La cultura en Nuevo León. Introspección (1 de 2)

Nevada en Monterrey, el 9 de enero de 1967. Hoy son tiempos gélidos para la política cultural de Nuevo León. (Imagen tomada de soydemonterrey.com).

MONTERREY. La cultura puede ser comparada como una semilla, cuando es plantada con cuidado, desde temprano, con el tiempo suele brotar, florecer y dar frutos de humanidad y sensibilidad.

Así se forjó en lo personal. En la primaria Alberto Sánchez de la colonia Nuevo Repueblo, recuerdo que la maestra nos preguntó si sabíamos alguna poesía, levanté la mano con entusiasmo y la recité. Al terminar aplaudieron, les había encantado, pero todo el poema lo improvisé. También me gustaba participar en bailables folclóricos de polkas y chotis, en el foro de la escuela.

En una secundaria pública, en el corazón del barrio antiguo de la ciudad de Monterrey, en clases sabatinas, me impartió artes plásticas la reconocida artista regiomontana Rosalinda Bulnes, de quien admiré su pasión al elaborar ella misma el papel en el que realizaba su obra plástica, a base de pulpa de diversos frutos. Y con los fierros de respaldos de algunos bancos en donde se sentaban los alumnos, los fundió e hizo una ingeniosa escultura a la madre.

Fue una maestra que me enseñó amar el arte con acción y espíritu. Aprendí a no temer manchar mis dedos con acuarela, con ella expuse mis primeros trabajos en la galería del finado Museo de Monterrey Cuauhtémoc Moctezuma, allá en 1983, siendo un adolescente, y en su jardín probé por primera vez una cerveza, cuando las obsequiaban a sus visitantes.

Al periódico El Norte, le debo la mágica experiencia de haber realizado ilustraciones por computadora, con la tecnología más avanzada en aquel entonces, con lienzos y colores digitales; prácticas laborales en el Departamento de Arte y Diseño en 1989, mientras terminaba mi Licenciatura en Informática Administrativa, en la Facultad de Contaduría Pública y Administración en la Universidad Autónoma de Nuevo León, Alma Mater que me ha publicado varias antologías.

En esta brevísima retrospectiva, el arte y la cultura me han acompañado desde hace un buen tiempo, y no podía imaginar que en el futuro sería elegido por el gremio literario de Nuevo León como Consejero Vocal de la disciplina artística de literatura ante el Consejo para Cultura y las Artes de Nuevo León, CONARTE, un cargo de carácter honorario.

Sin embargo, el neoliberalismo salinista afianzado en el país en los ochentas del siglo pasado ha sido depredador de nuestros pocos espacios públicos y recursos naturales, no permitió nunca que las empresas se autorregularan, y mucho menos que estas ejercieran la responsabilidad social.

En 1994, cuando México suscribió el Tratado de Libre Comercio, no incluyó la excepción cultural para proteger nuestra cultura, como sí lo hizo su contraparte Canadá. Mis ojos han sido testigos del proceso de cómo Hollywood ha inundado la exhibición de multimillonarias producciones norteamericanas, dando el tiro de gracia al gran auge del cine mexicano.

Presencié también cómo los comics de superhéroes de DC y Marvel hicieron prácticamente desaparecer la industria de la historieta en México, lo mismo con otras industrias, convirtiéndonos en un país consumidor codependiente de productos extranjero. De esta manera, quedó restringido ser productores de nuestros propios imaginarios.

Este modelo arcaico y agotado que incrementa la exclusión, la desigualdad y la miseria, generó una “modernidad” que despreció las expresiones culturales por no ser rentables, o simplemente les puso precio, transformando al arte como un objeto cultural elitista.

La especulación mercantil reemplazó al oficio artístico, y se dejaron de impartir los cursos sabatinos de artes, música, y danza en las secundarias públicas del estado, y se eliminaron sistemáticamente las materias de artísticas, civismo y filosofía en las escuelas.

Nuestros gobiernos nos traicionaron, permitiendo que la industria cultural estadounidense desmantelara nuestra creatividad, para ahora ser maquiladores de productos made in USA. Se nos inculcó ahora que debemos desterrar el nacionalismo, y que debemos pensar ideológicamente, según las directrices de nuestro país vecino.

Como bien señala el doctor en sociología del derecho, Boaventura de Sousa Santos, “el capitalismo tiene una urgencia de someter a la lógica del mercado todo lo que existe en la vida”.

Ante este contexto, no concebimos que en Nuevo León, con una gran riqueza artística en sus municipios, la cultura se reduzca a la economía y al entretenimiento.

El Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León no puede convertirse en el respaldo de la industria del entretenimiento. La cultura es más que eso.

 

En 2018, el Colectivo Tomate lideró un proyecto de pintura mural en distintos puntos de Monterrey. Aquí uno de los murales en la colonia Altamira. (Imagen tomada de blog.nuevosur.com).

 

Las industrias creativas y culturales, lo que se denomina “economía naranja”, debe ser sólo un programa, pero no la política cultural del Estado de Nuevo León. La cultura y las artes son derechos, no mercancías.

Estamos recluidos en un sistema donde todo es susceptible a la compraventa, hemos dejado de llamarnos humanos, para denominarnos “emprendedores” en un nuevo diseño de esclavitud.

La cultura era el último reducto de un espacio de valores humanistas como la igualdad, la fraternidad y la libertad. Ahora, la cultura es un asunto de bienes y servicios a la que debes responder a las preguntas como ¿cuánto vales? ¿cuál es el valor de tu conocimiento? ¿para qué sirve lo que sabes?

La cultura de Nuevo León es mucho más que una industria, es la base de la construcción de la identidad de las personas, es el sentido de pertenencia, el conjunto de sentimientos, percepciones, deseos, necesidades, afectos y vínculos.

Una institución como CONARTE se creó para proteger la cultura y las artes de nuestro estado, para garantizar el derecho de los ciudadanos a la cultura, y va más allá, para proteger y garantizar de los derechos de nuestros artistas, promotores y gestores culturales.

Por cierto, es irónico que CONARTE tenga un premio literario denominado Carmen Alardín, cuando la poeta estaba en contra de la creación de un organismo dedicado a la cultura en Nuevo León. Ella misma decía, en 1988, que no creía en esta forma de hacer la cultura, porque la cultura no funciona como institución, sino como un bien que cada quién debe conquistar con su propio esfuerzo, no de manera socializante, ni como arma para brillar políticamente.

Debemos reconocer que necesitamos mucho a los promotores culturales y a los artistas, porque sin ellos, no existe la cultura y el arte.

Pero es indispensable que nuestra institución cultural fomente la creación de las condiciones para que los creativos y trabajadores de la cultura puedan vivir dignamente de su creatividad, que tengan opciones, para que no sean codependientes solamente de los apoyos del gobierno o de las becas institucionales. Las expresiones culturales deben tener diversas alternativas para que puedan florecer.

El arte y la cultura reconstituyen el tejido social en estos tiempos de grandes retos sociales, contribuyen también a la cohesión y al pacto de paz, que tanto requiere el estado en estos tiempos de violencia, impunidad, y de la cultura del miedo y la sanción en esta covidictadura.

La cultura no es un florero, un ornato, nos permite expresarnos y saber quiénes y cómo somos, y qué queremos.

Los nuevoleoneses necesitamos reconocernos a sí mismos en el arte y la cultura.

Necesitamos rescatar, investigar y difundir la memoria cultural de nuestro estado, sin ponerle obstáculos, o precio de venta, que la sepulte al olvido.

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