
Fútbol y cultura, la oportunidad del reencuentro
Los mexicanos vivimos lo extraordinario. Días que supieron a dulce tregua, un respiro más que merecido en nuestras tierras. Dejamos de preguntarnos y poner el foco en las filias y fobias partidistas, y comenzamos a organizar algo que sabe hacer muy bien el país “el festejo futbolero”. Las plazas volvieron a llenarse de familias, desconocidos se abrazaron como viejos amigos, las calles se poblaron de cantos y banderas, por un instante dejamos de atender las diferencias que nos separan para celebrar aquello que todavía nos une. El pretexto fue el fútbol, pero lo que realmente apareció frente a nosotros fue algo mucho más profundo: la capacidad de reconocernos nuevamente como comunidad.
México volvió a ser sede de un mundial, y se pudo entonces mostrar el rostro amable, cálido y hospitalario que distingue a nuestra gente, con esos gestos capaces de conmover al mundo entero. Para el mexicano, el fútbol no es solo un balón rodando, ha sido y es, la oportunidad de volver a ocupar el espacio público con alegría, el ritual de cantar juntos, de abrazar desconocidos, de reconocernos como parte de un mismo país e incluso, ciudadanos del mundo. Este mundial fue la posibilidad de reconstruir nuestros vínculos, de tejer amorosamente nuestro tan fragmentado tejido social.
El fútbol puede entenderse también como cultura. No únicamente porque forma parte de nuestras tradiciones o de nuestra identidad, sino porque crea símbolos compartidos, lenguajes comunes, rituales de encuentro y experiencias capaces de contener, aunque sea por un instante, las tensiones de una sociedad diversa.
En un país donde la conversación pública suele desarrollarse entre descalificaciones, sospechas y agravios, esa experiencia unificadora merece ser observada con atención. No porque el deporte resuelva nuestros problemas, ni porque la euforia de una victoria borre las heridas acumuladas, sino porque nos recordó que la cohesión social no es una utopía. Existe. La hemos vivido. Sabemos cómo se siente.
Conviene preguntarnos -antes que nos induzcan nuevamente los discursos separatistas y la narrativa del odio – ¿qué fue exactamente lo que durante unos días hizo posible que nos reconociéramos otra vez como una sola alma? Conviene detenernos un momento antes de volver a la rutina, antes de que las redes sociales recuperen el ritmo del enfrentamiento permanente y la política vuelva a reducir al otro a un adversario. Conviene preguntarnos, ¿qué hizo que millones de personas compartieran el espacio público con alegría, hospitalidad y un renovado sentido de pertenencia?

Foto: imagenradio.com.mx
Es cierto también, que la celebración no ocurrió en un país exento de contradicciones y problemáticas -por más que diariamente se empeñen en vendernos la fantasía de “Mexicalandia”-, pues mientras millones de personas salían a las calles para abrazarse alrededor de una camiseta, otras salían para exigir justicia; colectivos de búsqueda con la esperanza de encontrar verdad, justicia y empatía, generar una visibilidad y un reconocimiento que les ha sido negado, aumento la intensidad de los despojos a comunidades indígenas, los desplazamientos forzados para implementar proyectos ecocidas; integrantes del magisterio mantenían sus movilizaciones en defensa de sus derechos, hospitales que sufrieron el ya sabido desabasto, así como despidos masivos en algunas instancias.
Las emociones se desbordan, hubo irresponsabilidades graves en los festejos por parte de algunas personas, provocando accidentes e incluso muertes, sin embargo, esto también deja en evidencia, las omisiones e ineficiencia del gobierno de la Ciudad, para acompañar los procesos sociales, pintándose así de cuerpo completo, como uno de los más ineficientes en los últimos años, pues queda de manifiesto, su falta de previsión y visión, en una logística deficiente ante la magnitud del evento.
La vida en sociedad, el fortalecimiento del tejido social, requiere de experiencias compartidas. Generamos sentido alrededor de símbolos y celebraciones, necesitamos construir relatos y espacios que nos apoyen a sentir pertenencia. Los ciudadanos construimos en conjunto de manera cotidiana, las condiciones de confianza, respeto y cooperación que sostienen la vida en comunidad. No basta con esperar que el clima político mejore o que las instituciones comprendan que instrumentalizar, manipular y apropiarse de la vida común o peor aún convertirlos en instrumentos de confrontación no nos llevará a buen puerto.

Foto: elpaís.com
En esta ocasión el fútbol fue el detonante, pero el legado de estas semanas no debería medirse en resultados deportivos, porque una nación no se fortalece únicamente cuando gana un campeonato; se fortalece cuando descubre que todavía puede encontrarse con ella misma. México tiene ahora la certeza de que aún somos capaces de construir la vida juntos y reconocernos como parte de una historia común, incluso en la compleja dicotomía de la alegría y el dolor, el conflicto y la esperanza.
Sería lamentable que, apenas termine la fiesta, volvamos a instalarnos en la lógica del resentimiento y la división. Lo que descubrimos merece algo más que la nostalgia de un buen torneo: merece convertirse en una práctica cotidiana de ciudadanía y en una prioridad para nuestras instituciones, ya que la cohesión social no aparece por decreto, pero tampoco surge por accidente; se cultiva, se protege y se fortalece todos los días, y ella debería de ser la principal ocupación de gobernanza democrática, facilitar esos procesos, en lugar de la siembra diaria de la confrontación.
El juego del que ahora podemos seguir participando, queda fuera de la cancha, pero es aún más relevante; el de sostener la confianza y la convivencia, consolidar la apropiación pacífica de los espacios públicos, el seguir regenerando nuestros vínculos. Todo ello constituye el capital cultural, el poder simbólico de nuestra nación, ningún proyecto político debiera dividir, sino proteger para fortalecer.
Si algo demostraron las celebraciones que vivimos, es que poseemos una extraordinaria capacidad para construir comunidad. El desafió real consiste en comprender las problemáticas que nos atraviesan como país, compartir y asumir la parte que nos corresponde para actuar en consecuencia, porque el odio y la separación no son un destino inevitable.
Nubia Martínez
Nubia Minerva Martínez Martínez como gestora cultural se especializa en herramientas diversas para el diseño y elaboración de proyectos sociales, culturales y ambientales, gestión de calidad en la implementación, así como en los
instrumentos de medición de resultados. Los proyectos culturales requieren a la par de una óptima elaboración, un enfoque de rentabilidad y sustentabilidad, son estos elementos en lo que también acompaña a los emprendedores y organizaciones.

