¿Qué ve Toledo?

Placa radiográfica intervenida por Francisco Toledo. Forma parte de la exposición Toledo ve, abierta en el Museo Nacional de Culturas Populares. (Fotos: Angélica Abelleyra).

Los universos que construye son infinitos, inabarcables. Son cópula y renacimiento. Muerte y desaparición. Trueque de gozo y extravío. Gritos para aminorar el desinterés por la esclavitud de los hombres y la destrucción de la tierra. Potestad de júbilo y tormento entre mujeres y peces, rinocerontes y changos, elefantes y caracoles. Mezcla de ternura en los gorros invernales para niños y el juego de una ruleta en donde el león engulle sapos. Acoplamiento que es mezcla de explosión y parsimonia, pero no solo entre seres de dos, cuatro o las extremidades que se quieran, sino en el engarce entre la madera, el barro, la mica, el metal, el cuero, el papel, el textil y el vidrio entre un sinfín de materiales que dan cuerpo a los objetos con el ingenio, la rebeldía, el deleite, la tenacidad y la gracia que Francisco Toledo les imprimió de la mano de cientos de artesanos mexicanos.

Es Toledo ve, la exposición que sin querer serlo se convirtió en homenaje póstumo al pintor pues abrió a fines de junio pasado, apenas dos meses antes de la muerte del artista el 5 de septiembre. Su estancia, programada al inicio hasta el 29 de septiembre, se prolongará a noviembre en el Museo Nacional de Culturas Populares para que podamos transitar entre unas 800 piezas que son un nítido ejemplo que neutraliza fronteras y rompe límites entre eso que llamamos arte y aquello que consideramos artesanía.

¿Cuál es la diferencia entre artesanías y arte? —le preguntamos a Toledo—.

Se supone que un artista siempre es creativo, no repite, pero casi nunca sucede; ve mi caso. Carlos Monsiváis dice que nosotros somos simplemente artesanos caros. Y sí: tal vez lo único diferente entre nosotros es la firma del artista y los altos precios, frente a la modestia del artesano.

Pero tu trabajo es reflejo de una gran habilidad manual.

Así debiera ser, pero no. Soy fatal manejando un telar y también para la cerámica. Cuando he estado en talleres de Nueva York, los encargados piensan que porque soy de Oaxaca haré maravillas. Se llevan una gran decepción porque nunca aprendí a manejar el torno. Eso lo he resuelto al trabajar con buenos artesanos. Ellos hacen las piezas y yo las formo, las transformo, las pego, las rompo y ya. (1)

En su práctica por minimizar su propia pericia, Toledo consideraba que no tenía habilidad con las manos. “En la época de 1977, en Teotitlán del Valle me dije que solamente aprendiendo a tejer conocería exactamente las posibilidades del telar. Lo intenté y los pies se me enredaban con las manos. Nunca pude”, afirmaba con desconcierto. (2) Y aunque esto lo verbalizara ante propios y extraños, “el torpe” Toledo —como se calificaba— se volvía en artífice del surgimiento de un espléndido sapo que antes era un huarache desvencijado. Una piltrafa en cuero renacía como un batracio lleno de una rara belleza.

“Gabinete de maravillas” donde transcurren fotos antiguas intervenidas y carteles contra el maíz transgénico en Oaxaca, una de las últimas luchas de Toledo en su labor de activismo social.

Ocho centenares de objetos, entre bocetos, prototipos y piezas terminadas integran Toledo ve, un “gabinete de maravillas” como se le califica desde la cédula de ingreso a la muestra que nos sitúa en este universo de diseño y arte, pero que en el transcurso de cada sala carece de información sobre los materiales, técnicas, año, talleres y artesanos que colaboraron en la manufactura de cada pieza: joyas, esculturas, carteles, libros, gráfica sobre papel, micas y radiografías; máscaras, peinetas, rejas, juguetes, colchas, mesas infantiles, losetas, rompecabezas, telares.

