Atra bilis
(fragmentos de una novela en construcción).

La escarcificación…

Y tu cortada ¿cómo la quieres? ¿Con cuchillo, navaja, vidrio, el filo de una hoja blanca de papel bond…?

 

– ¿Ya viste? Tiene cicatrices en las muñecas; ¿se habrá queridoooo…?

 

– No sé, pregúntale.

 

– ¿Cómo crees?, esas cosas no se preguntan.

 

I. a H.

He vuelto a lesionarme. Cuando lo hago, cuando me corto la parte superficial de las venas, paseando el objeto punzante por las muñecas, los brazos, los muslos y todo aquel pedazo de piel que apetezca para ser rasgado, desaparece la falta de control de mis emociones, regreso automáticamente al mundo racional, a la sensatez y a la cordura. La desesperación, angustia, dolor, y todos los sentimientos emparentados con esas condiciones del alma (que nunca son totalmente del alma porque el cuerpo las incorpora y se convierten en síntoma), comienzan a disminuir en la medida en que el dolor físico se va acrecentando. Me detengo a tiempo, no se preocupe. El suicidio no está en mi agenda íntima. Ese procedimiento quirúrgico, como a veces le llamo durante ciertos episodios de humor involuntario, no es la antesala de un acto fatídico. De otra manera ya hubiera venido a recogerme, ¿o no? A salvarme. Por lo menos es lo que yo quisiera creer. De otra manera nuestra comunicación no solamente sería ésta, la única que conocemos hasta ahora, desde que yo lo descubrí, y ya tendría oportunidad de haber palpado físicamente su humanidad tan escasamente bordada en sus libros.

Me ha preguntado y le contesto: no, no tengo muy claro por qué me hago daño. Tal vez sea para darle materialidad al sufrimiento. Un soporte tangible, mensurable. Porque el sufrimiento que me aqueja, fuera del diagnóstico que han dado los médicos y por el que toda anormalidad psíquica es posible, no obedece a una razón particular, usted lo sabe, y si responde a alguna, aún no la he descubierto. (¿La descubriremos juntos a través de estas cartas?). De modo que recurro al dolor físico como una manera de trasmutar esa aparente sin razón del dolor, con la ventaja adicional de que la acción del cuchillo pone punto final al trance.

El ritual, por definición, tiene que ser a solas. Es algo que no puede compartirse. Soy yo con mis razones, con mis causas. Sin embargo, busco el lugar más apartado y oscuro de la casa como si realmente me escondiera de alguien, cuando ya le he dicho que únicamente la habito yo. Me acurruco, sí, en ese lugar, como asegurándome de que otra persona no venga a disuadirme. Ése es el juego que he aprendido a jugar a solas, y del que ahora sólo usted es testigo, un testigo ausente y sin posibilidad de réplica, o cuya réplica pierde sentido con el correr de los días que separan una carta de otra.

H a I.

Me inquieta lo que se provoca a sí misma. No he podido dejar de pensar en ello ni de relacionarlo con los métodos que se utilizaban en la antigüedad para curar la melancolía, para extraer los humores que la causaban. ¿Qué relación incomprensible e inquietante advierto en ese paralelismo? Espero que esto no le parezca grotesco… ni cruel, pero en ese sentido usted es una bella metáfora. Su imagen provocándose daño se me confunde con la de alguna antigua mujer invadida de humor negro que se dispone a recibir la cura para su melancolía: las sangrías, las ventosas, las sanguijuelas, las cauterizaciones, los edemas, las cataplasmas. Todo para expulsar de su cuerpo los humores adustos, que los lleva en la sangre.

La de usted se me confunde con la imagen de esa mujer que se presenta ante su médico con aspecto demacrado, sin luz en sus ojos y con una extrema debilidad que le impide moverse normalmente. Confiesa padecer de fuertes opresiones en el pecho, insomnios constantes o largos períodos de sueño profundo de los que le es muy difícil despertar, y que van acompañados casi siempre de diabólicas pesadillas, accesos de llanto sin causa aparente, un apetito insaciable (o una desgana total) y negros pensamientos nublando constantemente su mente.

El médico la ausculta y, apegándose a la más estricta tradición galénica como correspondía a la época, diagnostica una peligrosa adustión de humores en el bajo vientre, los cuales se han expandido al corazón y al cerebro. Había que purgar esos humores malignos mediante remedios catárticos. Entre los varios métodos existentes el médico elige aplicar a la paciente una sangría haciendo una incisión en su brazo izquierdo, para provocar el desangramiento y arrastrar así la infección humoral. ¿Acaso usted, de manera indirecta, quiere hacer algo parecido? ¿Qué infecciones, qué males, qué estragos quiere purgar al desangrarse?

El suicidio…

I en la biblioteca:

Por algo los antiguos pensaban que a través de la sangre que brotaba de la piel abierta se podía exudar la bilis negra, el humor adusto, y los griegos ubicaban físicamente la fuga del alma cuando el hombre moría: para Homero, el alma emigraba por la boca, pero también escapaba del cuerpo junto con la sangre de una herida.

En las comunidades neolíticas se practicaban craneotomías para que los demonios causantes de cefaleas y epilepsias salieran por el orificio hecho en la cabeza del paciente. La sangría en estos pueblos era, también, un ritual de ofrecimiento a los dioses.

La sangre, portadora de vida, era considerada en la antigüedad como una ofrenda; su extracción del cuerpo humano, un rito de purificación. Entre la medicina y la magia, casi en todas las culturas se encuentran evidencias de la práctica de sangrías (flebotomía), ya sea mediante escarificaciones o con la utilización de sanguijuelas. Los chamanes de algunos grupos étnicos de Norteamérica abrían las venas de los brazos para curar enfermedades.

Un ritual de los reyes y sacerdotes aztecas que era considerado un acto de penitencia, consistía en hacerse incisiones con espinas de maguey o palmera, punzones de hueso, púas de puerco espín o cuchillas de sílice u obsidiana; la práctica se hacía extensiva a la población en determinadas festividades religiosas. A los sangradores se les llamaba Tezoctezoani.

Para curar padecimientos, honrar a los dioses y en señal de penitencia, los mayas practicaban sangrías en orejas, lengua y pene (para este último existían perforadores especiales), entre otras partes del cuerpo. Utilizaban, además de otros instrumentos, espinas de raya, lo que solía ocasionar severos envenenamientos. El ch’awil ch’ajan (cuerda encerada) era un artefacto que se utilizaba comúnmente para realizar sangrías. Se trataba de una bola de cera con astillas de vidrio y otros objetos filosos incrustados, a la que se le agregaba un lazo o cuerda.

Los guaraníes practicaban las sangrías con el punzón de la raya; acostumbraban fumigar las heridas con humo de tabaco, que era expelido a través de un cañuto de bambú. Los incas denominaban circcacuy a la operación de sangrar a un paciente, y circcay-camayoc a quienes lo practicaban. Como en la medicina hipocrática, realizaban las incisiones en lugares cercanos a la parte enferma: para tratar las jaquecas hacían heridas en el entrecejo mediante una cuchilla de obsidiana montada en un mango de madera. En la Polinesia utilizaban colmillos de tiburón o conchas filosas.

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