Paso Libre

La acción de Felipe Ángeles transcurre en una escalinata que ocupa la totalidad del escenario. Por momentos se transforma en sala de juicio o celda del condenado. (Foto: SIG).

Felipe Ángeles, invicto

Para la escenografía de su obra Felipe Ángeles, Elena Garro imaginó una escalinata que ocupaba el proscenio. Marcaba la entrada al Teatro de los Héroes de la ciudad de Chihuahua, donde el general fue juzgado por un consejo de guerra en 1919. Ahí comienza la acción, que en el segundo acto se traslada al interior del teatro.

En el nuevo montaje de la obra, la escalinata ocupa la totalidad del escenario. Un espacio diseñado por Jesús Hernández, quien no debe ser ajeno, lo mismo que el director Rodolfo Guerrero, a lecturas como la de Delia V. Galván —investigadora emérita de la Cleveland State University—, que observa en Ángeles al “héroe trágico (que) tiene que sacrificarse como mártir” por la Revolución. Por eso, la enorme escalera remite también a una pirámide en cuya base tendrá lugar el sacrificio del militar, una idea a la que contribuye el vestuario creado por Carlo Demichelis, salpicado de la sangre de la víctima: “Mi muerte es una derrota más de la Revolución, una derrota de ustedes los que me matan”.

Sangre que mancha por igual a los generales que juzgan a Ángeles, a las mujeres que intentan salvarlo y también al condenado por rebelión. Es el general Manuel M. Diéguez, encargado de lograr la pena máxima dictada por Venustiano Carranza, quien al referirse a la muchedumbre que aplaude al militar afirma: “Dentro de unas horas les mataremos a Felipe Ángeles y no moverán un dedo para salvarlo. El Primer Jefe les regala esa imagen sacrificada, en la que ellos se ven ejemplares. (…) No quieren que los salpique la sangre y creen que así quedan limpios. ¿Los ve ahora? Quietos. ¡Les gusta la fuerza porque justifica su impotencia!”.

Garro recurrió a la transcripción del juicio de Ángeles que conserva el Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional para escribir su obra, que terminó en 1956. Un drama histórico en el que algunos personajes son reales y otros imaginados. Ese mismo año, según contó la hija de la escritora, Helena Paz, a la investigadora Patricia Rosas Lopátegui, la autora leyó Felipe Ángeles a intelectuales de la época como Carlos Fuentes y Alfonso Reyes, quienes consideraron que era impublicable: “Estaban furiosos porque la obra era en contra de la Revolución”.

Garro hizo correcciones al texto en 1961 y seis años después, en 1967, fue publicado íntegro en el número ocho de la efímera revista Coatl. En 1979, la UNAM publicó una segunda edición, en donde la autora agrega al inicio de la obra un escrito de Ángeles titulado “Autodefensa”. En el montaje que se presenta en el Teatro Reforma Juan Moisés Calleja se omite este texto, que hubiera permitido entender la obstinación de Carranza por matar a Ángeles “con el código en la mano”, “en nombre de la ley y de la Revolución”.

En su “Autodefensa”, escrita en 1916, cuando se encontraba exiliado en Estados Unidos, Ángeles se asume como el responsable de haber desobedecido “los despóticos mandatos” de Carranza, quien había prohibido a la División del Norte de Francisco Villa tomar Zacatecas. Su insubordinación significó la derrota de las tropas huertistas.

“Yo soy el culpable de haberle dicho a Carranza su miseria moral, su envidia, su falta de patriotismo, su ambición, su despotismo”, escribe el general. Vencido Huerta, los villistas se pusieron a las órdenes de Carranza hasta la ruptura en la Convención de Aguascalientes, cuando fue desconocido como presidente y se abrió un nuevo frente a la Revolución.

En su propuesta escénica, Guerrero destaca en el ciclorama algunas de las frases de Ángeles sin que exista claridad sobre los motivos, al igual que sobre el errático uso de la luz cenital. El montaje recorta la propuesta de huida que le hace el coronel Bautista al militar la noche previa a su fusilamiento. Haberla conservado permitía incidir en el fatalismo de Ángeles y su deseo de sacrificio: “Nadie se escapa, Bautista. La huida es una ilusión y en este caso no creo que valga la pena el riesgo”. Más tarde le dirá al general Escobar cuando lo visita para buscar su absolución por haber firmado su muerte: “Son mis palabras y no mi espada, rota por mí hace mucho tiempo, las que me matan”.

La lectura de la obra de Garro, cuya versión “prácticamente definitiva” se encuentra en su Teatro completo publicado por el FCE en 2016, permite advertir que Guerrero cambia el orden de algunas acciones para aumentar la intensidad dramática y escoge como escena final el fusilamiento del general en lugar del irónico desenlace propuesto por la autora, en el que ya muerto Ángeles su abogado llega con el esperado amparo de la Suprema Corte de Justicia que habría impedido la ejecución.

Garro construye un Ángeles complejo, que encarna la paradoja del hombre derrotado pero invicto en sus ideales, que duda, llora y ríe con amargura. La interpretación de Rodolfo Arias va ganando en intensidad, y al final logra conmover y convencer de la humanidad de su personaje y de la injusticia de su muerte.

La escritora hace también una crítica de la Revolución, cómo derivó en una lucha por el poder y un México gobernado por caudillos, o en compañeros de armas que no dudan en matar a quienes antes admiraban, una crítica reflejada en los diálogos de los generales que forman el consejo de guerra. Estas escenas, en las que se lucen los actores —Ray Garduño, Alejandro Navarrete, Fernando Banda, Víctor Báez y Manuel Domínguez—, muestran la conspiración para condenar a Ángeles, pues saben que el juicio es ilegal debido a que dejó de ser miembro del Ejército desde 1917, y equiparan la voluntad homicida de Carranza con la de la Revolución.

