radial y televisivo por Internet. Este enfoque permitiría robustecer las tareas del museo, visibilizarlas mejor y diversificarlas más, ampliando sus audiencias fuera del escenario estatal, regional y nacional, hacia el sur de los Estados Unidos y la región sureste centroamericana y caribeña.

La crisis sanitaria plantea la posibilidad de perfeccionar las prácticas de trabajo colectivo y convergente entre instituciones y su personal (académico y de investigación, técnico y operativo, y de especialidad museológica, museográfica y de seguridad), para que del intercambio de experiencias pueda evolucionarse hacia el quehacer compartido.

Otra dimensión a destacar es que los museos, aun si no cuentan con cuerpos académicos de investigación, son instituciones generadoras de conocimiento por la que podrían vincularse más estructural y orgánicamente con las universidades y los centros de enseñanza en el desarrollo de iniciativas de investigación mancomunadas que deriven en exposiciones y publicaciones, incluyendo productos promocionales.

Dos momentos en la vida del Museo Federico Silva y sus visitantes. A la izquierda, obra de María José Lavín en la colectiva Archipiélago II que incluyó además piezas de Ángela Gurría, Marina Láscaris y Luz Zaga. Esta y otras exposiciones están disponibles en la página web del museo potosino.

—¿Es o no es necesaria una Ley de Mecenazgo y qué lineamientos plantearía para una en México? ¿Cómo alentar la participación social -de individuos y de empresasen el entramado del sector cultural? ¿Qué estrategias financieras y en materia fiscal sería ideal implementar en beneficio de los museos y de sus públicos?

—Es un hecho incontrastable que la cultura no es concebida en nuestro país todavía como una inversión productiva que educa y genera ciudadanía, tejido social y conciencia colectiva. Más allá de las diferencias político-partidistas, el sector cultural sigue estando castigado, visto como un “mal necesario” al que no suele dimensionársele adecuadamente en sus aportaciones económicas, de aliento y bienestar comunitario, de colaboración, intercambio y cooperación con otros pueblos del planeta; de consolidación y ampliación del espacio público con la celebración de actividades extramuros y en la profundización y ampliación de la cohesión social y ciudadana.

En la experiencia nacional por décadas, si el empresariado no disfruta de ventajas de deducibilidad fiscal elude destinar recursos económicos al patrocinio de actividades culturales. De modo que una Ley de Mecenazgo devendría estratégica y crucial si en verdad se pretende que los creadores y las instituciones culturales puedan disfrutar de “oxígeno económico” para el cumplimiento de sus vocaciones y compromisos con la sociedad que les da origen y sentido.

Empero, de prosperar el diseño de un marco legal que reconozca y fomente la participación privada en los espacios culturales públicos o en los procesos de investigación, montaje y producción artística de creadores y museos, será fundamental acotar dicha participación, pues suele ocurrir que cuando las sociedades de amigos o las fundaciones de museos se constituyen y obtienen la calificación jurídica de “sociedades coadyuvantes”, pretenden tomar decisiones sustantivas tanto de agenda como de planes y programas de trabajo y en el uso de los espacios.

En términos generales, y habiendo muy honrosas y generosísimas excepciones, los empresarios mexicanos carecen de la cultura del patrocinio, confundiéndola con la cultura de la dirección. Asimismo suele ocurrir que cuando alguna empresa, en especial los bancos, libera recursos para apoyar la organización y desarrollo de alguna actividad específica (por ejemplo una gran exposición patrimonial extranjera en México), defiende la idea de la paridad pero no incorpora en sus cálculos de igualdad el financiamiento de los costos de operación, el mantenimiento, la investigación, la seguridad y la promoción de los propios museos. De este modo, una Ley de Mecenazgo útil y trascendente lo será siempre y cuando no se confunda el papel de proveedor de recursos y la consecuente obtención de estímulos fiscales y prestigio social con la rectoría intelectual, cultural y conceptual de los recintos.

