
Desde hace más de cuatro décadas visito San Cristóbal de Las Casas. Me lleva el cuidado de la tumba de mis bisabuelos paternos. La responsabilidad conferida por mi padre la tomé siendo un joven universitario de 19 años, cuando fui por primera vez a la cabecera de Los Altos debido a una encomienda académica. El hermoso mausoleo que ordenara mi abuelo Manuel Encarnación Cruz Acuña sobresale en el conjunto del camposanto, hasta ahora el único panteón del ya enorme municipio.
Era 1980. El sepulcro acusaba el abandono de muchas décadas. El abuelo Damián fue sepultado en 1905, la abuela María Antonia en 1913. La familia se extinguió en su terruño y solamente el abogado Manuel Encarnación dejó Chiapas en plena Revolución. Descubrir el Sagrado Corazón coronando la sepultura esculpida en mármol de carrara por el artesano italiano Reynaldo Guagnelli con despacho en la calle de Tacuba en el centro de la Ciudad de México, cuya firma se aprecia en uno de los escalones, sigue conmoviéndome en cada visita. Conservo la documentación que constata las implicaciones de tan amoroso repositorio.
Estoy más allá de la mirada nostálgica que añora la pérdida de los olores, las texturas y los ambientes de San Cristóbal en los años 80, en verdad tan bellos. Me ubico como testigo del largo peregrinar de los cambios propios de su diversidad indígena, del irrefrenable como costoso crecimiento urbano al que ha sido condenado el lugar, de la sobresaliente saga histórica, del encomiable desarrollo académico que le curte y de la atracción sin tacha que conserva la región en los turistas, sobre todo, extranjeros.
Cada año constato también el imparable deterioro social, la espiral de conflictos irremediables por su mala raíz, el azote de la violencia, el incesante daño patrimonial como natural del pueblo y su entorno y la sobreexplotación comercial que en el cambio de uso de suelo como en el turismo a mansalva tiene magníficos negocios. Hay dos casos que sobresalen en la larga racha de malos gobiernos -tanto municipales como estatales- y que son a la vez ejemplo de la corrupción que no cesa de lubricarlos sin que se oponga resistencia alguna a los poderes fácticos que los mantienen a sus anchas.

En aquellos años 80, el parque donde se ubica el templo de Santo Domingo y la iglesia de La Caridad era eso, un parque con un quiosco, jardines y bancas. Los artesanos de las distintas comunidades acudían los fines de semana a vender sus productos. La proximidad con el mercado -que lleva lustros operando en ruinas- lograba una combinación mística. Con el esmero de la capacidad destructiva del dinero, la plaza fue paulatinamente invadida, cubierta por lonas para convertirle en un espantoso e insalubre tianguis, donde lo típicamente chiapaneco -cada vez más escaso- se mezcla con copias industriales, otras que provienen del contrabando vía Guatemala y con baratijas que demeritan la pluralidad cultural del estado.
El otro ejemplo se mira al caminar. Las principales calles apiñan la gama de comercios, no pocas casonas fueron alteradas en su arquitectura y muchas más se sustituyeron con diseños modernistas emparentados con lo colonial. Los residentes del centro han sido expulsados por la presión empresarial y han migrado a nuevos fraccionamientos que arrasan con los bosques que eran emblema del paisaje y del ecosistema.
En el colmo de los procesos traumáticos sin cura que vive San Cristóbal, se suma que no caben más muertos en el panteón. Esto ha dado lugar a una disputa entre las familias por hacerse de un espacio para la sepultura de sus seres queridos. No hay más terreno para donde crecer. Tal presión ha puesto en riesgo el valor patrimonial del cementerio, donde se estiman en más de cien los monumentos con valor histórico, entre ellos el de mis bisabuelos, el cual ya ha sido objeto de daños.
Paneo desde el quiosco de lo que fue un hermoso parque.
Se ha dado una reordenación del panteón para ganar nichos en tanto la nueva sede, ubicada en la carretera hacia Comitán, comienza a operar. La delicada situación impone que las autoridades municipales, estatales y federales, en este caso el INAH, den paso a la promulgación de la declaratoria de protección al cementerio como bien patrimonial. Hay que salvar los sepulcros de los muertos que llegaron hace montones de años y dar garantías a su preservación. Esto incluye a docenas de capillas cuyos ingeniosos diseños dan un toque surrealista al camposanto.
En el arco que identifica la puerta fundacional de acceso, se puede leer: “Epitafio. La vida es una ilusión, la muerte es la realidad, aquí comienza el reino de la verdad. Respetad mortales este recinto”.






Eduardo Cruz Vázquez
Eduardo Cruz Vázquez periodista, gestor cultural, ex diplomático cultural, formador de emprendedores culturales y ante todo arqueólogo del sector cultural. Estudió Comunicación en la UAM Xochimilco, cuenta con una diversidad de obras publicadas entre las que destacan, bajo su coordinación, Diplomacia y cooperación cultural de México. Una aproximación (UANL/Unicach, 2007), Los silencios de la democracia (Planeta, 2008), Sector cultural. Claves de acceso (Editarte/UANL, 2016), ¡Es la reforma cultural, Presidente! Propuestas para el sexenio 2018-2024 (Editarte, 2017), Antología de la gestión cultural. Episodios de vida (UANL, 2019) y Diplomacia cultural, la vida (UANL, 2020). En 2017 elaboró el estudio Retablo de empresas culturales. Un acercamiento a la realidad empresarial del sector cultural de México.