Se ha interpretado el hecho de que Garro sitúe la captura de Ángeles en el Valle de los Olivos como un signo más de su martirio, en alusión al bíblico Monte de los Olivos. Los historiadores señalan que el general fue apresado, tras la traición del soldado Félix Salas —que le ofreció refugio y luego lo vendió por seis mil pesos—, en una cueva del cerro de la Mora, ubicado efectivamente en el Valle de los Olivos, que a veces es también mencionado como Ciénaga de Olivos.

Garro debía tener en mente al escribir lo ocurrido con personajes como Diéguez, que advierte a Gavira: “Pero, ¿no comprende, general, que el crimen de matar a Ángeles justificará muchos asesinatos en el futuro? El mío, el de usted, el de Carranza…”. El Diéguez real apoyó la rebelión delahuertista y, tras sufrir varias derrotas, fue hecho prisionero en 1924; cinco años después de tramar la condena de Ángeles, fue fusilado en Tuxtla Gutiérrez sin juicio previo.

Dos momentos de la obra que se presenta en el Teatro Reforma Juan Moisés Calleja, cuyo papel protagónico es interpretado por Rodolfo Arias. (Fotos: Instagram de @alegagi / @pala_pili y de @drana_hc).

Otra línea de la escritora que suena a profecía alude al Primer Jefe: “Tal vez es mi sangre la que necesita Carranza para ahogarse. Tal vez desde el primer día así lo vimos los dos. Somos dos principios  frente a frente y si uno de ellos es asesinado ahora, el otro lo será, automáticamente. El arma de la tiranía dispara por la boca y por la culata”. Carranza no sobrevivió ni seis meses a Ángeles; traicionado por el general Rodolfo Herrero, fue asesinado en Tlaxcalantongo el 21 de mayo de 1920, cuando buscaba llegar a Veracruz.

La dignidad que Garro confiere a los últimos momentos del general es desmentida por el historiador Rubén Osorio en Felipe Ángeles en la Revolución (ERA, 2008), compilado por Adolfo Gilly. Escribe que el 26 de noviembre de 1919, a las 6:45 de la mañana, es abatido por la descarga de diez fusiles; al verlo agonizante, un oficial le puso un pie en el cuello para inmovilizarlo y darle el tiro de gracia. “’Este es el hecho más brutal que he contemplado’, escribió un médico estadounidense que estuvo presente”, anota Osorio.

Se calcula que más de 5,000 personas acompañaron los restos de Ángeles al panteón de Dolores en Chihuahua, de donde serían trasladados en 1941 a un mausoleo en Pachuca, Hidalgo, su estado natal. Luego cayó en un olvido del que contribuyó a rescatarlo la obra de Garro.

En 1989, al cumplirse 70 años de la ejecución del general, Garro escribió en Nexos: “¿Las revoluciones devoran a sus hijos? Sí. Para algunos la revolución es un fin para la toma del poder. Esos son los vencedores. Para otros la revolución es un medio para liberar al hombre de la tiranía. Estos últimos están condenados a muerte de antemano. Es el caso de Felipe Ángeles”.

El primer estreno de la obra fue en 1978, dirigida por Hugo Galarza en el Teatro de la Ciudad Universitaria. Esther Seligson destacó en Proceso “la fluidez de una escritura que soporta dos horas de un diálogo difícil, pues tiene que hacerse explicativo sin cansar al espectador”. De la puesta subrayó, al igual que Malkah Rabell en El Día, la iluminación de Alejandro Luna. “La dirección no se detiene mayormente en búsquedas de originalidades y hallazgos escénicos, y pone todo su empeño en la dramaticidad del texto y en la actuación”, escribió Rabell.

A diferencia de Galarza, el director Luis de Tavira concibió en 1999 una puesta espectacular, de imágenes poderosas, con escenografía de Philippe Amand, que se presentó en el Teatro Julio Castillo. A la obra de Garro se agregó una dramaturgia que, según apuntó Olga Harmony en La Jornada, “aclara las circunstancias por las que fue sometido a juicio el héroe revolucionario”, pero “rompe la tensión dramática del texto original”. Una versión que por su “didactismo” fue cuestionada por Rodolfo Obregón en Proceso.

En el nuevo montaje de Felipe Ángeles, Guerrero —que interpretó al general en la puesta de 1999— desplaza a los actores a lo largo y ancho de la enorme escalera, que remite en su ascenso y descenso a los vaivenes del poder. La música original de Rodrigo Castillo Filomarino, la presencia de actores en las butacas representando al público del juicio, y la coreografía de la banda militar contribuyen al disfrute de la puesta.

En un México polarizado, que el estreno de Felipe Ángeles haya sido percibido como resultado de la admiración que siente el presidente López Obrador por la figura del general, lo que justificaría una inversión de más de 3 millones de pesos y el montaje en apenas mes y medio, es el mayor hándicap de la obra, más que su estreno en un teatro “frío”, que tiene pendiente mejorar la lúgubre iluminación exterior.

Felipe Ángeles, de Elena Garro, con dirección de Rodolfo Guerrero, se presenta de jueves a domingo en el Teatro Reforma Juan Moisés Calleja (Burdeos 22, colonia Juárez). Termina temporada el 29 de diciembre.

silviaisabel.grecu@gmail.com

19 de diciembre de 2019.