La incidencia del empresariado o iniciativa privada en el MFS es todavía incipiente. Se cuenta con la participación desinteresada de algún destacado hombre de negocios local, solidario con el programa de actividades culturales del recinto que incluso rehúye todo reconocimiento público o la mención siquiera a su nombre o a la empresa. Pero al no existir la contraprestación de la deducibilidad fiscal, el interés privado suele desvanecerse pues carecemos de una formación ciudadana que nos permita entender a cabalidad que la cultura es el más eficaz mecanismo de cohesión social; genera estabilidad, promueve la convivencia democrática y nos hace sujetos educados a la altura de los retos de nuestro tiempo.

Los museos son equivalentes a las instituciones de enseñanza, no son mausoleos que se limitan a resguardar los bienes culturales, están en constante innovación, son entes vitales que enriquecen la mentalidad, la información y la capacidad de juicio de las personas; son coadyuvantes en hacer de los sujetos, ciudadanos críticos y responsables.

Dispositivos digitales como los simuladores sirven a los públicos para acercarse al leguaje escultórico que es la matriz del Museo Federico Silva. A la derecha, un aspecto de la terraza en el inmueble que en siglos pasados fue hospital, sede para oficinas aduaneras y escuela.

Diferentes voces plantean la exigencia de suprimir, posponer o redireccionar los recursos del Complejo Cultural Chapultepec en CDMX hacia proyectos / comunidades / museos en crisis ante la pandemia. ¿Cuál es su opinión al respecto?

—Me parece que las necesidades coyunturales de los creadores artísticos y de las instituciones culturales deben cubrirse y respaldarse en sí mismas, por sus propios méritos, no a partir de afectar intereses legítimos de terceros o la viabilidad misma de iniciativas en curso. Por su alcance y dimensión, el proyecto del Complejo Cultural Chapultepec debe ser objeto de una amplia discusión entre expertos, gestores, ciudadanos, creadores, considerando los requerimientos de los museos y espacios patrimoniales (entre ellos las zonas arqueológicas y los conjuntos de monumentos históricos o artísticos) ya existentes y declarados. Las tareas trascendentes no deben ser una manifestación de la voluntad unipersonal de nadie o del interés de un grupo en particular. Subrayo que sí sorprende que se destinen fondos cuantiosos a una iniciativa determinada por importante que sea, cuando las instituciones históricas del Estado posrevolucionario, el INAH y el INBAL, carecen de presupuestos suficientes para el cumplimiento de sus mandatos de ley.

—¿Qué requeriría una Ley de Museos?

—Hay tantos tipos de museos como museos existen, y cada uno de ellos es su propio paradigma: lo que a uno le es pertinente y necesario, a otro le resulta lesivo y contraproducente. Y en virtud de sus diferencias de escala, materia, naturaleza jurídica, alcance operativo, administración y funcionamiento, demandan un tratamiento integral y específico. De prosperar la idea de articular una legislación museística, se debería de proceder a una amplísima discusión, por regiones, temas y alcances, con especialistas, gestores, administradores, funcionarios, usuarios, creadores y académicos, representantes de instituciones públicas y privadas, a efecto de ir acotando los ámbitos de protección y salvaguarda de cada una de las variantes museológicas y museográficas en nuestro país. Por el contrario, se avizora un fracaso absoluto si todo se reduce a la deliberación que puedan emprender los legisladores. Son asuntos de especialidad académica y temática, de pertinencia social, de corresponsabilidad ciudadana.

Un punto sobre el que sí podría adelantarse algo es el siguiente: no es posible continuar abriendo museos y zonas arqueológicas si no son considerados “sagrados” en los presupuestos anuales tanto los gastos de operación y funcionamiento como la integración de los equipos de trabajo indispensables permanentes, es decir, los irreductibles, los montos de inversión y el capítulo de recursos humanos.

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