El Ángel de la Independencia, Antonieta Rivas Mercado y la diamantina rosa

Antonieta Rivas Mercado en 1928. (Foto: Tina Modotti del Archivo Jorge Garza Aguilar). Todas las fotos son cortesía de Tayde Acosta Gamas.
Según la mirada poética de Alberto Ruy Sánchez: “Las cosas no son en sí mismas, sino en el relato que las rodea, que es donde aflora el deseo y la pasión de las personas”. Durante las fiestas del centenario de la Independencia de México, el 16 de septiembre de 1910, se inauguró una Victoria Alada a la que llamamos “El Ángel”. Alrededor suyo se han tejido desde entonces un sinfín de relatos, de manera que no son las siete toneladas de bronce y oro que la cubren lo que hace valiosa a la escultura, ni su belleza, su ubicación en el Paseo de la Reforma o el nombre de su autor, sino las historias que ha generado y el significado que los ciudadanos le hemos dado en nuestro imaginario colectivo.También es cierto que grandes historias suelen empezar con la primera impresión que tiene una persona durante su infancia. Y Tayde Acosta Gamas empezó a escribir la historia que quiero contarles cuando aún era niña y tenía fascinación por El Ángel. Vivía en la colonia Guerrero de la ciudad de México y cada domingo, cuando la llevaban sus padres a Chapultepec, la Victoria Alada del monumento diseñado por el arquitecto Antonio Rivas Mercado era una referencia visual obligada.

Entonces, comenzó todo. Y continuó cuando leyó a Carlos Fuentes y en Los años con Laura Díaz se topó, de nuevo, cuando la novela narra la caída del emblemático Ángel en 1957, con la historia del monumento. Se volcó en la lectura. Leyó Antonieta de Fabienne Bradú y A la sombra del Ángel de Kathryn Skidmore Blair. El personaje se volvió una obsesión que la llevó a dedicar casi 20 años de su vida a investigar febrilmente a esta mujer, hija del arquitecto favorito del porfiriato, única integrante femenina del Teatro Ulises, y del grupo conocido como Los Contemporáneos. Para acercarse más, trabajó con Bradú cuando preparaba el Epistolario de Antonieta. Leyó las Cartas a Manuel Rodríguez Lozano que ya había publicado Isaac Rojas Rosillo y reeditado en los años 80 junto con un fragmento de novela y el Diario de Antonieta; se sumergió en la recopilación de Luis Mario Schneider. Y después, de la mano con los principales estudiosos del grupo Ulises y de Los Contemporáneos, como Miguel Capistrán y Juan Antonio Ascencio, fue a las librerías de viejo, a los archivos públicos, privados y universitarios; a bibliotecas, hemerotecas y fuentes familiares de primera mano para encontrar el dato que faltaba, la pieza suelta, la carta perdida, el apunte en la libreta, el documento extraviado, la nota periodística a verificar. Porque para entender a Antonieta, necesitaba comprender su momento histórico y cultural.

 

Acta de nacimiento de María de la Luz Antonieta Rivas Castellanos (Antonieta Rivas Mercado).
Antonieta Rivas Mercado con José Vasconcelos, diciembre de 1929. (Archivo de Laura García-Lorca De los Ríos / Fundación Federico García Lorca).

Por el nivel de exigencia y de rigor que se impuso Tayde Acosta, la publicación de las Obras de Antonieta Rivas Mercado en dos tomos (Siglo XXI, Secretaría de Cultura, 2018) constituye la recopilación más completa que se ha realizado, hasta ahora, de la obra de una de las intelectuales más importantes en la cultura mexicana y latinoamericana del siglo XX.  Antonieta pasará a ser mucho más que una mujer que se suicidó en Notre Dame a los 30 años, que fue amante de Vasconcelos, enamorada de Rodríguez Lozano, mecenas del grupo Los Contemporáneos y fundadora de la Orquesta Sinfónica, porque la investigadora privilegia su talento como autora; es decir, reúne cuento, novela, teatro, ensayo, prosa varia, crónica, diarios personales, traducciones y epistolario ampliado. Y al mismo tiempo hace una inmersión profunda al espíritu de una mujer, su talento, sus sueños, su pensamiento, sus amores, sus contradicciones, sus miedos, la profundidad de su dolor, sus aspiraciones y su enorme relevancia en la literatura, el arte y la política de su tiempo.

“Terminaré mirando a Jesús; frente a su imagen, crucificado… Ya tengo apartado el sitio, en una banca que mira al altar del Crucificado, en Notre Dame. Me sentaré para tener la fuerza de disparar (…)”, escribió Antonieta en su Diario antes de quitarse la vida el 11 de febrero de 1931 en París y, además, con la pistola que tomó del despacho de José Vasconcelos.  La fuerza de sus palabras y la forma trágica en que muere dejando a un pequeño hijo que no la vuelve a ver, son tan fuertes que durante décadas el valor de su obra pasó a segundo término. Justo lo que Acosta Gamas busca revertir. No para justificar, salvar o redimir al personaje sino para comprenderlo y revalorarlo. En el camino, la información toma el lugar del mito. Y el sitio que soñaba tener Antonieta Rivas Mercado dentro de las letras hispanoamericanas, se abre para ella en el siglo XXI.

