Patrimonio queda corto en
“Para salir de terapia intensiva” de la UNAM

El patrimonio cultural del país, ocupa uno de los apartados del estudio Para salir de terapia intensiva de la UNAM. Sin embargo, tanto el diagnóstico, como las propuestas resultan insuficientes para el tamaño del desafío. (Imagen: Omar Espinosa Severino)

La crisis del sector cultural nos tiene sobre las cuerdas y las acciones dirigidas al patrimonio cultural no son la excepción. Ante un panorama sumamente problemático son pocas las iniciativas encaminadas al mejoramiento de las condiciones y plantear soluciones tangibles.

En esa línea la Cátedra Internacional Inés Amor en Gestión Cultural de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM realizó un proyecto ambicioso para conocer la situación, con un sondeo para fundamentar un diagnóstico del sector cultural. Compilado en mayo derivó en varios escritos que presentan los resultados y realizan reflexiones y propuestas con varios ejes de trabajo, acompañado de foros de discusión en línea.

El documento Para salir de terapia intensiva, estrategias para el sector cultural hacia el futuro está compuesto por una breve exposición del contexto actual y líneas a corto, mediano y largo plazo con propuestas para ocho disciplinas: artes escénicas, artes visuales y museos, libros y lectores, patrimonio cultural, sector cinematográfico y audiovisual, red comunitaria de acción cultural para la paz, cultura digital y cultura popular y alternativa.

El apartado de patrimonio cultural plantea una serie de elementos interesantes a pesar de no desarrollarse tanto como sus símiles disciplinarios. Dispone de tres focos: los marcos normativos para la gestión patrimonial, documentación y catalogación y el uso social del patrimonio y la educación patrimonial sostenible.

El arranque de este análisis es revelador, “la atención del patrimonio cultural en México es fragmentaria” y en muchos sentidos tiene razón. La conceptualización del patrimonio y las acciones que inciden en éste son fragmentarias, el propio posicionamiento de la UNAM menciona que “lo patrimonial” se centra en la materialidad desligando las manifestaciones intangibles que le dan base como unidad social, ello es replicado en el marco legal que prioriza la preservación sobre los usos, accesos y re significaciones públicos.

La crítica de los marcos normativos se sustenta en lo anterior y consigna que “México no tiene propiamente una ley de patrimonio en toda su extensión”. A pesar de que se menciona que la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos mantiene el paradigma paternalista del proyecto nacional posrevolucionario, no ofrece una opción más allá de una reflexión entre líneas.

¿Dónde están los protectores del patrimonio? La encuesta realizada por Consulta Mitofsky para el estudio de la Coordinación de Difusión Cultural, tiene un sesgo de registro para el gremio y comunidad de los quehaceres patrimoniales que conforman el sector. (Gráfica: Coordinación de difusión cultural UNAM).

Viejos y nuevos escenarios

El punto más fuerte de la propuesta se basa en las deficiencias históricas en la documentación y catalogación del patrimonio, centrado en la poca atención en su sistematización. No hay que tomar a la ligera esta declaración, ya que la gestión cultural debe estar basada en un puntual registro de datos para saber qué recursos culturales hay, cómo se encuentran y con cuántos se cuentan, especialmente si es cultura material.

Aunque este reclamo no es nuevo, pues se puede encontrar incluso en los planes sectoriales de cultura de varios sexenios atrás, es un problema que amplía los huecos operativos de la protección patrimonial. Lamentablemente la sistematización muchas veces es tomada más como un proceso técnico en vez de la línea prioritaria de trabajo, baste mencionar el gran apuro que pasaron las instituciones con los daños a inmuebles en el sismo de septiembre 2017.

Cual bola de nieve que se acrecienta conforme avanza, el problema no queda ahí. La falta de claridad en la acción sistemática está acompañada por una planta de investigadores sobrepasada en tecnologías y números: la digitalización y virtualidad se mantiene invisibles o en desprotección agudizada por un continuo recorte de presupuestos o plazas laborales estables que no permiten el cambio generacional o progreso adecuado de profesionales en el área. Contrario a la falta de sistematicidad en la acción, lo único sistemático que se observa son las irregularidades contractuales que ofrecen las instituciones a los profesionales ya en el campo laboral o en la creciente plantilla de aspirantes de su propio sistema formativo.

El apartado patrimonial cierra con una meditación del impacto de la difusión y divulgación. Si bien es una función determinada por ley, pocas son las estrategias de usos sociales del patrimonio, de nuevo una fragmentariedad: “no se contempla una educación patrimonial que abogue por un reconocimiento de las manifestaciones esenciales que definan un proceso cultural determinado y que aporte al desarrollo cultural y económico”.

La línea es clara, hay muchos pendientes y el posicionamiento de la UNAM lo ha visto. Sin embargo la sección se queda corta, funge más como un diagnóstico de tres ejes que como un planteamiento de estrategias a futuro. Quizá eso vaya de la mano con la poca representatividad de protectores del patrimonio en el sondeo realizado por Consulta Mitofsky, el cual da una parte importante de soporte al documento editado por la Coordinación de Difusión Cultural.

Se tendría que observar el interesante comportamiento del 33.4 por ciento de la muestra que no respondió su área o disciplina de trabajo contra el 1.5 por ciento de artes tradicionales y el 0.8 por ciento de los que trabajan en conservación y restauración de arte, que eran las respuestas más afines al gremio patrimonial. Ese punto evidencia una falta grave en la encuesta, al no contemplar las áreas de trabajo a todas luces identificables en dicho campo.

Quizá se podría acotar un poco más la información con el 12.2 por ciento de la muestra que definió su actividad como “asalariado institución pública/privada” pero que se encuentra en otra categoría. Especular más allá de los datos sería intentar rescatar posibilidades perdidas, una falta sistemática, la ironía.

La complejidad del patrimonio histórico, de su principal responsable, el INAH y de sus actores centrales, los trabajadores, no alcanza a ocupar relevancia en el reporte de la UNAM. (Foto: Luis Cortés).

El patrimonio ha sido uno de los ejes principales de las políticas culturales mexicanas durante décadas, demostrando el fundamento de las relaciones socio-históricas en el país y favoreciendo el desarrollo económico al considerarse afín con la industria turística y complementaria en la oferta cultural. A pesar de la prioridad, se observa un panorama de rezago en la operación e intervención de esta prioridad cultural, ya sea por no existir delimitaciones o por falta de recursos financieros o humanos.

Aunque se agradece un compilado de esta índole, varias problemas surgen en el camino: la falta de representatividad del gremio, la conceptualización del patrimonio, la sistematización de información y los acervos y el uso social de todo lo anterior. Cabe preguntarse cómo seguirán esas condiciones, priorizaciones y carencias y si hay un rescate del mismo o si nos preparamos para el peor escenario en el pabellón de terapia intensiva.

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