Un grupo de música norteña (Camilo Silva Nueva Generación) ameniza el ambiente antes de empezar la celebración. Algunos niños corren, gritan y ríen, sin miedo o temor a las figuras de diablos y los pedazos de animales muertos (cabezas de cerdo, corazones y costillas de res, así como un pequeño lechón completo, etcétera) colocados como parte de las ofrendas para Luzbel y el Ángel Negro.

Para llegar a este lugar, llamado Palacio Negro de Luz Bella de la Oscuridad, se necesita pasar a través de un pasillo oscuro y angosto dentro de la Catedral de la Santa Muerte 333, en el mercado Sonorita, muy cerca del panteón municipal.

Aunque está bien iluminado, el espacio no tiene ventanas ni puertas al exterior, produciendo la sensación de estar en el mismísimo infierno, sobre todo por el fuego que usan para el ritual de purificación.

Después de que los invitados a esta misa comieran unos taquitos de carne de cerdo, la música calla para dar paso a una plegaria colectiva dedicada al Ángel Negro, dirigida por Guillermo Martín Jiménez González, para darle gracias por los favores recibidos y pedirle protección.

Luego, el autonombrado obispo negro, Óscar Pelcastre, tira sal en el área donde trabajará: “Uso la sal para protección mía y de la gente que viene aquí y hago símbolos en ella para abrir puertas y pórticos espirituales, con el fin de lograr la curación o sanación de las personas que así lo piden”.

 

 

En este momento, la música vuelve a sonar y los niños son apartados a un lugar distante y seguro, “para que sus energías no choquen con la luz (fuego) durante el rito de purificación”.

Enseguida, la noche se vuelve más intensa y la mayoría queda como hipnotizada cuando el guía de esta comunidad religiosa hace la faena de invocar al Ángel Negro para expulsar las energías negativas que atormentan visiblemente a un señor obeso y semidesnudo en su estado de trance.

“Tuve que extraer de su cuerpo a un ser de oscuridad que no lo dejaba avanzar en su vida, provocándole peleas con su esposa y caer en el alcoholismo”.

Los asistentes del obispo negro sostienen con fuerza al señor mientras se retuerce y gruñe como un animal salvaje. Pelcastre le habla al oído lo sacude y abraza, para después cubrirlo con una manta y darle golpes con ramas ardiendo.

Al final, el fiel devoto -ya tranquilo y contento- le da las gracias a Luzbel, también conocido como el Patrón o el Compadre, y al Ángel Negro, que es el mismo demonio pero en pequeño, por lo que la gente comenzó a llamarle cariñosamente “Angelito Negro”.

Antes de terminar la ceremonia, casi a media noche, el obispo negro “raya” (corta con una pequeña navaja) a varias personas y con su misma sangre les dibuja símbolos en la espalda “para darles protección y abrirles caminos”. Luego con humo de tabaco, sal y cera caliente de las veladoras que había en el altar, seca y cicatriza los cortes en la espalda.

Para Óscar Pelcastre este culto al Ángel, que se realiza el primer viernes de cada mes, está cobrando mayor fuerza entre los mexicanos (vienen de la Ciudad de México y de otros estados) y no rivaliza con otras creencias como la Santa Muerte o los santos católicos: “No hay competencia porque todos venimos de Dios Nuestro Señor, Padre Todo Poderoso… Hay un equilibrio, una balanza donde cada uno ocupa un lugar importante”.

03 de septiembre de 2021, Pachuca de Soto, Hidalgo.
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