Solo al final del recorrido se agradece, con nombre y apellido, la participación de talleres de carpinteros, impresores litográficos, textileros, ceramistas y diseñadores; también a los galeristas y coleccionistas. Pero en el transcurso de la visita uno puede hacerse tantas preguntas sobre las obras y su contexto como los quiénes, dónde y cuándo se hicieron. Todas las dudas quedan abiertas a menos que tengas la suerte de ir acompañada de especialistas.

La versión oficial ha sido que la ausencia de las cédulas se debe a indicaciones precisas del propio Toledo, quien participó en la organización junto con su esposa Trine Ellitsgaard y su hija Sara López. Sin embargo, nos atrevemos a sugerir que resultaría benéfico colocar al final de la muestra una especie de fichero consultable y detallado con los datos de cada pieza o serie, en provecho no solo de los públicos que deseen tener esa información, sino para darle crédito puntual a los artesanos y los colectivos que trabajaron cerca del artista en cada caso. Por ello, enlistamos aquí a algunos de los participantes: Taller de Afelpado CaSa, Centro de las Artes de San Agustín, taller Arte Papel Vista Hermosa, Proyecto 7 Mogotes, Salón Proyecto 110, Taller de Papel Arte-Sano, Corporativa Litográfica de Antequera, Taller AB_CARPINTERÍA; Regina Mejía, José Manuel García, Omar Fernández, Ausencia Hernández, Rosalindo Santiago Aquino, Blanca Miguel, Abril Sánchez Salgado, Julia Santos, Cándido Santiago Esteva, entre muchísimos otros.

Afelpados diseñados por Toledo. Integran la exposición de 800 objetos que se pueden visitar hasta noviembre próximo en el recinto ubicado en Coyoacán.
El bestiario toledano en los papalotes en una de las salas en Toledo ve.

Caparazones de tortuga cosidos y coloreados; cajitas para guardar las labores del zurcido, una pececita con bocota que corre en tacones desde su cuerpo de plata, y un par de elefantitos jugando al acto de la cópula desfilan junto a un caracol colmado de gusanos hechos de felpa, peinetas con cara de gato y el rostro de muchos Toledo. Obra contemporánea, alejada de folclorismos en decenas de collares y pulseras de una finura en su anatomía de gato, insecto y pez; placas radiográficas que entre los huesos de la muñeca derecha revelan el rostro añoso del pintor; embudos que no sirven para su condición natural de engullir líquidos pero sí para hacer música en una “marimba” rupestre; petates hechos en papel de todas las cualidades y un rostro, otro rostro de Toledo hecho en arte plumario junto a botellas confeccionadas en mica. Entre mesas con contenido erótico en grabados y fotos antiguas esgrafiadas, cuelgan los papalotes como cascada; esos que fueron diseñados por Toledo para apoyar la manutención del taller Arte Papel Vista Hermosa con la morfología del pulpo, la araña, el gato y el camarón junto a llanos y hermosos nudos y grafismos que no son nada (reconocible) pero pueden significarlo todo (en la imaginación).

Junto a la sección jubilosa de los volantines transcurre el apartado con la loseta artesanal en los pisos, las lámparas de papel y los trompos de madera que tienen como vecinos a gorritos de lana, batas escolares, juegos de lotería y rompecabezas para el público infantil al que Toledo se dirigió con interés lúdico al dignificar el diseño de cuadernos con portadas de anatomía clásica en lugar de los rostros de Batman o los superhéroes gringos. Claro que el guiño travieso de Toledo no podía faltar en “el salón de juegos”  con el escarceo amatorio entre dos rinocerontes cachondos. Cierra el recorrido con algunos ejemplos de la intervención toledana en el espacio público como la cruz verde hecha con los troncos del árbol de pochote o los enrejados que han ocupado centros culturales y casas particulares en Oaxaca.

Mención aparte merece la sala colmada con los recortes en papel de los rostros de los 43 de Ayotzinapa, colocados como alfombra de cielo para que al espectador le de tortícolis al escudriñarlos o mejor se acueste en el piso para observar hacia ese techo con las fotos de los estudiantes asesinados en septiembre de 2014. Esta fue una de las últimas tareas de activismo político y creativo del autor de zoologías como también su lucha abierta contra el maíz transgénico en Oaxaca. Lo confeccionó mediante carteles y postales de fotos antiguas y en mazorcas de maíz horadadas con cara de fantasma- muerte o en el llamado de un “¡Despierta Benito!” con el Benemérito durmiendo en sus laureles sobre una montaña de mazorquitas multicolores, esas de naturaleza ancestral que los campesinos defienden frente a los transgénicos que no solo arrasan tierras y cultivos sino que afectan la salud de todos nosotros, los consumidores.

