agosto 11, 2022

De película: Ignacio de la Torre, no vayas al baile (1)

El grabador José Guadalupe Posada, tuvo una participación activa para ilustrar el escándalo de la época porfirista conocido como “el baile de los 42”. (Imagen tomada de infobae.com).

 

CIUDAD VICTORIA. Ignacio de la Torre y Mier, quien trascendió a la historia gracias a la leyenda negra del baile de los 41, es un ejemplo emblemático de intolerancia y homofobia durante el porfiriato. Para su infortunio, el fatídico número se convirtió en un incómodo adjetivo dirigido a los homosexuales o quienes aparentan serlo. El célebre acontecimiento estuvo presente en el entorno social, durante la última etapa del porfiriato, gracias al morbo que despertaron las crónicas periodísticas, los grabados de José Guadalupe Posada y las estrofas de un corrido popular.

Nacho era un joven exquisito, refinado, jugador de Polo, aristócrata, de buenas costumbres, elegante vestimenta y adinerado. Es decir, tenía las características de un auténtico Fifí, tal y como lo describe el columnista Zeta en un artículo del periódico ABC del 25 de mayo de 1918: “¿Todos los que pasean por Avenida Madero son fifíes? ¿Los que se visten bien? ¿Los que usan bastón? ¿Los que usan sombrero metido hasta las orejas o pendiente del cogote?”.

Además de ser banquero, industrial, minero y aficionado a la tauromaquia, de la Torre era hijo de millonarios españoles propietarios de haciendas azucareras y ganaderas de Morelos, entre ellas San Carlos y Santiago Tenextepango, Cuautla. En momentos críticos de su salud, Porfirio Díaz acudía a este sitio de Morelos a restablecerse para continuar con su investidura presidencial. En 1888 Nachito aumentó su patrimonio económico, influencias sociales y poder político al contraer matrimonio con Amada, hija mayor del presidente Díaz y una indígena guerrerense.

Según la crónica de La Voz de México -noviembre de 1887-, la pareja se conoció durante un baile celebrado en el Salón Embajadores de Palacio Nacional. De ese inolvidable momento “La totalidad de los caballeros vestía frac negro, corbata y guante blanco… Los señores Sierra Méndez, Dr. Octavio Gonruguez, Ignacio de a Torre y algún otro que no recordamos, vestían pantalón corto, medias de seda negra y zapato bajo…”. Vale decir que Amadita era pretendida por Fernando González Mantecón, uno de los herederos de quien fuera presidente, hacendado y general del Ejército, el tamaulipeco Manuel González, a quien apodaban El Manco.

Para aumentar sus bienes materiales, de la Torre adquirió la Hacienda de San Nicolás Peralta dedicada a la producción ganadera. A principios del siglo XX, decidió mejorar la raza bovina y compró a los propietarios de la célebre ganadería de Veragua, España, dos toros bravos de veinte mil pesetas cada uno. Gracias a sus abundantes recursos financieros, don Ignacio deseaba convertirse en el mejor productor de reses taurinas de la región. (El País/1905/06/07). Para entonces era propietario de una mansión en la calle Rosales.

 

La pareja que no lo fue tanto. Amada Díaz, hija del presidente Porfirio y su esposo, el acaudalado taurófilo Ignacio de la Torre y Mier. (Imagen tomada de infobae.com).

 

La posición aristócrata de la amorosa pareja, no representó obstáculo para que las dificultades conyugales se presentaran al poco tiempo de casados. Los Díaz, León de la Barra, Rincón Gallardo, Escandón, Labastida, Vivanco, Cosío, Lizardi, Mier, Noriega, Chavero, Díez Gutiérrez y Raigosa, entre otras familias renombradas de la elite porfiriana, comentaban en la intimidad los desplantes de descortesía, indiferencia y actitud grosera de Nachito hacia a la hija del presidente. Fieles a las buenas costumbres, los cónyuges guardaban las apariencias entre el círculo de amigos más cercanos, mientras don Ignacio ignoraba esos comentarios y prefería ocupar el tiempo libre en la bohemia, la vida nocturna, las buenas viandas, las francachelas y convivencias etílicas. Lo más grave del caso eran los insistentes rumores y referencias acerca de sus tendencias homosexuales.

