agosto 17, 2022

Uno de los proyectos que impulsa la Secretaría de Cultura es el teatro comunitario, del que forma parte la obra Estampas zapatistas, creada por la compañía Mulato Teatro y el colectivo Vía Crucis Teatro Ticumán, en la que el personaje de Emiliano Zapata es interpretado por Isidro Cuevas, albañil de profesión. (Foto: Ernesto Pareja Ruiz / SC).

El turno del Programa Nacional de Cultura

Uno de los proyectos que impulsa la Secretaría de Cultura es el teatro comunitario, del que forma parte la obra Estampas zapatistas, creada por la compañía Mulato Teatro y el colectivo Vía Crucis Teatro Ticumán, en la que el personaje de Emiliano Zapata es interpretado por Isidro Cuevas, albañil de profesión. (Foto: Ernesto Pareja Ruiz / SC).

A partir de la publicación en el Diario Oficial de la Federación del Plan Nacional de Desarrollo (PND) el pasado 12 de julio, empezó a contar el plazo legal de seis meses para que las diversas secretarías elaboren los respectivos programas sectoriales. Es una labor que debe satisfacer varios requerimientos como procurar, dice la Ley de Planeación, “el atender el eficaz desempeño de la responsabilidad del Estado sobre el desarrollo equitativo, incluyente, integral, sustentable y sostenible del país, con perspectiva de interculturalidad y de género, y deberá tender a la consecución de los fines y objetivos políticos, sociales, culturales, ambientales y económicos”.

A partir de este momento, la elaboración de los programas sectoriales debe seguir la ruta trazada por el PND y es aquí donde se abre una cuestión interesante porque el plan aprobado tiene algunas peculiaridades distintas a los anteriores. Tras la renuncia de Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público el 9 de julio pasado, el presidente López Obrador confesó que entre las diferencias tenidas con el exfuncionario estaba la elaboración del PND que, según el mandatario, mantenía la inercia del proyecto neoliberal. Fue necesaria la intervención personal de López Obrador para elaborar un documento que mostrara la ruptura, así como los objetivos claros de la cuarta transformación. Y, en efecto, el segundo documento es totalmente diferente al primero y acorde con el discurso sostenido desde que AMLO tomó posesión el 1 de diciembre de 2018.

El problema para el sector cultural es que el PND ya promulgado no da demasiadas pistas para la elaboración del programa nacional del sector. Las líneas dedicadas a la cultura son escasas, aunque dicen con claridad que el eje estará en la incorporación de todos los mexicanos al quehacer cultural: “nadie debe ser excluido a las actividades y los circuitos de la cultura, los cuales representan, en la actual circunstancia, factores de paz, cohesión social, convivencia y espiritualidad”. Otra idea básica es que al “igual que en otros rubros, el gobierno federal priorizará en este las necesidades de los sectores más marginados, indefensos y depauperados, e impulsará una vigorosa acción cultural en las zonas más pobres del país”. Habla también de las materias tradicionales que han recaído en el INBAL —y deberíamos añadir en el INAH— que no tendrán que ser descuidadas y que se debe evitar la centralización y la monopolización de la actividad artística.

Resulta más difícil saber cuál será la guía del futuro Programa Nacional de Cultura cuanto que el Anexo XVIII-Bis, que fue el nombre con que se le dio entrada en la Gaceta Parlamentaria el 30 de abril al plan elaborado por Carlos Urzúa, ni siquiera mantuvo ese carácter en el PND definitivo. En ese documento se establecían algunas metas y estrategias más o menos precisas que podrían significar un anclaje al futuro programa, pero, al parecer, fue descartado definitivamente por los legisladores.

La historia de la programación de la cultura en México es reciente. En los planes de desarrollo anteriores al gobierno de Salinas los programas de los institutos nacionales de Bellas Artes y Literatura y de Antropología e Historia ocupaban prácticamente todo el espacio de la programación cultural. Con la creación del Conaculta se elaboró el primer plan específico de cultura que puso en el centro el patrimonio cultural, una situación que prácticamente se mantuvo hasta ahora, aunque se establecieron otros objetivos: difusión cultural, libro y lectura, formación y educación artística, preservación y difusión de las culturas populares, y fomento y difusión de la cultura a través de los medios de comunicación.

Con algunas variantes, los siguientes programas de cultura siguieron trabajando esos ejes. En algún momento se incorporó el estímulo a la creación artística y la descentralización cultural (1994-2000), la cooperación cultural internacional (2001-2006) y el mejoramiento o ampliación de la infraestructura cultural, cultura y turismo e industrias culturales (2007-2012).

