
Si nuestras vidas se rigen por sexenios, también tienen sentido cada cuatro años en que se alumbra el mundial de fútbol. Los balones se imponen incluso sobre las justas olímpicas. Y si bien la gimnasta Nadia Comăneci me sigue gustando en los videos de sus hazañas, ahora como mujer de mi edad añoraría invitarla a ver un juego de beisbol en mi cantina favorita, el Salón Palacio.
El caso es que al encandilarme con la película México 86 (Netflix) dirigida por Gabriel Ripstein, sin duda entretenida -aunque dudo que la veracidad de la trama del pasado en la perspectiva actual les dé motivo a sesudas reflexiones a las viejas y nuevas generaciones- me fui a otro extremo. En paralelo a la historia protagonizada por Diego Luna y Daniel Giménez Cacho, venía a mi mente lo que me hizo un niño futbolero hasta que la balanza se inclinó por el Rey de los Deportes, con los paréntesis obligados pasados los 40 años por la pasión futbolera de mi hija Mariana.
La influencia definitiva por el balompié se dio en la primaria del Colegio Cristóbal Colón, en esos años 60 ubicado en la colonia San Rafael. Jugabas fut o te convertías en un niño extraterrestre, ya que las niñas era un bien terrenal reservado al Instituto Anglo Español. Para los hermanos lasallistas el patio de recreo era para rodar balones, lanzar puñetazos, ensimismarse en el intercambio de estampitas, presumir canicas o bien hacerse de un rincón para comer el refrigerio sin la amenaza de los grandulones que asaltaban hambrientos al que se dejara del primero al sexto grado.
Justamente en el salón teníamos dos tipos de canchas. Una se montaba sobre dos pupitres vecinos. Con los dedos índice y pulgar se armaba la portería mientras que el dedo medio era el portero en tanto el único jugador del equipo contrario disparaba la bolita de papel ensalivado con el dedo medio apoyado en el pulgar. Pese a la cercanía de los contrincantes las goleadas no eran comunes. El papelito debía cruzar el pasillo que partía en dos el terreno de juego.
La otra cancha era para entrenamiento. Como me tocaron salones grandes, con que uno llevara balón, los profes eran benevolentes para unas rondas de cabecitas. El chance venía al cambio de materia y más cuando era de maestro. Esos minutos sabían a gloria como era común que algún compañero soltara el llanto al ser golpeado por la pelota en el rostro.
De la escuela a la calle había un paso y seguro. La cascarita. A media tarde. Larga y anchísima la cancha de banqueta a banqueta apenas invadida por algunos autos. La portería y el centro marcados con gis blanco. Cada portero tenía la responsabilidad de avisar si venía carro, pues eran calles de doble sentido que después lo fueron de uno, al menos en mi rumbo de Villa de Cortés. Espacio generoso en el que también cabían el “tochito” americano como de beisbolito. Los de la cuadra fuimos una pandilla a todo dar.

El niño futfanático que fui portó el uniforme del Atlas, quería ser un narrador como Ángel Fernández, devoraba las páginas deportivas del periódico Excélsior que llegaba a casa y se detenía en el puesto de periódicos a leer los titulares del Esto. Pero donde resultó un campeón fue en el futbolito de mesa. Solo o en pareja, en las barras delanteras o en las de defensa, hacía golpear la bolita blanca -aquí en mi memoria el tronido contra la madera- una y otra vez en la portería contraria. Y llenaba la cajita de monedas de cobre para una ronda tras ronda de juego -otro sonido inolvidable-.
La secundaria en el Colegio Cristóbal Colón, ya en el enorme campus de Lomas Verdes, al influjo de mi hermano Carlos Ricardo -y por supuesto de mi padre siempre beisbolero pero respetuoso del gusto por el balón- me definió por el mero rey digan lo que digan los demás. Me enrolé a la liga lasallista y después en la Maya. Nos tocó el esplendor del Parque Delta con los Tigres y los Diablos. En fin. Mi vida se llenó de diamantes de aquí y de Estados Unidos.
Una lealtad alternada desde que, a los cinco años, Mariana decidió por su gusto, que era creyente del dios redondo. Al menos tres lustros fui su incansable acompañante en torneos, promotor de su formación y por ella se hizo costumbre ir al estadio Azteca. Su elección por el América la documentó, nada tuvo que ver conmigo ni con la propaganda televisiva.
El mundial futbolero no me resta juegos de la pelota caliente.

Eduardo Cruz Vázquez
Eduardo Cruz Vázquez periodista, gestor cultural, ex diplomático cultural, formador de emprendedores culturales y ante todo arqueólogo del sector cultural. Estudió Comunicación en la UAM Xochimilco, cuenta con una diversidad de obras publicadas entre las que destacan, bajo su coordinación, Diplomacia y cooperación cultural de México. Una aproximación (UANL/Unicach, 2007), Los silencios de la democracia (Planeta, 2008), Sector cultural. Claves de acceso (Editarte/UANL, 2016), ¡Es la reforma cultural, Presidente! Propuestas para el sexenio 2018-2024 (Editarte, 2017), Antología de la gestión cultural. Episodios de vida (UANL, 2019) y Diplomacia cultural, la vida (UANL, 2020). En 2017 elaboró el estudio Retablo de empresas culturales. Un acercamiento a la realidad empresarial del sector cultural de México.