Parte del grupo del Teatro de Ulises, 23 de marzo de 1928. Al fondo, de pie, Gilberto Owen. De izquierda a derecha, primera fila: Clementina Otero, Antonieta Rivas Mercado, Andrés Henestrosa, Isabella Corona, Rafael Nieto, Emma Anchondo, Matilde Urdaneta, Lupe Medina de Ortega, Carlos Luquín. Segunda fila: Julio Castellanos, Manuel Rodríguez Lozano, Celestino Gorostiza, Xavier Villaurrutia y Julio Jiménez Rueda. (Foto: autor anónimo, del Archivo de Revista de Revistas, 25 de marzo de 1928, Hemeroteca Nacional de México).

Tayde Acosta dice que Antonieta fue una estrella fugaz. Atinada metáfora para quien hizo tanto en tan poco tiempo. La estrella cruzó los cielos europeos y se empapó de la cultura, amaba la danza y a los griegos, a quienes leía con pasión, sobre todo a Esquilo, Sófocles y Eurípides. Ya en México, básicamente autodidacta, se formó con gente como Cosío Villegas, Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, Samuel Ramos. Después irradiará su luz con intensidad en proyectos culturales como la revista y el teatro del grupo Ulises que luego se conoció como Los Contemporáneos. Y con ese conjunto de poetas, pintores, escenógrafos, músicos y escritores como Novo, Owen, Villaurrutia, Cuesta, Torres Bodet, Montenegro, Pellicer, Lazo, Chávez, Castellanos, Rodríguez Lozano y Gorostiza, entre otros, introduce en México el teatro de vanguardia. En una época en la que nuestro país solo se mira a si mismo, montan obras de Eugene O’ Neill, de Claude Roger-Marx, Charles Vildrac y Jean Cocteau. Traduce junto con Villaurrutia La escuela de mujeres, de Gide, prepara montajes de Bernard Shaw y de Musset y la Ifigenia Cruel de su amigo e interlocutor, Alfonso Reyes. Tayde encontró una carta en la Capilla Alfonsina donde Antonieta le cuenta: “Aproximadamente hará un mes que nos reunimos un grupo de amigos con el fin de hacer teatro. Se trata, con un solo gesto, de abarcar un mundo”.

Antonieta Rivas Mercado con Salvador Novo, representando la obra Welded, en el Teatro de Ulises (Mesones 42), el 8 de febrero de 1928. (Foto: autor anónimo, del Archivo El Universal Ilustrado, 16 de marzo de 1928, Hemeroteca Nacional de México).
Contemporáneos. Revista Mexicana de Cultura, núm. 15, agosto de 1929. En esta edición Antonieta Rivas Mercado hace la traducción de un ensayo de Paul Morand. (Archivo: Tayde Acosta Gamas).

A esta estrella fugaz le da tiempo de integrar el patronato para la fundación de la Orquesta Sinfónica de México, junto con Carlos Chávez. También da clases de teatro en la UNAM y monta Los de abajo de Mariano Azuela con sus alumnos. El montaje le costó, seis funciones después del estreno, que le pidieran la renuncia y que la censura gubernamental sacara las garras. Osada como era, había adaptado la obra en la época de Calles.  Pero no declina. Se da tiempo para abrir un salón de baile en el claustro de Sor Juana, espacio que hereda de su padre, luego de que Porfirio Díaz se lo regalara por lo mucho que le había gustado su Columna de la Independencia. Ahí, en El Pirata, baila tango con Manuel Rodríguez Lozano a quien venera como un dios y del que se enamora profundamente sabiendo que no será correspondida. Antonieta irradia su luz en la campaña presidencial de José Vasconcelos y escribe una crónica que titula Democracia en bancarrota que hoy tenemos oportunidad de releer en el tomo I de sus Obras, junto con su teatro, su novela inconclusa El que huía (donde encuentro líneas como esta: “la sensualidad es, como todo lo que vale la pena de ser, un arte”); su hermoso texto El niño de Oaxaca, tres cuentos, entrevistas, traducciones y ensayos de hondura y lucidez crítica acerca de la mujer mexicana. Por ahí leemos: “Una revolución significa primero un cambio interno y después un ajuste a los problemas de la vida. Y Revolución, en el más puro sentido de la palabra es el despertar de las mujeres mexicanas en 1929”.  Admirable resulta la congruencia y la capacidad de indignación de Antonieta, no solo ante el fraude electoral de 1929 sino por la violenta represión a quienes participaron en el movimiento vasconcelista. Y su decepción cuando vio a sus amigos escritores y artistas doblegarse ante el poder de Calles y su Maximato. Tayde sostiene con razón que este episodio y toda la barbarie que Antonieta atestigua en las elecciones, la llevan a sentirse asqueada de su propio país y es una de las razones por las que, entre otros factores, ajenos al supuesto rechazo de Vasconcelos en París (que en realidad siempre la apoyó), la llevan al suicidio.