¿Cuál puede ser el alma del futuro programa de cultura? Veo algunas posibilidades:

  1. Replanteamiento de las prioridades. Esto ya está en marcha y se deduce de las pocas pistas que ofrece el PND que ya he señalado. Si para Rafael Tovar y de Teresa el patrimonio era el buque insignia de la política cultural, tal parece que el nuevo plan se decantará por las culturas comunitarias, populares, indígenas, centrando en ellas el mandato constitucional de garantizar el acceso a la cultura y el pleno ejercicio de sus derechos culturales. Desde luego que esto no implica renunciar a los compromisos institucionales con respecto a la cultura, pero serán ordenados en función del núcleo comunitario de la cultura.
  2. Sin embargo, puede ser que aun aceptando esta reorientación se busque innovar en el mismo sentido que el presidente hizo con respecto al plan de desarrollo. Al decir que el proyecto de Urzúa mantenía las inercias del periodo neoliberal, no solo se denunciaban las intenciones sino la forma. Programar a partir de diagnósticos alineando estrategias, metas y medios, como se supone lo debe hacer una política pública, no está en el espíritu de la 4T. Por eso, la segunda versión del PND evita ese lenguaje en aras de su más fácil comunicación, aunque ello le lleve a romper con varios lustros de planificación pública.
  3. Cabe también una eliminación de programas. En cierta medida ya ha ocurrido con Educal y la Dirección General de Publicaciones, que han pasado a depender del Fondo de Cultura Económica, que a su vez ha ampliado sus responsabilidades a los ámbitos de la distribución y el fomento a la lectura. La propuesta de una legisladora de desaparecer el Fonca o el aireamiento en un reportaje de Notimex de nombres específicos de artistas e intelectuales que han gozado de becas durante mucho tiempo pueden indicar un interés en este sentido.

Desde mi punto de vista, las tres opciones que planteo tienen posibilidades de concretarse en el futuro programa de cultura del que sé que ya se está trabajando en su realización. Quisiera sin embargo poner en la atención de los decisores de la política cultural del país dos elementos que me parecen básicos.

El primero es que el programa de cultura no debe consistir en orientar las acciones del gobierno en materia cultural. Esto creo que ha sido una de las limitantes de varios programas. Debe, en cambio, pensarse como un proyecto que anime al sector cultural, el cual es un espacio social más amplio que el aparato cultural del estado. El 3.2 por ciento de aportación del PIB del país y los cientos de miles de mexicanos que reciben su sustento trabajando en el campo de la cultura requieren ser vistos con gran atención por la Secretaría de Cultura para mantener o incrementar la riqueza que producen, mejorar la calidad de su trabajo y garantizar el bienestar de los que participan en el proceso creativo. Si, por el contrario, solo se mira al aparato cultural del gobierno, se producirá un distanciamiento entre el sector cultura y el aparato cultural del gobierno que puede ser peligroso para el logro de los objetivos sociales que se buscan a través de la cultura.

La segunda observación es que pienso que la innovación programática en materia de cultura es muy limitada. Considero que las grandes líneas ya están definidas en las tres décadas anteriores y que puede ser intrascendente buscar más pies al gato. Sinceramente creo que la innovación posible está depositada en la capacidad de gestión de los responsables del aparato público de cultura. Me parece evidente que solo buscando la transversalidad de los programas y, sobre todo, tratando de dar cauce a los muchos recursos que otras dependencias dedican a la creación y difusión artística es posible hacer y hasta ampliar la acción cultural del estado. En este terreno ubico el tema presupuestal, que lo veo pobre y sumamente constreñido por la imposición de criterios que limitan el destino de los recursos. Me refiero a asesorías, consultorías, pago a compañías o artistas de calidad que quizá parezcan excesivos, pero que pueden ser muy convenientes para elevar la calidad de los servicios culturales. Obviamente no veo que vaya a haber más recursos para la cultura en los próximos años y, por lo mismo, se tendrá que echar mano de la cooperación internacional y nacional para ampliar el financiamiento de los programas y las actividades. Por último, el tema que me parece más relevante es la ampliación de la participación social en la elaboración del Programa Nacional de Cultura. Este es un tema, quizá el único, en que la necesidad de la innovación puede ser evidente. Un amplio proceso de consulta a pueblos, comunidades, gobiernos municipales, colectivos, compañías y tantos y tantos actores que se mueven en el terreno de la cultura sería un hecho único en la historia del país y su utilidad estaría vigente al menos en los siguientes tres lustros. Claro que para esto se requiere dinero y eso parece que no es lo que hay. Convencer al gobierno federal de la utilidad de mover a la sociedad en favor de una consulta cultural nacional sería un verdadero éxito de nuestro aparato cultural.

  29 de julio de 2019.

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