El siglo XXI se viste con sombrero charro

Por siempre, el único Emperador charro… (Imágenes, cortesía del autor).

 

No hay nada tan mexicano,

tan varonil y elegante,

como un sombrero jarano,

con su bordado brillante.

Sombrero jarano,

 y bordado en oro y plata,

que bien te cuadra mi chata

el sombrero mexicano.

(Sombrero Mexicano/

Canción Andaluza/Amalia Molina/1939).

 

CIUDAD VICTORIA. Debido al notable desarrollo ganadero en la Nueva España, surgieron en este territorio los primeros vaqueros mexicanos. Al mismo tiempo, dentro de la actividad campirana de las antiguas haciendas, floreció la charrería como parte de las rudas faenas para domar caballos, lazar y someter bovinos. Desde entonces, la configuración del charro y sus rasgos de masculinidad, se asocian al espectáculo recreativo y manejo de briosos corceles.

Probablemente, el concepto del charro proviene de Salamanca, España, como lo muestra el grabado de un aldeano de Salamanca en 1779, ataviado con elegante vestuario. En cuanto nuestro territorio nacional, su nombre alcanzó enorme auge a finales del siglo XIX, gracias al pintoresco traje nacional con pantalón ceñido y chaquetín de gamuza, adornados con botonaduras de oro y plata. Entre charros de a pie y a caballo, algunos de sus portadores distinguidos durante el porfiriato fueron Carlos Rincón Gallardo, Emiliano Zapata, el torero Ponciano Díaz y el Cónsul de México en Roma, Enrique Angelini quien despachaba con el traje típico.

Uno de los accesorios indispensables del atuendo, era el sombrero jarano o charro de ala ancha galoneado en metales preciosos y otros elementos decorativos. Su elaboración y uso se extendió rápidamente en las haciendas de Puebla, Jalisco, El Bajío y otras del centro del país. Su diseño surgió gracias al ingenio de los artesanos mexicanos, quienes lo adecuaron del estilo europeo a las necesidades, usos y costumbres de la gente del campo.

 

Alegorías de un eterno negocio.

 

El Charro Max

El emperador Maximiliano de Habsburgo, fue uno de los admiradores extranjeros del traje típico. En agosto de 1864 lo vistió con jorongo, espuelas de plata y sombrero de ala ancha durante su tránsito por Querétaro, para demostrar aprecio a lo mexicano. En cambio el liberal Guillermo Prieto inmortalizó el sombrero jarano en la poética popular, mientras los invasores franceses y el general Juan Nepomuceno Almonte lo detestaron por su sencillez: “Sombrero charro, tú no eres para traidoras cabezas,/sólo para el chinacate,/eres aureola y diadema,/y como copa de fresno,/cuando su frente sombreas”.

Dentro del costumbrismo regional noresteño, destaca el ranchero o cuerudo tamaulipeco. Su traje típico descrito puntualmente por Manuel Payno en 1844, representa a los personajes fronterizos del territorio limítrofe. “… con los bárbaros, pues los rancheros de estos rumbos están vestidos con gamuzas de color de yesca, y en su traje tienen multitud de correas por lo que se les llama correítas”. Durante la Guerra de Intervención Francesa, en un afán de congraciarse como gobernador de los tamaulipecos, el sanguinario coronel Charles Dupin se tomó una fotografía con sombrero charro y pistola en mano. Otros precursores de la vestimenta fueron los chinacos republicanos.

El atavío de los rurales mexicanos o cuerudos, tiene una relación estética con el charro y probablemente con su origen nacional. Las décimas rancheras de Manuel Gutiérrez Nájera -El Siglo Diez y Nueve de 1887-, están dedicadas a los soldados-charros: “Contemplad sus escuadrones,/con los aceros desnudos,/marchan los guapos cuerudos,/al trote de sus bridones,/seguros de las acciones,/sobre sus sillas vaqueras,/con sus espuelas rancheras,/prenden al raudo alazán,/y son como el huracán,/que arrasa las sementeras. Con su sarape encarnado,/su traje bordado en plata,/sus chaparreras,/ su reata,/su sombrero galoneado,/en el caballo clavado,/con su arrogancia marcial,/no hay como ver a un rural,/causando envidia a los hombres,/y oyendo mil dulces nombres,/de unos labios de coral.” A propósito del cinto piteado, chaparreras, monturas, sarapes y otros accesorios propios de charros y vaqueros, éstos podían adquirirse La Palestina, de la Ciudad de México.

