diciembre 3, 2022

Cultura UNAM ante la pandemia. Primeras reflexiones (1)

La UNAM cuenta con el conjunto de instituciones y de infraestructura cultural más grande de las universidades públicas de México. Una vista a la explanada del Centro Cultural Universitario, con la escultura La espiga, de Rufino Tamayo.(Foto: Twitter UNAM).

 

Para Adriana Malvido, siempre admirable.

 

“La comunidad de creadoras y creadores se encuentra en una situación inédita de vulnerabilidad; aunado a lo anterior, el sistema cultural en su conjunto afronta un inesperado cuestionamiento desde el interior de algunas instituciones del Estado, en particular desde las secretarías de Hacienda y Crédito Público, y de la Función Pública.”

Estas palabras corresponden a la presentación del documento Para salir de terapia intensiva. Estrategias para el sector cultural hacia el futuro coordinado por Graciela de la Torre, directora de la Cátedra Internacional Inés Amor en Gestión Cultural y por Juan Meliá, director de Teatro, ambas dependencias de la Coordinación de Difusión Cultural (CDC) de la UNAM que dirige Jorge Volpi y que ha sido hecho público el pasado 23 de junio (https://www.cultura.unam.mx/DiagnosticoCultural). Una vez realizada la encuesta a más de 4 mil creadores y gestores culturales, fui invitado a analizar los datos y presentar un texto sobre los mismos.

Se trata de un estudio oportuno que se suma a muchas reflexiones realizadas por distintos agentes, incluso por la Secretaría de Cultura federal, con la ventaja de su amplitud, alcance y fundamento demoscópico. Por lo mismo es un trabajo imposible de soslayar y es obligado valorar sus opiniones y hallazgos. ¿Hacia dónde apunta el estudio? Se trata de un análisis que rebasa la situación de los creadores derivada de la pandemia y que remite a una reflexión sobre las políticas públicas de cultura. El fragmento de la introducción que he puesto al inicio parece resumir estas dos dimensiones. Señala la actual crisis como consecuencia de la situación sanitaria, pero también de una ofensiva derivada de una visión que cuestiona la institucionalidad cultural en cuanto a los presupuestos y -supongo- la legitimidad de algunos instrumentos de desarrollo cultural como son los fideicomisos culturales.

Un primer capítulo titulado “Contexto. Derechos culturales, democracia y reconstrucción social” hace un largo recorrido sobre la política cultural en México. Repasa la política diseñada por Vasconcelos, la construcción de instituciones y los términos de referencia de las políticas culturales durante un siglo. Me detengo en los últimos acontecimientos, los que remiten a la creación de la reforma constitucional de introduce los derechos culturales en la constitución, la creación de la Secretaría de Cultura y la Ley General de Cultura y Derechos Culturales. El capítulo señala casi al término del mismo que: “Además de tener un marco normativo deficiente, las políticas culturales en México han sido desvinculadas del resto de las políticas públicas lo que empobrece la acción general del Estado”.

El documento Para salir de terapia intensiva. Estrategias para el sector cultural hacia el futuro de CulturaUNAM, fue coordinado por Graciela de la Torre y Juan Meliá, ambos funcionarios de la Coordinación de Difusión Cultural que preside Jorge Volpi.

La afirmación tiene importantes consecuencias. Remite por un lado a que pesar de los esfuerzos por dotar a la cultura de un entorno legar adecuado, el trabajo ha sido insuficiente y sobre todo señala la distancia que hay entre la acción general del estado y las políticas públicas de cultura. ¿A qué se debe esta distancia? Voy a intentar tres explicaciones que me inspira el documento, pero que son estrictamente personales, por lo mismo, no pueden ser adjudicadas a la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM.

Hallazgos del estudio

La primera es que políticas públicas de cultura son relativamente novedosas. Pese a que podemos remitirlas en su origen a José Vasconcelos, éstas no se desligaron del campo educativo hasta muy recientemente, un proceso que ha ocurrido no sin resistencias de algunos sectores que consideran inadecuada su segregación. La actividad cultural y artística, se subordinó en su origen al gran proyecto nacional del estado posrevolucionario. Fue, sobre todo en el último tercio del siglo XX que el arte tomó caminos diferentes al desligarse del nacionalismo revolucionario y aceptar el amplio despliegue de las industrias culturales.

Así la plástica, la música y las artes escénicas asumieron con mayor claridad su papel crítico e imaginativo y, por su parte, el cine, el diseño y todo el entorno audiovisual se desplegó en un mar de actividades y emprendimientos que precisamente han dado lugar al amplio aporte económico del sector cultura recocido por la Cuenta Satélite de 3.2 por ciento del PIB. Sin embargo, el diseño de políticas públicas no ha terminado de transitar del dirigismo político y moral con que funcionó la cultura durante varios decenios al despliegue de un entorno estimulante para que la expresión libre e individual de los creadores se convierta en emprendimientos e iniciativas económicas centradas en la producción de bienes y servicios culturales.

A diferencia de una encuesta tradicional, se optó por hacer una invitación abierta a contestar el cuestionario. Esta gráfica muestra que el 57.3 por ciento de los que encuestados, no dejaron de recibir ingresos.

En una segunda razón, asociada con este planteamiento tenemos la falta de acuerdo sobre el qué y el cómo de las políticas culturales en México. Durante cinco sexenios las políticas culturales (1988-2018) tuvieron dos objetivos fundamentales: la construcción de una institucionalidad adecuada y la planeación cultural a través de programas nacionales o regionales. Sobre los dos puntos los resultados han sido muy interesantes, pero con un acuerdo limitado de los actores sociales. Recordemos que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes fue permanente cuestionado por la supuesta ilegalidad de su creación y quienes lo hacían no acertaban a poner una alternativa que no significara la vuelta a una etapa gris de la institucionalidad cultural representada por una Subsecretaría de Cultura. La creación de una Secretaría parecía ser un reforzamiento de la figura institucional del aparato cultural pero no ha terminado de consolidarse adecuadamente. En cuanto a la programación cultural también ha habido avances relevantes, aunque no deja de sorprender la falta de acuerdo en puntos fundamentales como la subvención a las artes o la diversidad cultural, puntos en los que precisamente la actual administración ha tratado de desarrollar una orientación nueva.

La tercera razón es que ante las dos deficiencias señaladas no se acierta a consolidar un nuevo esquema para reconocer el valor público de la cultura. Ante el vacío dejado por el viejo nacionalismo cultural o el rechazo del mercantilismo de la cultura, no hemos construido una visión aceptada del valor público de la cultura. Sabemos lo que no queremos: una cultura conducida por un proyecto político-ideológico o la simple identificación de la cultura como un recurso económico, pero no hemos generalizado el valor de la cultura en cuanto potenciadora de la convivencia humana a partir de los valores de la libertad, la democracia y la ciudadanía. Por lo que toca a la institucionalidad cultural, los últimos treinta años han arrojado un proyecto explícito de organización de la cultura con una normatividad aún pobre pero en proceso de maduración. Sin embargo, lo que ha quedado pendiente es el diseño institucional de la gobernanza de la cultura que dé confianza a los actores sociales de que su participación en la construcción de la política cultural es real y efectiva. Consultar a los actores, reconocer su participación, integrar lo diverso en un esquema de toma de decisiones efectivo es una de las tareas más relevantes de las políticas culturales actuales.

En la siguiente entrega comentaré otros puntos relevantes de Para salir de terapia intensiva. Estrategias para el sector cultural hacia el futuro de CulturaUNAM.

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