Dos aspectos de Esclavos (2010), libro de artista con un grabado de Toledo y el texto de Antonio García de León que refiere la trata de africanos de Benín en el siglo XIX.

Entre la infinitud del acervo mostrado quizás pase desapercibida para algunos visitantes una pieza que para Toledo tuvo valía especial. Se trata de la vitrina que despliega Esclavos, un libro de artista de 2010 (proyecto coordinado por Isaac Masri con el Centro Cultural Estación Indianilla) que refiere la trata de africanos de Benín durante el siglo XIX.

Además del texto de Antonio García de León, la pieza despliega un grabado —estampado en aguafuerte y aguatinta sobre papel— con diseño abatible o pop-up de los cuerpos raquíticos de los esclavos en aquel navío que los llevaría a la muerte física o a la extinción moral al ser tratados cual moneda de cambio y como seres para el trabajo forzado: “el cavar minas, el lavar oro, el cortar caña” y someterse a la nueva fe, escribe el historiador y lingüista.

Es una crónica dolorosa en la que García de León relata la odisea de ese navío que ostentaba el nombre de La Virgen de la Concepción. Leemos:  “ (…) Porque para los hombres y mujeres de piel oscura capturados en las costas occidentales del África, los tratantes que los cambian por armas, ron, monedas y conchas de mar, que los almacenan en barracones preparándolos para la travesía del Atlántico, son en realidad oficiantes del Señor de la Muerte”.

“En las noches de tormenta los cuerpos se golpean contra las espigas a estribor o chocan entre sí, y la sangre y la desesperación los sumergen en naufragios interiores, de una violencia extraña surgida del vacío. Aspiran sombras las gargantas, sombras de agua quemante que se llena con el sabor inmenso de la sal y el reflejo del mar (…)  Al terminar la larga travesía, noventa días y sus noches, los sobrevivientes de este viaje harán su entrada al reino del verdadero Dios de sus captores y dejarán atrás el panteón de sus dioses ancestrales. A la llegada a tierra serán vendidos, tasados, medidos por piezas, marcados a hierro y dispersados en una vasta geografía ajena para ellos (…) En este desamparo, sin las fuerzas primordiales que habrán de reconstruir, las esferas de este nuevo purgatorio serán la esclavitud, el trabajo forzado (…) Cuando el hierro del carimbo haga su marca sobre la piel escarnecida, se abrirán los abismos y la luz de la nueva fe será la marca de la salvación”.

Este libro de artista se sumó a otras creaciones de Toledo con el tema de los esclavos y los flujos humanos con cargas de injusticia y dolor. Dio sustancia a su desconcierto en otras piezas, como la escultura en madera grabada y barro crudo con resina denominada Naa pia’ acostado (Yo mismo acostado) o un autorretrato en el que Toledo era parte del navío de esclavos y cuya base de madera estaba hendida con el mismo grafismo de los hombres privados de la libertad que colman el libro del que García de León nos ha hecho el relato.

Trabajo de diseño en papel artesanal de la artista estadounidense Kiff Slemmons, como preámbulo de la exposición Toledo ve y ejemplo de la labor colaborativa del artista oaxaqueño para capacitar a los artesanos del taller Arte Papel Vista Hermosa en San Agustín Etla. (Foto: Museo Nacional de Culturas Populares).

Como preámbulo a Toledo ve, en la sala Cristina Payán que antecede a la constelación que nos ocupa, una artista joyera nos da la bienvenida para mostrar el amor al papel artesanal que motivó a Toledo desde 1996 a vislumbrar, crear y apoyar al taller y fábrica Arte Papel Vista Hermosa de San Agustín Etla, convertido ya en cooperativa destacada por el manejo ecológico de los procesos. La orfebre estadounidense Kiff Slemmons despliega vasijas, flores, esculturas, collares y decenas de piezas de una factura exquisita. Lo relevante del caso es no solo la belleza estilística del conjunto sino la capacitación que Kiff dio a las jóvenes oaxaqueñas del taller para que elaboraran diseños en los que el papel de la región es materia prima para el sustento de la cooperativa y, por ende, en beneficio de la comunidad en este pueblo de la montaña.