Sabemos de sus refinados gustos franceses, pero acerca de su vida íntima, se tienen pocas evidencias documentales. Únicamente se conoce su afición desmesurada al baile, banquetes y fiestas. Se infiere que para evitar escándalos y problemas conyugales, la pareja acordó pernoctar no sólo en camas, sino en habitaciones separadas de aquella inmensa mansión. Por si fuera poco, los cronistas de bailes y otros festejos donde se congregaba la gente de abolengo, consignan escasos comentarios del galán libertino y birriondo. Mas si consideramos que generalmente la resignada Amadita asistía sin su pareja a dichos acontecimientos, donde presumía exóticas joyas, vestidos y peinados de última moda. Pero acerca del marido violento y parrandero ni sus luces.

Uno de los pocos testimonios y que es por ello una reconstrucción de aquellos tiempos, viene de un libro aparecido en 1999, cuya autoría es de Jacques Paire, De Caracoles y Escamoles. En sus páginas se narra la historia de un par de chefs franceses que se encuentran en México a finales del siglo XIX. Paire, como se asume el protagonista y su par Sylvain Dumont, coinciden en los círculos notables y encumbrados en la sociedad porfiriana. Dumont, ex jefe de cocineros del Lido, había sido fue contratado en París por Ignacio de la Torre, yerno del presidente. Cuenta el narrador: “La propuesta era demasiado atractiva para ser rechazada y Sylvain empacó sus maletas, pero al cabo de un año comenzó resentir las extravagancias de su patrón, quien entrado en copas se volvía sumamente grosero poniendo en aprietos con sus exigencias y caprichos no sólo al cocinero sino a su propia esposa Amada Díaz, quien padecía esos achaques sin poder contenerlos”.

A pesar de las infidelidades y desavenencias, lejos de promover un divorcio o separación de su hija y el exótico catrín, don Porfirio lo animó a iniciar una carrera política. Primero lo convirtió en presidente de la Unión de Productores de Azúcar en Morelos. Luego lo recomendó para una regiduría y después apoyó su arribo como diputado al Congreso de la Unión. En 1892, al proclamar su candidatura, pudo apoyarlo para ocupar la gubernatura del Estado de México, pero sus aspiraciones no las dejaron prosperar sus cercanos debido a la conducta disipada del Yerno del Suegro. Las borracheras, escándalos de alcoba y mala conducta de Nachito, terminaron por escandalizar las buenas conciencias. Además, los nietos deseados de don Porfirio nunca llegaron en la pareja dispareja. Así, en medio de apariencias y simulaciones de conveniencia, transcurrieron los días y años.

Constantemente don Ignacio organizaba bailes en su mansión de la Quinta de Tacubaya, a donde asistía lo más selecto de la sociedad. Las tertulias eran amenizadas por la Orquesta de Félix Rocha. Al menos en el baile de octubre de 1897, asistió con su esposa Amada Díaz de de la Torre. Las crónicas periodísticas sociales, destacan su presencia en numerosos bailes organizados en Chapultepec y Palacio Nacional. También se registran varios viajes a Nueva York y ciudades de la República Mexicana.

 

La terrible leyenda de la Cárcel de Belem va de 1863 a 1933, año en el que es demolido el edificio. Durante la dictadura de Porfirio Díaz fue considerada Cárcel Nacional. Ahí llegaron los detenidos del baile de los 42. (Imagen tomada de mxcity.mx).

 

El Baile de los 42

Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe. La situación no pudo sostenerse y alcanzó su clímax cuando la madrugada del 18 de noviembre de 1901, fueron descubiertos por la policía 42 jóvenes travestis del mismo sexo, mientras bailaban clandestinamente en pareja en una lujosa mansión No. 4 de la calle de La Paz, convocados a través de lujosas invitaciones por la señora Viachi. Según El Popular (11/24/1901) los tertulianos se divirtieron desde el principio: “…algunos de ellos vestidos de mujer, con choclos, medias bordadas de seda, caderas y pochos postizos, pelucas con tranzas, pintados los rostros de blanco, con las picarescas ojeras de ordenanza…”. Sin embargo, al poco tiempo fueron acusados de escandalizar en el vecindario y realizar actos reñidos con la moral.

