Alimentos y nutrición con cultura propia;
Apuntes del (des)confinamiento

De aguas químicas llenan los intereses económicos nuestras tierras. (Imagen tomada de la revista semana.com).

 

La seguridad alimentaria es una farsa como muchas otras “seguridades” que promueven las sociedades oligárquicas. Son única y exclusivamente negocios, poner a su disposición nuestros recursos, las áreas naturales “protegidas”, las economías, la salud y las bioculturas para enriquecer a terceros y las leyes del mercado de un sistema financiero voraz y destructivo que no beneficia a ningún ser vivo ni al planeta Tierra en sí. Pero ¿qué tiene que ver la seguridad alimentaria con la cultura o, mejor dicho, las bioculturas?

La biodiversidad y la diversidad cultural son indivisibles y consustanciales desde el origen de la vida misma. Por tal motivo, somos bioculturas y personas o individuos bioculturales, porque somos un todo que dimensiona estructuras biológicas, económicas, sociales, ecológicas, políticas, organizacionales, psicológicas, cognitivas, simbólicas, tecnológicas, artísticas y en suma culturales desde el espacio y el tiempo histórico que pasan por nuestro presente hasta un mañana próximo y un futuro muy lejano.

Si el eje u objetivo es sólo económico o mercantilizar la vida de forma tan brutal como es el principio de la denominada “seguridad alimentaria” como término exclusivamente de mercadotecnia económica-política, se rompe el equilibrio biocultural para generar riquezas a grandes empresas y transnacionales. Es decir, mucho dinero y más dinero para muy poquitas familias que se adueñan de amplios territorios silvestres y de naturaleza salvaje, de zonas prístinas o santuarios naturales custodiados y correctamente digamos administrados, por comunidades endémicas o indígenas de saberes ancestrales, respeto, armonía con el entorno y protección del líquido vital, el agua. Las grandes perdedoras de esta demencial ignominia de la “seguridad alimentaria” que corrompe y destruye las bioculturas son tu persona y tu familia.

Es así que la agroindustria y la agroforestería con sus “desarrollos” transgénicos, agrotóxicos y pesticidas o plaguicidas como el glifosato para una sobre producción de granos, cereales, verduras, frutas, carnes, pescados, entre otros productos; no alimentos, porque en su proceso industrial para ser líderes de ventas y romper la cuota los vuelven únicamente comestibles que no nutren, sólo satisfacen el apetito o el hambre por más disque “nutrientes” ultra procesados que les adicionan que no alimentan ni favorecen el crecimiento saludable de las personas, así como de los mismos animales que les dan esas alteraciones de productos para comer que después consumimos. Sólo generan adicción. Y, además, deterioran y rompen el tejido social o biocultural de las comunidades sin favorecer sus economías ni la de tu bolsillo, porque tendrás que gastar en medicinas, hospitalización, enfermedades degenerativas, comorbilidades y un largo etcétera; en lugar de invertir en salud si de gobiernos y políticas públicas de Estado se trata. Se elimina la cultura de la prevención socavándola por la cultura del sobre consumo tóxico y anti nutritivo.

 

Criaderos de truchas o de otros pescados como el basa, la tilapia y el salmón, a cualquier costo social. Aumentan las granjas en estanques, incapaces de producir especies de calidad alimentaria. (Imagen tomada de elproductor.com).

 

La O por lo redondo

Todo es cultura o bioculturas aunque hablemos de “seguridad alimentaria” y su farsa. Ahora brevemente pasemos a la cocina o lo culinario, lo que alimenta o nutre y no solamente es comestible o que sepa bien y sabroso. En la diversidad mexicana como en todas las bioculturas, el desarrollo culinario implica muchos valores de gran profundidad que van más allá del delicioso acto cultural y biológico de comer y beber para quienes tienen la fortuna de hacerlo tres veces cada día hasta echar panza. Estos valores en la comida son lenguajes, campesinos, pescadores, tierra, agua, naturaleza, sanación, recuperación, aprendizaje, amabilidad, conciencia, genética, tradiciones, usos y costumbres; BIOCULTURAS así en mayúsculas. Valores comunitarios y de familia que no sólo es entre humanos, sino hacer comunidad con la naturaleza, los recursos que nos ofrece para la vida, sostenernos responsablemente a través de saberes ancestrales, respeto por la vida, que no tienen absolutamente nada qué ver con la agroindustria y sus trampas de “seguridad alimentaria”.

Es por esto que lo culinario erróneamente llamado gastronomía es cultura, biocultural, donde la cocina mexicana tiene una gran variedad de alimentos como el maíz, entre otros recursos endémicos que México ha brindado al mundo junto con su diversidad de comidas-bebidas en cada una de las latitudes de nuestro territorio por nuestra rica diversidad biológica y multiculturalidad, el cual incluye nuestro gran privilegio de estar rodeados de grandes mares que, en todo su conjunto, históricamente nos ofrecen recursos para nutrirnos. De nosotros depende cómo alimentarnos, qué salud obtener, qué economías impulsar, cómo lograr una auto sustentabilidad alimentaria, qué productores apoyar y cómo cuidarnos a nosotros mismos y nuestras familias culturalmente hablando.

 

Litografía Tortilleras (1826), de Claudio Linati (Ducado de Parma 1790-Tampico, México 1832) en Costumes Mexicains. (Imagen tomada de artesdemexico.com).

 

Desagraciadamente persistirá la agroindustria, su ignominia, su comida chatarra, bebidas azucaradas, la depredación de ecosistemas y de tejidos sociales, la extracción y contaminación del agua, con el fin de cumplir esa nociva cultura aspiracional de adquirir productos, no alimentos, en negocios de comida rápida, grandes supermercados y consumir marcas que satisfagan un estatus o presunción social a costa de nuestra salud y nuestras economías internas, de la agroecología, de los pequeños productores y comerciantes como chinamperos, mercados, tianguis, recauderías, fondas, cocineros, mayoras y toda esa cultura comunitaria y culinaria que se despliega en pueblos, barrios, colonias y grandes ciudades pero que no cumple ninguna aspiración o mercadotecnia salvo la de la sensatez de nutrirse, hacer comunidad, conciencia socioambiental y hacer cultura más allá de la farsa ordenanza de que no es higiénico ni buenos productos ni nutre ni genera riquezas para nuestro país ni cumple con la “seguridad alimentaria”.

Si bien es cierto que, la sobrepoblación es un tema muy delicado en términos de alimentación, no se traduce que solamente la agroindustria sea el único camino viable y omnipotente para resolver, habrá también que ir más atrás, a una educación cultural de la sexualidad y la reproducción que rompa con los cánones de la falsa moral y la perniciosa idea de “los hijos que Dios me dé” Quizás así y, con todo lo anteriormente expuesto, cuándo reconozcamos la otredad empezaremos a alimentarnos y nutrirnos con cultura propia, porque el arte culinario y la cocina mexicana y universal sin pretensiones macro económicas puede ser el camino de hacer economía cultural saludable y con futuro donde quepamos todos bien alimentados y correctamente nutridos e hidratados de agua limpia. Me permito ponerlo en la mesa, buen provecho. Sigo insistiendo.

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