¿Hasta dónde llegará la “Memoria de mi estado”?

Un cuaderno cuya primera página fue llenada con palabras en 1856. (Imágenes del autor).

 

A mi hija Mariana, en su nueva y fantástica etapa.

El cuaderno de pasta dura fue forrado por una tela delgada que conserva un tenue color verde olivo. Su tamaño lo mido colocando mi dedo meñique sobre el ángulo superior izquierdo y el pulgar en el inferior derecho. Abierta mi mano cabe en la palma.

Los hilos quedaron al desnudo en el lomo que da consistencia a las 50 páginas de hojas rayadas sin margen. Al frente, en alto relieve, tiene una flor bordada en chaquira cuyo botón fue tejido en hilos de metal. En la tapa posterior una firma también en hilos de metal en alto relieve, la de mi bisabuelo José Damián Cruz. Por el tipo de intervención debió ocurrir recién se introdujo al uso doméstico la chaquira; fueron manos habilidosas, pacientes.

El abuelo de mi padre escribió en diez de las quince páginas que se cubrieron de palabras. Las líneas biográficas las tituló “Memoria de mi estado”. Su “estado” es el matrimonial, celebrado el 9 de octubre de 1856 en San Cristóbal de Las Casas con María Antonieta Acuña. Le siguen en orden, con puntuales descripciones, cada uno de los nacimientos de sus siete hijos y cuatro hijas, así como otros acontecimientos de la vida familiar: bodas y nietos.

Cuando mi padre, Manuel Humberto, me lo obsequió el 4 de diciembre de 1997, a sus 87 años no logramos esclarecer quien tomó el cuaderno el 23 de abril de 1893, para consignar la muerte de José Damián. Quien fuera, anotó también el fallecimiento de la bisabuela el 24 de enero de 1913. Ese año cerró su uso el 1 de octubre, fecha en la que “se sacaron los restos de nuestros queridos padres del templo del Carmen”.

Ambos reposan en el panteón de San Cristóbal. Desde 1980 me hice cargo de mausoleo, mismo que fue erigido por mi abuelo, Manuel Encarnación, justamente en 1913. Elaborado en mármol de carrara, esculpido por un artista italiano cuyo negocio estaba en el centro de la capital mexicana, excepcional en el camposanto coleto, es coronado por un imponente Sagrado Corazón.

Bellísima caligrafía, la mala noticia.

 

El cuaderno estuvo en manos de alguna de las hermanas de papá y tras su muerte, lo resguardó. Tenerlo bajo mi custodia a 171 años de las palabras “Memoria de mi estado” sigue siendo profundamente emotivo. Tras recibirlo, en las páginas 13 y 14 escribí una síntesis familiar. En la siguiente mi padre escribió el 16 de septiembre de 1999: “Mariana, últimas letras que escribe tu abuelo antes de que deje este mundo”. Murió el 5 de julio en 2004.

En papel, le guardo a mi hija episodios varios tanto del historial Cruz como del Vázquez. Por razones de mi profesión, si bien conservo los libros publicados y cierto catálogo de mi labor periodística, si de alguna forma persisto en tomar notas a mano, en escribir trazos poéticos y breves narraciones, de cuatro lustros a la fecha lo que predominan son los archivos en la computadora.

Predominar es un decir que no tiene consuelo. Los cambios de equipo, la acumulación de unidades USB que se tornaron inservibles, la pérdida de archivos por descomposturas, los descuidos por “analfabetismo digital”. Mucho se fue para siempre. Además, resguardar páginas en papel se hizo inmanejable.

Otro tanto ocurre con las fotografías (he sido ajeno a la fascinación que tienen millones por los videos). Mariana puede ver algunos de sus ancestros del siglo XIX, cuando la imagen fija irrumpió en el mundo, hasta impresiones del revelado de rollos de la cámara Minolta -cuyo tope fijo en 2006- que en un rincón yace como reliquia.

Las fotos pasaron al celular, unas pocas a la computadora y con los años, desistí de hacer álbumes. La “Memoria de mi estado” y de Mariana, es escaso en registros fotográficos. Quizá ella decida aplicarse a incrementar el acervo, ordenar las imágenes y conservarlas superando cada reto que impone la innovación tecnológica.

En un librero que fue de mi abuelo, obsequiado por una de las tías, en la segunda repisa, siempre a la vista ya que sus dos puertas tienen cristal, encima de los tomos de mis libros publicados, yace el cuaderno de José Damián. No he vuelto a escribir en él. Es un pendiente que pronto debo abordar, con un límite de páginas.

Por fortuna Mariana salió con el don de escribir bien sobre sus asuntos, las relaciones internacionales, las cuestiones de género y se le da la poesía. Le gusta hacerlo a mano. Sabe que al recibir el cuaderno que inició su bisabuelo José Damián hace 171 años, tendrá algunas páginas para asentar lo que le toca.

Y persistir en la memoria al dejar unas páginas más en blanco a quien lo tome de sus manos.

Alto relieve en hilos de metal con las iniciales JDC.

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