Vestidos como andaban, fueron detenidos aquellos “perversos” y trasladados al Cuartel de la Gendarmería Montada y Cárcel de Belem, donde fueron puestos a disposición del Gobernador de Distrito. Sin embargo, inexplicablemente sólo 41 fueron consignados a las autoridades respectivas. Gracias a sus influencias, por arte de magia Ignacio de la Torre se salvó de permanecer en las mazmorras. Al día siguiente, la autoridad sacó de la cárcel al resto del contingente con el compromiso de barrer las calles de la Victoria. Después de una serie de trámites y ante la presión por la cobertura de la noticia periodística, el juez: “… decidió consignar a algunos de ellos -19- al servicio de las armas, determinando la Secretaría de Guerra que fueren enviados a Yucatán, pero no como soldados sino como rancheros de la tropa”. Es decir, encargados de preparar y servir la comida.

Sin duda, El Popular fue el periódico creador de la leyenda del baile de los 41, gracias al encabezado en primera plana que influyó en el imaginario popular. Las malas lenguas de las buenas gentes, así como diversas publicaciones, comentaron que el bailarín 42 era nada menos que Don Ignacio de la Torre y Mier. Sin embargo, el vergonzoso acontecimiento no logró trascender públicamente gracias a la influencia de su suegro. Sólo se publicaron los supuestos nombres de algunos de ellos -Ángel Herrera, Pascual Barrón, Antonio González, Antonio Córdoba, Raúl Sevilla y Jesús Lozano-, de quienes el reportero se mofó en unas cuantas líneas: “… muchos llevaban aún los chinos sobre la frente y parte de los atavíos femeninos con que los sorprendió la policía. Los soldados se burlaban cruelmente de ellos. Nos dicen que les cantaban ¿A dónde vas con Mantón de Manila? Y otros ¡Ay que Facha!”.

El asunto sobre los afeminados que, dicho sea de paso, algunos de ellos tenían antecedentes y estaban fichados en la policía, se propagó rápidamente en periódicos y a través de las voces populares que burlaron el cerco oficial. Mientras tanto, el populacho se manifestó jubilosamente en las calles, plazas, vecindades y mercados de la Ciudad de México. No faltaron las crónicas periodísticas salpicadas de comicidad y diálogos irónicos.

Por su parte el grabador José Guadalupe Posada, poetas y trovadores anónimos, dejaron testimonio a través de imágenes y corridos como Aquí están los maricones/muy chulos y coquetones.

 

Cuarentaiún lagartijos,

disfrazados la mitad,

de simpáticas muchachas,

bailaban como el que más.

La otra mitad con su traje,

es decir los masculinos,

gozaban al estrechar,

a los famosos jotitos,

vestidos de seda y raso…

 

No fue el único caso de homofobia de esa época. Todo indica que esta clase de reuniones clandestinas era comunes y formaban parte del entretenimiento a escondidas, entre un gremio que sufrió discriminación a consecuencia de sus preferencias sexuales. En febrero de 1902, la policía capitalina sorprendió a otro grupo de trasvesits mientras bailaban vestidos de manolas en una casa de doña Micaela Jiménez, en las calles Coyuya y Prolongación de las Palomas. Dice el periódico El Popular -10 de febrero de 1902- “Rafael López, La de los claveles rojos, y Ángel Ramírez, La Bigotona, fueron consignados a disposición del señor gobernador… un arresto por diez días, sin contarles los que han estado presos… dedicándoseles a los trabajos de limpieza acostumbrados”. (Ver segunda parte al día siguiente).

 

De la época a un largometraje en el siglo XXI. En 2020 se estrenó en Netflix El baile de los 41, dirigida por David Pablos. (Imagen tomada de cronicajalisco.com).

 

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