
Para Dante Salgado y Pablo Casas
Lo recuerdo postrado en su cama. Eran los primeros años de la década de los noventa. Los gruesos armazones de pasta dura apenas eran suficientes para soportar el peso de sus densos lentes que resaltaban la profundidad de su serena mirada de color azul. Don Jaime había sufrido una severa caída, si no mal recuerdo, saliendo del palacio municipal de Tuxtla Gutiérrez, su tierra. Esa condición lo mantuvo en su lecho algunos años, hasta su fallecimiento en 1999.
La faena se repetía cada dos meses, justo el tiempo que nos daba para preparar cada uno de los 26 ejemplares de la revista-plaquette monográfica de poesía, Cuarto Creciente. Aquella iniciativa independiente que encabezó Dante Salgado y a la cual nos sumamos Pablo Casas y yo, tenía como objetivo publicar algunas de las incipientes plumas de la generación de los sesenta, aunque entre los autores que logramos publicar se sumaron otros ya reconocidos, como nuestro querido amigo, Efrain Bartolomé, paisano de Sabines, y el chileno Hernán Lavín Cerda. La edición venía acompañada de una serie de viñetas también seleccionadas de artistas visuales de nuestra generación.
Aunque había tenido la oportunidad de conocerlo tiempo atrás, dada su cercana amistad con mi abuelo Andrés, no fue hasta esos encuentros cuando disfruté realmente de su presencia y cuando logré encontrarme con el poeta. En la puerta de su casa, al sur de la Ciudad de México, nos recibía su hijo Julio que nos conducía a la habitación que servía como la sala de encuentro de Jaime Sabines. Solía estar acompañado de alguno de sus paisanos o parientes. No perdía el sentido del humor ni las ganas de fumar a pesar de su estado. Recuerdo que en alguna de esas visitas, uno de sus sobrinos le acercó una placa de acero. Tío, le dijo preocupado por su salud, mantenla dentro de tu cajetilla de Delicados, el efecto de la nicotina se reducirá a la mitad. Qué considerado eres hijo, replicó Don Jaime de manera condescendiente, ahora podré entonces fumar dos cajetillas y no solo una.

Sabio y generoso. Don Jaime nos abría las puertas de su hogar para recibir cada uno de los ejemplares de Cuarto Creciente que poníamos en sus manos. Durante ese par de horas que nos dedicaba cada dos meses, recibimos varias lecciones no sólo sobre poesía, sino sobre la vida. Recuerdo que en una ocasión nos platicó la manera en que logró escribir “Los amorosos”, ¿acaso el más logrado de sus poemas? Trabajaba en la tienda de telas de su padre en Tuxtla Gutiérrez. Las largas y en ocasiones tediosas horas de la jornada, procuraba dedicarlas a la poesía. Fue así que un día se propuso escribir un soneto diario durante un mes. Cuando tuvo los treinta poemas en sus manos, los leyó todos, los rompió, los tiró a la basura, y haciendo a un lado la estructura del soneto, con un solo impulso, como si le dictara una voz divina, escribió en verso libre uno de los poemas más destacados de la literatura mexicana.
Me atrevo a hablar por ellos. Había coincidido con Dante, excelente poeta y hoy en día rector de la Universidad Autónoma de Baja California Sur y con Pablo, brillante abogado experto en derecho aeronáutico, en la facultad de Derecho de la UNAM. Construimos entonces una especie de hermandad basada en nuestra pasión por la literatura. El Recuento de poemas fue nuestro libro de bolsillo. Aunque a la distancia, mantengo aún con ellos una profunda amistad. Don Jaime era nuestro guía, nuestro mentor, la figura que nos inspiraba no sólo porque se trataba de un poeta de nuestra época, sino por la nobleza que lo caracterizaba.
Cuando tuve la oportunidad de descubrir al poeta, me encontré con un estilo muy sencillo, pero no por eso dejaba de ser profundo. Alguna vez escuché a mi abuelo decir: “Jaime Sabines dice lo que uno ya había pensado pero no había podido decirlo“. Y es cierto, su poesía es tan sencilla que paradójicamente su urdimbre se vuelve sumamente compleja. En ese sentido sus versos son directos y tocan temas muy comunes; son el reflejo de la pasión humana, como la soledad, la dicha, el amor y la muerte.
Este 25 de marzo se conmemora el centenario de su nacimiento. Jaime Sabines, no obstante, sigue vivo entre nosotros: porque no escribió para la eternidad, sino para el instante en que alguien, sin saberlo, necesita de sus versos. Sabines nos enseñó que la poesía no está en lo extraordinario, sino en lo cotidiano; en la manera de mirar lo que duele, lo que se quiere, lo que se pierde. Y tal vez por eso, cada vez que volvemos a él, no lo leemos: nos leemos. Y comprendemos que hay sentimientos que uno no sabe de cierto, pero suponemos.
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Andrés Webster Henestrosa
Andrés Webster Henestrosa es Licenciado en Derecho por la UNAM con maestrías en Políticas Públicas y en Administración de Instituciones Culturales por Carnegie Mellon University. Es candidato a doctor en Estudios Humanísticos por el ITESM–CCM, donde también ha sido docente de las materias Sociedad y Desarrollo en México y El Patrimonio cultural y sus instituciones. Fue analista en la División de Estudios Económicos y Sociales de Banamex. Trabajó en Fundación Azteca y fue Secretario de Cultura de Oaxaca. Como Agregado Cultural del Consulado General de México en Los Ángeles creó y dirigió el Centro Cultural y Cinematográfico México.