 

Los detalles. Un sombrero de charro no lo hace cualquiera.

 

Fábricas y medidas reglamentarias

Anterior a 1870, Espiridión Rodríguez y García bordaba en su taller de la capital del país, sombreros con hilo de oro. A esa misma época pertenece el negocio La Sombrerería Mexicana, de Modesto Márquez, traspasada a Otón Reinbeck; la Fábrica Zolly, Hermanos del Portal de Mercaderes, que gozaba de enorme prestigio; mientras El Sombrero de Moda de Jesús L. Dávalos, se ubicaba en la calle Joya No. 4. Por cierto esta casa comercial envió a la Exposición de París un sombrero “… jarano o charro mexicano de irreprochable gusto, pues además de ser sumamente sencillo, no está recargado de galones ni adornos, pesado ni defectuoso. Esto nos agradó tanto más que, si el sombrero mexicano para montar a caballo, da una idea del estilo y del buen gusto en la manufactura de ellos, los demás son un modelo perfecto de nuestra industria en ese ramo.”

Otra de las sombrererías más célebres se encontraba en los Portales de Puebla, propiedad de Carlos Hernández, fabricante de artículos de fieltro y pelo; sin olvidar El Castor, de la familia Tardan. En tanto, Franck Bron registró la patente del “Sombrero Charro-Bron” en 1899. En 1909 la Prefectura Política de Tepic decidió “…dar un paso hacia la civilización”, reglamentando las medidas oficiales de los sombreros charros: altura de copa 22 centímetros, 18 cm. falda y 40 cm. circunferencia.

Posterior a la Revolución Mexicana, la figura del charro y su gallardo traje se convirtieron en uno de los prototipos de nuestra identidad nacional y variadas expresiones de la cultura popular. Lo mismo en la música vernácula representada por Jorge Negrete, que en el baile del Jarabe Tapatío, la China Poblana, películas El Charro Negro, historietas, leyendas, tarjetas postales, tequila, el famoso Charrito PEMEX, artesanías, monturas de piel y pinturas de Ángel Zárraga y Ernesto Icaza.

A diferencia de los sombreros de paja, palma y petate, el sombrero artesanal charro o jarano afelpado con filigranas churriguerescas de oro y pedrería, se convirtió en imagen costumbrista y símbolo de poder. Aunque algunos afrancesados lo consideraban cursi y mal gusto por lo ostentoso de sus adornos, lo cierto es que representa una de las modas del porfiriato, al grado que se convirtió en artículo de un lujo que llegó a cotizarse en cien pesos oro nacional. Vale decir que el sombrero ancho, fue exhibido en exposiciones internacionales y llamó la atención de Mr. Bryan, quien lo popularizó en Estados Unidos.

Aun cuando representa parte de nuestra cultura rural, con el tiempo su imagen fue ridiculizada en escenas grotescas del cine de charros, figuras artesanales, historietas, refranes populares, expresiones peyorativas como “está muy charro” y dibujos de campesinos sentados a la sombra de cactus. A pesar de todo, después de casi dos siglos de su aparición, el charro y su inseparable sombrero continúan vigentes como símbolos  de identidad.

 


 

Fuentes: El Tiempo/2/1/1889; El Mundo Ilustrado/2/4/1906; Guía General Descriptiva de la República Mexicana/01/01/1899.El Tiempo Ilustrado, 1910/09/10, La Sociedad/septiembre 6 de 1865; El Gallito 9/30/1930; noviembre de 1935 y agosto/19/1943; La Patria /1909/10/12 y El Nacional/1900/9/3).

Comparte en:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *