
La erosión silenciosa de lo colectivo
De acuerdo con reportes difundidos ampliamente en medios nacionales, el lunes 20 de abril de 2026 se registró un episodio de violencia armada al interior de la zona arqueológica de Teotihuacán. Al tratarse de uno de los sitios patrimoniales más emblemáticos del país, el hecho provocó reacciones de alerta, indignación y cuestionamientos sobre las condiciones de seguridad y gestión del espacio.
Ningún evento violento se explica por una sola causa. En un país atravesado por décadas de violencia, resulta ingenuo pensar este episodio como un hecho aislado. Existen condiciones sociales que lo hacen posible: entornos donde los límites se vuelven difusos, la regulación es intermitente —o incluso inexistente— y el desorden termina por normalizarse.
La violencia es, en este sentido, un síntoma. Un indicador de un deterioro más profundo. Este acto vuelve visible una grieta que lleva tiempo formándose, una fractura que hiere nuestras raíces identitarias y colectivas. De ahí la necesidad de reflexionar en torno a la gobernanza cultural: entender cómo la tolerancia a prácticas irregulares, la ocupación desordenada del espacio y la paulatina dilución de la autoridad en distintos niveles generan condiciones propicias para este tipo de sucesos.
Lo ocurrido no me es ajeno. Me interpela como mexicana, pero también desde una experiencia personal y territorial. Parte de mi historia y de mi linaje se encuentran en esta región del Estado de México, y desde hace algunos años resido en el Pueblo Mágico de San Martín de las Pirámides. Habitar el territorio —caminarlo, respirarlo— permite advertir una capa distinta, muchas veces distante del discurso institucional y de la narrativa monumental. Lo que emerge es un deterioro del entorno social: crecimiento desigual, descuido del espacio público y dinámicas económicas atravesadas por la informalidad y prácticas irregulares dentro del ecosistema turístico.
La zona arqueológica de Teotihuacán no es un ente aislado de su comunidad, ni debería entenderse como tal. Lo acontecido abre la posibilidad —necesaria— de mirar hacia los poblados que han crecido sin planeación suficiente, a la sombra de las exigencias patrimoniales, generando tensiones entre conservación, vida cotidiana y desarrollo económico. Teotihuacán no es solamente piedra: es un territorio vivo, un espacio simbólico donde se recrea continuamente una parte fundamental de nuestra identidad.
En este contexto, la gobernanza cultural se vuelve una vía indispensable. Implica preguntarse quién decide, cómo se decide y bajo qué reglas se articula el territorio. En la práctica, esto se traduce en coordinación entre instancias, regulación efectiva de actividades turísticas, participación comunitaria real y un modelo económico que no reduzca el patrimonio a una lógica extractiva. Cuando estos mecanismos se debilitan, los problemas no desaparecen: se acumulan en silencio hasta hacerse visibles. No es importante pensar ahora solo para dar una buena imagen ante el mundial que se avecina, es relevante por el desarrollo integral de la zona arqueológica, las comunidades vecinas, los visitantes nacionales y extranjeros, que merecen seguir disfrutando de este patrimonio de la humanidad.
Durante años se han señalado vacíos regulatorios y zonas de opacidad. La permisividad frente al comercio informal invasivo, los servicios no regulados y la ocupación desordenada del espacio han configurado un entorno donde el desorden deja de ser excepción para convertirse en norma. No se trata únicamente de reglas que no se cumplen, sino de reglas que no se aplican —o que, en algunos casos, simplemente no existen—. Cuando las decisiones se concentran y los beneficios se distribuyen de forma desigual, el vínculo entre patrimonio y comunidad se debilita.
Pensar el futuro de Teotihuacán implica replantear el modelo: recuperar el orden sin excluir, dignificar la experiencia turística sin precarizar a quienes viven de ella y restituir el sentido del sitio como espacio cultural vivo, no como territorio en disputa.
Porque cuando el patrimonio se gestiona sin comunidad, sin límites claros y sin una ética compartida, deja de ser un legado protegido… y la grieta deja de ser metáfora para convertirse en realidad.


Nubia Martínez
Nubia Minerva Martínez Martínez como gestora cultural se especializa en herramientas diversas para el diseño y elaboración de proyectos sociales, culturales y ambientales, gestión de calidad en la implementación, así como en los
instrumentos de medición de resultados. Los proyectos culturales requieren a la par de una óptima elaboración, un enfoque de rentabilidad y sustentabilidad, son estos elementos en lo que también acompaña a los emprendedores y organizaciones.

