Urs Jaeggi: inventor de intensidades

El artista suizo trabajó durante 24 años en México, en estancias alternadas cada medio año con Berlín, la ciudad que adoptó también como suya. A la derecha, bailando con la compañía de John Cage. (Fotografías, cortesía de Graciela Schmilchuk y tomada del video en Vimeo).

 

Pocas veces un hombre adquiere tantas formas como las que nos regala un caleidoscopio en ese juego donde cada escenario es único, diverso, colorido y lleno de sorpresas, siempre con alas. Eso fue el artista visual, sociólogo, profesor y escritor suizo Urs Jaeggi (1931-2021), fallecido el 13 de febrero de 2021 en Berlín, la ciudad que eligió para vivir, enseñar, aportar ideas y experimentos creativos de la misma manera que optó por México como vía alterna durante los 24 años que estuvo aquí para descubrirse y compartir hallazgos lo mismo en museos que en el espacio público ante su convicción de que “el arte está en todas partes”.

El nexo que estableció con nuestro país no solo provino por su relación amorosa con su pareja, la reconocida historiadora del arte e investigadora de origen argentino Graciela Schmilchuk, con quien casó en 2002; también se conectó con México a partir de sus estancias en las que ofreció un taller permanente en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda (del INBAL), así como en el despliegue de sus instalaciones, acciones poéticas y experimentos gráficos en las exposiciones Entre ahora y ahora en el Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA, 1998); De paraísos artificiales y de infiernos en la Casa de la Primera Imprenta de América (2013); Sin fronteras en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos (Puebla, 2017-2018) o en la plancha del Zócalo de la ciudad de México donde realizó la intervención poética Un pájaro en la lengua, en 2015.

Y fue tanta la alianza con sus colegas mexicanos y de otras nacionalidades que el pasado domingo 14 de marzo casi una treintena de artistas y académicos le rindieron un homenaje póstumo virtual con la lectura de sus reflexiones, pensamientos y juegos contenidos en el libro Arte por todos lados, ensayos y proyectos (Universidad Autónoma del Estado de México, 2013).

 

El escritor junto a Graciela Schmilchuk en una lectura poética; a la derecha, un aspecto del homenaje póstumo virtual que encabezó la compañera de Urs junto a los artistas e investigadores Mónica Castillo, Esther Cimet, Tania Solomonoff y José Miguel González Casanova, entre otros.

 

Primero con un orden establecido de lectores, luego con una rica desbandada de frases, la sesión en el mediodía dominguero contó con la presencia de Graciela Schmilchuk, Luis Felipe Ortega, Mónica Castillo, Fred Neuhouser, Ana Garduño, Alberto López Cuenca, Tania Solomonoff, Néstor García Canclini, Lourdes Grobet, Sergio Martínez, Esther Cimet, Bernardo Bernal, Ana Rosas Mantecón, Teresa Márquez y José Miguel González Casanova, por citar algunos. Un segundo tiempo virtual se desplegó en un creativo desorden propuesto por González Casanova, artista y docente siempre motivado por el color de la experimentación en sus proyectos y en sus clases.

El juego de lectura sin pauta establecida resultó tal y como le hubiera gustado a Urs: caos efectivo de palabras que motivó la sonrisa de varios presentes virtuales que deletreaban a veces con calma y tono apaciguado, otros como en catarata exaltada, aquellas palabras que constituyeron los pilares de Jaeggi:

Hago, amar, haces, crear, ¿qué? matar, el hombre, odiar, hacen, un ser puede, destruir, imperfecto, perseverancia, oír, sonidos, ver, imaginarios, fantasía, peligroso, frontera, posible, universos nuevos, inventar, vivir tampoco, ideas, mejor, audacia, oler, cerebro, ciego, pirámides, dioses, infiernos imaginarios…

Así, voces de mujeres y hombres surgieron en medio de ruidos, ecos, onomatopeyas y distorsiones para crear una experiencia sonora, un coro de voces en una lectura libre de cuatro minutos y medio, trabajada por el artista sonoro Kiyoshi Osawa. Resultó un homenaje póstumo bastante fiel a la experimentación ejercida por Jaeggi durante décadas y que la misma Schmilchuk ha definido en otros contextos: (Urs) “explora, avanza, retrocede, lee, tantea, piensa, reitera, crea. Así lo escuché caracterizar apasionadamente la manera de hacer jazz de Thelonius Monk y pensé y pienso que es su propio modo”.

 

José Miguel González Casanova y Kiyoshi Osawa, artífices de la pieza sonora que se confeccionó de manera virtual en homenaje a Jaeggi a partir de la lectura de una veintena de artistas de los conceptos y las reflexiones del extinto autor.

 

En una semblanza de 2011 escrita para la revista Humboldt del Instituto Goethe, la periodista Anne Huffschmid subraya la pasión temprana de Urs por la poesía y la pintura, sofocada desde niño por su condición de zurdo, y el aborto de sus estudios en una Escuela de Artes y Oficios por la opción de un empleo bancario, primero, y el estudio de la sociología en la Universidad Libre de Berlín, después. En este ámbito fue donde obtuvo los primeros reconocimientos con la profusa acogida de su libro Poder y gobierno en la República Federal de Alemania del que se han vendido más de 400,000 ejemplares y por el que fue situado como “uno de los generadores de ideas del movimiento estudiantil de los años 60”, según la agencia Dpa.

