Paso Libre

Como nunca antes, las redes sociales son determinantes para medir el ánimo social. Sin duda, será un sexenio marcado por su influjo. (Ilustración: Paso Libre)

Hacia la transformación de la “historia única”

Clara Grande Paz

Fue en junio de 2019, en su habitual conferencia mañanera, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador aceptó: “Yo sí he polarizado a la nación, lo reconozco”, aunque aclaró que esto se debía a su abierta postura en contra de los corruptos y la simulación. Y agregó: “Se dieron cambios importantes y hay quienes no quieren entender que ya es otra realidad y no se resignan”.

Sin embargo, esa “otra realidad” a la que hace referencia parece acotarse a una narrativa única sobre México y los mexicanos que ha derivado en dinámicas de descalificación y rechazo al otro.

En la última sesión de Tallereando el 2020, la escritora Mónica Lavín retomó el discurso de su homóloga, la nigeriana Chimamanda Adichie e invitó a reflexionar sobre los peligros de pensar que hay una historia única.

En el marco del taller se concluyó que el problema de “la narrativa única” es que crea estereotipos, visiones simplificadas o incompletas que dificultan el reconocimiento de nuestra igualdad y exaltan más las diferencias que las similitudes.

Como ejemplos de esta narrativa están los chairos versus fifís, conservadores versus liberales, ricos versus pobres, privilegiados versus marginados: todos extremos opuestos que han dividido a la opinión pública.

¿Qué sucede cuando dichos términos son promovidos desde el discurso del primer mandatario de la nación, para luego esparcirse en medios de comunicación y redes sociales? ¿Cuán vulnerables e influenciables podemos ser como sociedad ante una historia única?

De acuerdo con un análisis en Twitter realizado por MetaDatos del portal de periodismo digital sinembargo.mx, a propósito de la celebración por el primer aniversario de la victoria electoral de López Obrador en julio pasado, el mandatario ha alentado el surgimiento de interpretaciones entre adversarios.

Ello se debe al empleo de términos como “fifí” para referirse a su opositores con ideologías conservadoras, a quienes también califica a menudo de “neoliberales”, y estos términos han sido adoptados por #RedAMLOve para señalar y distinguirse de los grupos de opositores rivales, discurso que se mantiene vigente desde diciembre de 2018.

El estudio reveló que es común la denostación del otro que de manera frecuente alcanza la categoría de racismo, clasismo y radicalismo mediante el empleo de términos como “whitexicans” para nombrar a los antagonistas de López Obrador y “morenacos”, “pejezombies” o “solovinos” para referirse a los simpatizantes de AMLO.

“En estas formas de nombrar al otro, recae un discurso en el que se interpreta al seguidor de López Obrador como un ciudadano de escasos recursos y de piel morena, en tanto que a sus adversarios se les identifica con estratos sociales altos y piel clara, un encasillamiento que procede de suposiciones y generalizaciones sin base. Aunque estas dinámicas no son nuevas, en la evolución del debate se observa una acentuación de estas características que proceden de un escenario cada vez más polarizado”, se asienta en el artículo.

Si desde el discurso oficial se utilizan adjetivos que señalan y califican a partir de prejuicios, se crea un efecto dominó entre los diversos sectores de la sociedad en donde la convivencia se ve amenazada y se diluye la diversidad, pero sobre todo el respeto.

Desde un aspecto teórico, es sabido que las ideologías se formulan, adquieren y reproducen por medio del discurso. En su libro Discurso y poder, Teun Van Dijk asegura que el discurso “permite la expresión directa y explícita de las ideologías, pero la función fundamental de esas expresiones está en sus consecuencias sociales; a saber, la adquisición, el cambio o confirmación de creencias ideológicas”.

Si partimos del aserto que el discurso consigue que grupos de personas construyan significaciones generales sobre hechos sociales, para el 2020 sería fundamental reorientar ese discurso repleto de calificativos que reflejan la falta de respeto a las opiniones, ideas o actitudes de los demás por no coincidir con las propias, y que por lo tanto promueve una narrativa única.

El panorama actual permite vaticinar que el ambiente de intolerancia y polarización continuará especialmente alimentado y acrecentado por grupos contrarios que se hacen presentes en las redes sociales.

Sin embargo, al iniciarse el segundo año de mandato de Andrés Manuel López Obrador, aun se estaría a tiempo de promover un discurso que busque puntos de unión y coincidencias mediante un mandatario que debe gobernar para todos los mexicanos.

Como mencionó el académico, analista y politólogo Sergio Aguayo en su proyección para 2020 en el programa de la periodista Carmen Aristegui transmitido el 2 de diciembre: “Lo ideal sería que los mexicanos entiendan que los verdaderos enemigos de México son la desigualdad, la corrupción, la violencia y Donald Trump, y que en torno a estos temas se haga una tregua para buscar puntos de confluencia y convergencia”.

En nuestra sociedad al igual que en muchas otras, la diversidad cultural, religiosa, política e ideológica es una realidad, y parafraseando al propio presidente, “hay quienes no quieren entender” y atienden de manera preferencial a un determinado grupo y desacreditan a otro.

Acaso sea momento de poner en práctica la paradoja de la tolerancia planteada por el filósofo Karl Popper, en la cual sustenta que para mantener una sociedad tolerante, la sociedad tiene que ser intolerante con la intolerancia. 

Esto quiere decir que hay que denunciar y exhibir a quien predique o incite a la intolerancia porque la historia única genera autoritarismo e impone un solo modelo a seguir.

Hablemos de muchos relatos, de matices y no de absolutos porque ni todo el pueblo es bueno ni todos los opositores al régimen son malos. Porque como afirma la escritora Chimamanda Adichie, las historias se han utilizado para desposeer y difamar, pero también pueden usarse para humanizar.

13 de enero de 2020.