De la Ruta de la Amistad al ajolote

De la representación simbólica a lo que es. Un ajolote en manos de un investigador de la UAM, institución pionera en el estudio y preservación de la especie. (Imagen tomada de boletines.uam.mx).

 

Cada vez que pasamos ante ellas nos miran de reojo. Aunque fugaz, nos dedican un guiño para recordarnos el espíritu de aquella justa, no sólo deportiva, sino cultural. Si bien su presencia le adhirió un toque de elegancia a la imagen urbana de la ciudad, la Ruta de la Amistad, concebida para los Juegos Olímpicos de 1968, fue mucho más que un corredor escultórico: representó una apuesta cultural y simbólica para fomentar el diálogo entre las naciones en un momento de tensiones políticas globales.

A lo largo del Periférico Sur de la Ciudad de México, el camino trazado para acompañar a los atletas a su morada, la Villa Olímpica y a los visitantes al imponente estadio de la Ciudad Universitaria, diseñado por los arquitectos Augusto Pérez Palacios, Jorge Bravo y Raúl Salinas Moro en los años cincuenta, cuyo contorno representa el tradicional sombrero charro, artistas de distintos países erigieron aquellas esculturas como símbolo de una hermandad necesaria entre las naciones por encima de las fronteras y las ideologías. El proyecto impulsado por Mathias Goeritz y avalado por el connotado arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, quien coordinara la organización de aquella Olimpiada, transformó el espacio urbano en una conversación abierta entre las naciones y convirtió a la ciudad en un museo al aire libre donde cada obra no sólo representaba un gesto de amistad sino fomentaba un poderoso diálogo intercultural.

La capital del país se prepara ahora como sede, por tercera ocasión del Mundial de Futbol, un encuentro igualmente representativo a escala internacional como las Olimpiadas. Esta vez, en cambio, el gobierno de la Ciudad de México ha optado por intervenir la imagen urbana con una supuesta alegoría dedicada a una especie endémica en vías de extinción: el ajolote, un anfibio que vive prácticamente desahuciado en las turbias aguas de los canales de Xochimilco. Si bien el ajolote es un ícono de la identidad de la capital del país por su resiliencia, por su curiosa morfología que rememora la “X” de la palabra México y por la empatía que refleja a través de la sutil sonrisa que pareciera dedicarnos, su imagen caricaturizada cae en su propia ridiculización.

Es cierto que el ajolote es uno de esos símbolos que han coadyuvado a construir una identidad nacional. En La jaula de la melancolía, Roger Bartra (Grijalbo, 1996) explora con elocuencia cómo ciertos símbolos culturales mexicanos han sido utilizados para construir una idea de identidad nacional marcada por la melancolía, el aislamiento y una sensación de excepcionalidad histórica. En ese contexto, el ajolote aparece como una metáfora poderosa: un ser anfibio que permanece en un estado larvario, suspendido entre su propia metamorfosis y su inmovilidad. Bartra relaciona este tipo de imágenes con una visión del mexicano como alguien atrapado en una condición ambigua, contemplativa y resistente al cambio. El ajolote, profundamente ligado a la cultura mexica y a los lagos del Valle de México, se convierte así en un emblema nacionalista que encarna simultáneamente fragilidad, misterio y un emblema cultural, una criatura que sobrevive como reliquia viva de un pasado mítico mientras refleja las tensiones de la modernidad mexicana.

El mapa de la Ruta de la Amistad con motivo de los Juegos Olímpicos de México en 1968. (Imagen tomada de artsandculture.google.com).

 

Esta metáfora pareciera recorrer las venas de la ciudad de manera incisiva, pues, como el ajolote tratamos de sobrevivir en un ambiente cada vez más erosionado mientras vemos pasar como espectadores la vida que nos rebasa. El ajolote es un ícono, un elemento que ha participado en la construcción de nuestra idea de nación, pero también una especie que nosotros mismos nos hemos encargado de derrotar.

Las justas deportivas como la que se avecina con el Mundial de Futbol, suelen ser escaparates para proyectar ante el mundo un mensaje de lo que aspira una nación. En tal sentido muchas sedes olímpicas y mundialistas han apostado al mejoramiento tanto de su infraestructura como de su imagen urbana.

Dos ejemplos que vienen a mi mente, además de las Olimpiadas de México en 1968, son el de Barcelona, que después de los Juegos Olímpicos de 1992, se convirtió en un referente de regeneración urbana, con la zona del puerto olímpico, playas y avenidas modernizadas. España apostaba por mostrar al mundo su tránsito de la dictadura a una sociedad democrática y abierta. Otro caso es Pekín tras las Olimpiadas de 2008, donde se construyeron estructuras emblemáticas, como el imponente estadio Nido de Pájaro o el Acuario Nacional. China también quiso mostrar al mundo que había dejado de ser una sociedad agrícola a una potencia económica.

En México 68 el país quiso mostrar su poderío cultural y su papel emblemático como una nación que abrazaba la hermandad entre las naciones y la Ruta de la Amistad fue un potente mensajero en ese sentido. La gran pregunta que surge ahora con el Mundial que se avecina y con la intervención de la imagen urbana que estamos atestiguando, qué tipo de país queremos mostrar ante el mundo.

Los tiempos de Clara Brugada al frente de la CDMX. (Imagen tomada de la página capitalinos_mx en instagram).

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