Oriundo de la barroca ciudad suiza de Solothurn, Jaeggi se consideraba “un autodidacta con estudios” que transitó entre la economía y la historia del arte, entre la madera y el hierro, la pintura y el dibujo, la poesía y la filosofía lo mismo en Ginebra, Berlín, Berna y Nueva York. Escribió la novela autobiográfica Brandeis (1978), que junto con Grundise y Rimpler integraron la trilogía sobre sus reflexiones del 68 europeo.

 

Performance en el marco de la exposición De paraísos artificiales y de infiernos, en la Casa de la Primera Imprenta de América de la UAM, Centro Histórico de la CDMX, 2013. A la derecha una de las obra de Jaeggi expuestas en la Galería Carpentier, Berlín, 2018.

 

El arte para él fue “una tarea inmensa”. En el apartado Creatividad, del volumen citado que publicó la universidad mexiquense, el propio Jaeggi cita de memoria algo que escribió el escritor irlandés Samuel Beckett: “Vivir e inventar. Lo entiendo. Debí intentarlo. Inventar. No es la palabra. Vivir tampoco. ¿Entonces qué? Necesitamos: imaginación, ideas, perseverancia, saber, habilidad, audacia. Y, cuando hace falta, impertinencia”.

No se consideraba rehén de una técnica ni de un estilo artístico. “No trabajo para el mercado, mis proyectos varían de acuerdo con los problemas que me acosan, me invaden, me sorprenden. Buscar, transformar, arriesgar, cuestionar, realizar: ¿qué hago, qué quiero, qué puedo?”, escribió para su exposición Sin fronteras, conformada por instalaciones, intervenciones, dibujos, fotos, arte objeto, collages y pintura en torno de los ferrocarriles, los vagones, los durmientes, los fierros acumulados en el olvido. Sus intereses tenían tal rango de amplitud que en este caso viajaban de la belleza de las máquinas hasta su reflexión sobre un sistema de transporte menospreciado y desechado en México; por los trabajadores ferrocarrileros, los usuarios, los flujos humanos, las migraciones.

Se encantaba con la enorme labor de escribir y citar a pintores, pensadores y poetas: de Francis Bacon y Jacques Derridá a Octavio Paz, Henri Michaux, Immanuel Kant y el Guernica de Picasso; se afanaba en disertar sobre el objeto, la belleza libre, el acto de mirar, la herida, el silencio y el vacío. Se embelesaba con tal filo crítico pero amoroso del espacio público que lo ocupaba a partir de la palabra y el cuerpo. Su intervención en el Zócalo de la ciudad de México (abril de 2015) lanzaba mediante megáfonos los poemas de Borges y Paz. “Nos entrometemos, nos involucramos. Eso tienen que hacer las acciones artísticas”, afirmaba sobre sus proyectos para los cuales no solicitaba permisos oficiales pero sí se alimentaba de la sorpresiva irrupción de payasos y batucada en festiva manifestación en el corazón de la disidencia o la alabanza política, la fe católica y también de la prueba fehaciente de la desocupación laboral.

 

Instalación de la muestra Sin fronteras en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, Puebla, 2018. A la derecha, aspectos de la intervención poética Un pájaro en la lengua, en el Zócalo de CDMX, abril de 2015.

 

En un cálido obituario, Florian Neuner señala en el diario Junge Welt la capacidad de invención de Jaeggi en su tránsito poliédrico por la docencia, la sociología, la literatura y las artes visuales, así como el giro multiplicador que dio a su escritura que pasó de los rasgos estrictos de la academia hacia la experimentación en la poesía y la prosa que también afinó con libertad en su asidero visual que contempló gráfica, escultura, instalaciones, pintura y acciones en el espacio abierto. Afirma Neuner que seguramente sus desplazamientos entre Berlín y México lo mantuvieron joven hasta el ocaso de su vida. También el amor por el juego, añadimos aquí.

Graciela Schmilchuk anunció la partida de Urs de manera sucinta en su muro de Facebook: “El sábado 13 de febrero, simplemente dejó de respirar en un hospital de Berlín, Urs Jaeggi (89 años), mi amor, mi esposo (…) Supo ganarse muchos afectos en sus 24 años de vivir en México cada mitad de año. Preparaba una gran exposición en Berlín para festejar sus 90 años en 2021”.

El sepelio se fijó el jueves 18 de marzo en la capilla laica del Panteón de San Mateo, en Schöneberg, Berlín, sitio en donde también reposan los restos de los hermanos Grimm. Habrá música con sax, un extracto del video de Maj Britt Jensen (2013) en donde el artista baila acompañado de los acordes de John Cage y las palabras tanto de Schmilckuk como de Jacob, el nieto quinceañero de Urs, y de su hija Rahel. Si no los sorprende la lluvia, un vino los reconfortará junto a la urna y la tumba de quien escribió en uno de sus últimos poemas:

 

tenderse sobre la espalda

a veces basta para ver un río

con los ojos cerrados.

 

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