Música, baile y burla como evasión

 

¡Y llegó el carnaval en tiempos de frío, poco antes del invierno y las fiestas navideñas!

Como parte de un mecanismo de legitimación del gobierno en turno, con la consigna de “celebrar los 500 años de la Resistencia Indígena México-Tenochtitlán”, la Secretaría de Cultura capitalina organizó el Primer Gran Desfile de Huehuenches y Chinelos, recuperando “una de las expresiones culturales más contestatarias durante la Colonia” (según palabras de un comunicado oficial).

De la Plaza Tlaxcoaque al Zócalo, las comparsas de pueblos y barrios de las alcaldías periféricas de la ciudad, llenaron el ambiente con sus vestimentas coloridas, bordadas con temas religiosos o prehispánicos. Además, su música de tambora, platillos e instrumentos de viento, puso a bailar a muchos capitalinos y turistas extranjeros.

Incluso, algunos les pedían a los danzantes una selfie, mientras otros aplaudían o gritaban al paso de cada grupo.

 

 

No faltaron los catrines y los charros que -como los demás- portaban sombreros típicos y máscaras con cachetes rosados y barbas puntiagudas, parodiando a las clases dominantes de otras épocas.

Al final del desfile, el señor travestido en dama de alta alcurnia (en la foto), que forma parte del Carnaval Barrón del Pueblo de Santa Isabel Tola, llegó en su moto porque “vivo en la Gustavo A. Madero y ésta es la mejor forma de regresar a casa”.

Una vez más, el ritual del carnaval se cumple, tanto en su aspecto paródico como en el festivo, funcionando así como una válvula de escape del pueblo… “como una transgresión autorizada”, diría Umberto Eco.

 

04 de diciembre de 2021, Centro Histórico, Ciudad de México.

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