El proyecto productivo fue impulsado por Toledo dos décadas atrás como una materialización de su estima hacia los papeles de muchas pieles. Y es que Toledo nunca tuvo empacho en usar cualquier tipo de superficie para hacer gráfica: un papel de estraza o de periódico eran buena corteza para sus afanes, pero la calidad y la magia de los papeles europeos y orientales le ocuparon muchos años de creación en los años 70 y 80.

Sin embargo, a partir de la experimentación con fibras naturales locales como las surgidas del chichicastle, el pochote y el ixtle, Toledo produjo ya en la década de los 90 múltiples series de grabados de autorretratos y bestiarios. Prueba de esas búsquedas en papel fueron las exposiciones Francisco Toledo. Gráfica 1998-1999 en las galerías Quetzalli (ciudad de Oaxaca) y Juan Martín (Ciudad de México), ambas realizadas en el 99, y la que se convertiría en su última muestra de carácter individual, Naa Pia’ (Yo mismo), una suma de 65 piezas entre óleos, mixtas sobre papel y esculturas contenidas en tres sedes: en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) y en la galería Latin American Masters en Santa Mónica (California, Estados Unidos), ambas en 2017, cerrando el periplo en noviembre de 2018 en la Galería Juan Martín.

Autorretrato XX, 1999, xilografía. Pieza tomada del catálogo Francisco Toledo, gráfica 1998-1999, exposición en las galerías Quetzalli y Juan Martín.
El ojo del espectador, óleo sobre tela, 2017. Autorretrato tomado del catálogo de la exposición de 65 obras en Naa Pia’ (Yo mismo), que se constituyó en la última individual de Toledo en la Galería Juan Martín (de septiembre a noviembre de 2018), con estancias anteriores en galerías en Oaxaca y en Santa Mónica, California.

“A principios de los años sesenta visité el Museo de Colonia, donde vi uno de los últimos autorretratos de Rembrandt. Me gustó mucho: viejo, desdentado, con un trapo amarrado a la cabeza —tal vez ya calvo— riendo ante un espejo. Tenía yo 21 años. ¡Quién diría que años después me vería en aquel espejo!”.

Esas palabras de Toledo abren el catálogo de la citada exhibición Naa Pia’ y reflejan bien su sentir del paso de la vida. Pero sin dramas  por la vejez y la suma de arrugas, el autor hacía el recorrido por sus infinitos rostros. Un trayecto creativo con una capacidad absoluta para burlarse de sí mismo. Intituló con gracia sus retratos: Me dicen el prieto, De África vengo, No me salió el parecido y lo demás, Yo soy tu padre, Retrato con fecha falsa de nacimiento y Pecho de codorniz, entre muchas obras denominadas con un numeral antecedido por el genérico “Yo mismo” para los óleos y mixtas sobre papel con tempera, hoja de oro y plata, goma arábiga, mica mineral, barro cocido y madera grabada, realizados entre 2017 y 2018.

Como lo escribió Toledo a los 21 años y lo refrendaría 58 después, halló cierta hermandad con Rembrandt —uno de sus amores— en el reflejo que vio de sí mismo. Fue el final de un trayecto físico por esta tierra y sin embargo de un curso vital que continuará en cada pintura, grabado, escultura y objeto salidos de sus manos que nos acompañarán por siempre.

¿Qué ve Toledo? Preguntamos al inicio.

Respondemos:  Un mundo pleno de inmensidades.

Pero vayan ustedes y vean a ver qué ven. Quizás Toledo y sus miradas ayuden a ampliar las nuestras.

(1) y (2) Extractos de Se busca un alma. Retrato biográfico de Francisco Toledo, de Angélica Abelleyra (Plaza y Janés, 2001).

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