Si se quiere entender lo que pasaba durante esos años en nuestro país, hay que leer la extensísima carta que encontró Tayde donde Antonieta le describe ampliamente la situación a Gabriela Mistral, y luego a Romain Rolland.

Manuel Rodríguez Lozano en 1928. (Foto: Tina Modotti, tomado de Manuel Rodríguez Lozano, Pensamiento y pintura 1922-1958, INBA, 2011).
Antonieta Rivas Mercado con Federico García Lorca en la Universidad de Columbia, NY, el 23 de octubre de 1929. (Foto: Emilio Amero, del Archivo Laura García-Lorca De los Ríos/ Fundación Federico García Lorca).

Como leemos en las cartas a Rodríguez Lozano, la estrella fugaz viaja a Nueva York y promueve el arte mexicano, la obra de Los Contemporáneos, hace amistad con Federico García Lorca, se enamora de Emilio Amero, pintor y fotógrafo mexicano; planea convertirse en un enlace cultural entre el norte y el sur de América, traduce y no deja de estudiar.  Pero también sufre de crisis nerviosas intensas y de depresiones que la llevan varias veces al hospital. Extraña a su pequeño hijo Donald que permanece al cuidado de su familia en México mientras ella intenta curar su salud emocional y escapa a una posible persecución por su actividad junto a Vasconcelos, quien resulta encarcelado y desterrado. En el hospital escribe, lee a Dostoievski, a Trotsky, a Valéry… y hace planes. “Siento que he saldado con mi país, que ya no lo tengo, que estoy fuera de los países y comenzando a vivir una verdad universal”, escribe. Sus emociones suben y bajan. Aun así, desde el Hospital St. Luke de Nueva York escribe artículos sobre México , y para la revista Contemporáneos planea la difusión del arte de los títeres y los nacimientos mexicanos, además de que prepara estudios sobre La Malinche y Sor Juana. Pero también comienza a entintar la palabra suicidio.

En estos dos tomos está la obra de una autora nacida en 1900, para quien escribir con la verdad era la única justificación de sentarse a la máquina. “Desmenuzar las resistencias y dejar que suban a la superficie las verdades dolorosas, lamentables, vergonzosas, sublimes de las que está hecha la humanidad”, escribe en su Diario de París en 1930. Porque al perder la custodia de su hijo, decide recogerlo en México y llevárselo a escondidas consigo a Francia, donde se encontrará con Vasconcelos. Esos diarios de Antonieta son, en manos del lector, un pasaporte directo al cerebro y al corazón de una mujer que escribe “para conocerme a mí misma. (…) para desnudar mi alma”. Con la literatura aspira a “alcanzar la integración, la fórmula nueva de la mujer de la América Latina del mañana, que además de un corazón y una sensibilidad tiene un cerebro”. Y, desde luego, para lanzarse al infinito, como le dice a Rodríguez Lozano.

Su obra es como la historia de México desde el punto de vista cultural, desde el ángulo de sus creadores y sus artistas, una especie de historia intelectual de las primeras tres décadas del siglo XX.

Entre los textos más reveladores del segundo tomo, están además de su Diario y el Epistolario, un fragmento de las memorias de Arturo Pani, cónsul de México en Francia, íntimo amigo de Antonieta. En su libro, Ayer, hace un resumen de la vida de su querida amiga, cuenta lo que sufrió con su marido Alberto Blair, lo mucho que quiso a su hijo Donald que dejó a su cargo, en una carta que lleva en su bolsa, junto al retrato del niño, cuando se suicida. La describe de pies a cabeza y narra los últimos días de su vida en Burdeos y en París. Su familia le había cortado el envío de dinero desde hacía meses, él y Vasconcelos intentaban convencerla de viajar a México y arreglar el asunto, es decir, no tenía recursos, su casa en México -el claustro de Sor Juana- había sido saqueada con todas sus pertenencias, temía por el futuro de su querido hijo en esa situación… pensaba que para él la vida era mejor sin ella.

Antonieta Rivas Mercado en la Universidad de Columbia, NY, el 23 de octubre de 1929. (Foto: Emilio Amero, del Archivo Laura García-Lorca De los Ríos / Fundación Federico García Lorca).

Antonieta estudia latín, alemán, lingüística y música; pasa las tardes con su hijo de once años; quiere concluir su novela El que huía. Trabaja ocho horas diarias, aspira a un lugar en las letras hispanoamericanas… Y se esfuma del mundo como las estrellas fugaces, dejando un reflejo de luz que hoy recoge para nosotros Tayde Acosta Gamas en un trabajo monumental.

Monumental como esa Victoria Alada que el 16 de agosto de este 2019 abrazó a miles de mujeres y colectivos mientras exigían con diamantina rosa y pañuelos verdes el fin de la violencia de género y de la impunidad, un alto a las violaciones y al acoso sexual, una vida en libertad.

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